Jesús Bonilla Fernández
El primer recuerdo de infancia, aunque no estoy seguro si cronológicamente es preciso, es un cuarto sin techo lleno de vigas, herrumbre, piedras y ladrillos. Había también agua y, por la luz sesgada y brillante del sol, deduzco que fue el otoño de hace ya varios años o el final de un estío.
En repetidas ocasiones la sola luz rasante del otoño me trasladó mentalmente a esa vivencia, a ese ambiente que de alguna manera ha sido determinante en lo posterior de mi existencia. Otoño, desde entonces, también quizá para muchos, entre ellos el poeta Guillaume Apollinaire, ha sido mi “estación mental”, como para otros pudiera ser la primavera, el verano o el invierno.
Después de la infancia, el amor estuvo —¿está?, no lo sé— embarrado pegajosamente de hojas amarillas cayendo de los árboles, tardes intensamente azules y crepúsculos rojizos extraordinarios. Los adioses están impregnados también por aquella estación: “Cogí esta ramita de brezo / Otoño ha muerto no lo olvides / Nunca más nos encontraremos / Brizna de brezo olor del tiempo / Y no olvides que yo te espero.” Así el otoño y mi recuerdo.
Alberto Savinio, en un diáfano opúsculo sobre Apollinaire, mencionaba que la historia de una vida comenzaba el día del nacimiento. “Tal exordio —dice— se nos niega en el caso de Guillaume Apollinaire. Las noticias sobre el empadronamiento de Apollinaire están rodeadas de oscuridad, como oscuro también es su lugar de nacimiento. Así lo quería el propio Apollinaire. Si pueril era el celo con que guardaba ‘su’ secreto, también resulta conmovedor el temor que ese secreto se descubriese.” Savinio proponía que se perpetuara lo legendario y lo antediluviano que circundaba la vida del poeta.
¿Y la historia de su vida, entonces?, podríamos preguntarnos. Y con seguridad Nivasio Dolcemare, el metafísico alter ego de Alberto Savinio (Nivasio es, nótese, anagrama de Savinio), respondería “¿cuál vida?” Sin embargo, en su homenaje al poeta hace algunas fugaces referencias.
Trabajaba en calzones durante el verano y fumaba alternando las inhalaciones con sorbos de agua. Era frugal por las mañanas y un “atleta de la mesa” durante la noche, en casa de sus amigos. El poeta temía el rayo tanto como Calígula, aunque “del poético laurel se fiaba poco”. Era parco en palabras, su risa era infantil y gustaba burlarse de los petulantes, no pocos seguramente. Apollinaire se enroló en Francia durante la Gran Guerra. “Desde su cama de hospital —relata Savinio, bajo el camauro que tapaba el agujero del cráneo, Apollinaire pensaba en el ‘profético’ retrato que Giorgio de Chirico le había hecho en 1913: ese retrato en el cual sobre un profundísimo verde, el perfil del poeta se recorta en forma de blanco, con el cráneo perforado en el mismísimo punto donde tres años más tarde lo hirió la esquirla de granada.”
Claro que sobrevivió durante algún tiempo, para morir el 9 de noviembre de 1918, el mismo día que Edmund Rostand. Su madre, la “polaca” Kostrowitsky, exclamó entonces: “¿Mi hijo un poeta? Decid más bien que era un haragán.”
Giorgio de Chirico —hermano del también pintor Alberto Savinio—, reflexionando a la luz de su propia obra, la gran pintura metafísica, llegó en algún momento a la conclusión de que la sensación de presagio existiría siempre; ella probaba el sinsentido del universo. A la pregunta respecto a cuál vida, seguramente respondería con Savinio-Nivasio: “es preciso que salga completamente de los límites de lo humano”.
El otoño entonces no sólo es una metáfora, como algo sobrehumano. Es en todos sus sentidos, “algo” metafísico que nos trasciende y nos contiene; es como decía nuestro poeta, un fruto que cae y nunca es recogido.
Acoholes
Signo
Súbdito soy del Jefe del Signo del Otoño
Lejos amo los frutos y detesto las flores
Lamento cada uno de los besos que doy
Como un nogal vareado esparce sus dolores
Oh mi Otoño eviterno oh mi estación mental
Manos de enamoradas de ayer cubren tu suelo
Una esposa me sigue en mi sombra fatal
Palomas del crepúsculo viven su último vuelo
Guillaume Apollinaire









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