Czeslaw Milosz
Una comunidad cristiana fundada por los hutteros en los bosques de Paraguay a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hubo un momento en que quise unirme a ellos. Trabajaba entonces en la embajada de Polonia en Washington y sentía rechazo tanto por el capitalismo como por el comunismo, hasta el punto de que esta comunidad cristiana me parecía la única salida posible.
Un tal Hutter —un hereje al que quemaron en la hoguera, en Tirol, en el siglo XVI— fundó esta secta que proclamaba la vuelta a la comunidad cristiana original y a una vida que estuviese acorde con las enseñanzas del Evangelio. En Moravia las comunidades de hutteros eran tan prósperas que los arrianos polacos pronto tuvieron noticias de ellas y se decidieron a enviar una delegación para investigar su forma de vida. “No son comunistas, sino economistas”, concluyó la delegación en su informe, en el cual se describían las salas comunes donde vivían familias enteras separadas sólo por unas sábanas, con pisos y cocinas privadas para los mayores. El informe mencionaba también la vigilancia continua: pequeños ventanucos en las paredes, que se abrían de forma inesperada y en las que de pronto asomaba una oreja. También los hutteros dejaron su propio testimonio de esta visita. No les gustaron esos señores que vestían abrigos de pieles, que montaban en caballos ensillados, que deseaban iniciar en todo momento una disputa teológica y que citaban la Biblia en latín, griego y hebreo.
Los hutteros, después de numerosos éxodos y persecuciones, consiguieron mantener sus comunidades como sociedades cerradas en Canadá y Dakota del Norte, donde provocaron las iras de los granjeros de los alrededores por su habilidad para atesorar dinero para la colectividad. No tienen nada en común con la secta moderna, fundada en Wrocław en la década de 1920, y que mantuvo sus comunidades en algunas ciudades de la Alemania de la República de Weimar. Hitler los persiguió y los hutteros de Wrocław se refugiaron en Liechtenstein y después en Inglaterra, donde los internaron durante la guerra como ciudadanos alemanes que eran. Algunos de ellos emigraron a Paraguay y fundaron allí Primavera, otros se quedaron en Inglaterra.
Tuve un encuentro con unos emisarios de Primavera en Washington y estuve a punto de aceptar la idea de trabajar con un hacha y una pala en los bosques de Paraguay, lo que da idea de mi desesperación. Afortunadamente, Janka, mi esposa, estaba lo bastante sobria como para quitarme la idea de la cabeza.
Más tarde, un periodista de Basilea, Ernst van Schenk, que durante algún tiempo vivió con ellos, me habló sobre la vida de esta comunidad en Alemania. Todos los hombres hacían algún de trabajo físico, mientras que el trabajo en la cocina y el cuidado de los niños recaía sobre los hombros de las mujeres, que se pasaban todo el tiempo embarazadas y se sentían agobiadas por el trabajo e infelices.
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El título de este texto aparece en español como una de las entrada de Abecedario — Diccionario de una vida, de Czeslaw Milosz, Turner / FCE, España, 2003.









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