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Port Bou – deutsch?

· junio 16, 2018

Ulisse Dogà

El libro Paul Celan. La Bibliothéque philosophique deja constancia de cuánto se interesó Paul Celan por obras filosóficas contemporáneas. Celan tenía los Schriften de Walter Benjamin editados por Suhrkamp en 1955 en dos volúmenes a cargo de Theodor W. y Gretel Adorno, y se lo puede considerar uno de los primeros lectores atentos del filósofo berlinés. Puede que Celan debiera agradecer su descubrimiento a la amistad de Peter Szondi, ya que éste colaboró decisivamente en la edición de los escritos de Benjamin y tenía trato personal con Celan desde la primavera de 1959. De septiembre de ese año data la primera lectura de esos dos volúmenes por parte de Celan, continuada luego a lo largo de toda su vida. Con particular cuidado leyó y subrayó el Trauerspielbuch, así como los estudios sobre Karl Kraus y Kafka; de este último tomó Celan un pasaje empleado en su conferencia Der Meridian (1960): “La atención —permítanme que cite aquí a Malebranche siguiendo el ensayo de Walter Benjamin sobre Kafka—, la atención es la oración natural del alma”. Al gran público, como el que asistía a la conferencia, esa cita del ensayo sobre Kafka tenía que sonarle en esa época a cosa esotérica, y ha de entenderse como un “secreto acuerdo” entre el filósofo caído en su lucha por salvar, recordar y hacerse con una imagen veraz del pasado, y el poeta cuya obra, consagrada a las voces de caídos y salvados, lleva marcado el imperativo de hacer memoria. “Pues ¿acaso a nosotros mismos —escribe Benjamin— no nos roza un hálito del mismo aire que envolvió a quienes nos precedieron? ¿No hay en las voces a que prestamos oídos un eco de todo aquello en adelante enmudecido? ¿No tienen las mujeres por quienes rivalizamos unas hermanas a quienes no han llegado a conocer? Siendo así, persiste entonces un secreto acuerdo entre las generaciones idas y la nuestra. Entonces se nos ha esperado sobre la tierra”. La obra de Benjamin tuvo que resultarle al poeta familiar y fecunda de inmediato en muchos aspectos y en un sentido profundo. Cierto que los textos de Benjamin eran bien conocidos en 1960 para un pequeño círculo, en particular por mediación de los escritos de Adorno y Bloch, mas aun así faltaba mucho para que se pusieran de moda. No fue sino en 1968 cuando se desató la querella en torno a la edición de 1955 y comenzó en la recepción de Benjamin un giro que envolvería a editoriales e intelectuales de toda Europa. En lo fundamental entraron en liza hermenéuticas filosóficas y teológicas como las defendidas por Adorno y Scholem, investigaciones e interpretaciones políticas, de historia social, y de estética de los medios de comunicación; obligado desarrollo de nuevos patrones interpretativos que debían de aclarar, en particular, las relaciones de Benjamin con el marxismo y con Brecht, pero que sirvieron sin embargo para establecer nuevas unilateralidades.

De esa época precisamente data el poema “Port-Bou — deutsch?”, fechado a 19 de julio de 1968, inmediatamente después de haber leído Celan la recensión de Benjamin “Contra una obra maestra. Sobre ‘El poeta como guía en el clasicismo alemán’, de Max Komerelle, y que se eleva de inmediato muy por encima de la polémica en curso y del nivel de la discusión en torno a Benjamin. Desde la perspectiva actual, Celan se demuestra el único en esa generación de lectores e intérpretes que, con el poema “Port-Bou — deutsch?” no sólo sigue fiel al principio de Benjamin según el cual “cuanto más lejos recurre el historiador al pasado […] más ilimitadamente reivindican nombres, fechas y cosas sus derechos, que no tienen por qué ser meramente filológicos, pueden llegar a ser humanos”. El poema desencadena un nuevo potencial de conocimiento. Port Bou es la ciudad española fronteriza con Francia en el Pirineo oriental donde Walter Benjamin, tras dos meses huyendo de la Gestapo, se quitó la vida en la noche del 25 al 26 de septiembre de 1940. Fechas y lugares desempeñan papel principal en los poemas de Celan, como ha demostrado pormenorizadamente Jacques Derrida en Schibboleth, para Paul Celan; con todo, la toponimia aún recibe en este caso otra significación particularmente importante. A saber, que Celan asocia el nombre de un filósofo al nombre de un lugar solamente en otro caso, el poema Todtnauberg, fechado a 26 de julio de 1967, donde hace tema de su encuentro en persona con Martin Heidegger. Como es sabido, en ese poema Celan reclama de Heidegger una palabra sobre su pasado político: “las líneas en el libro /—¿de quién recoge el nombre/ antes que el mío?—/ las líneas en ese libro/ escritas/ de una esperanza, hoy, / en el corazón,/ inminente/ la palabra/ de un pensador”.

Sin embargo, Heidegger no dio información alguna al respecto ni ese día ni luego de haber recibido el poema, enviado con una dedicatoria. En carta a Celan de 30 de enero de 1968 le agradece mucho el poema, pero ni se pronuncia contra la dictadura nacionalsocialista ni llega a hablar de su participación en ella. Dicho de otro modo, Heidegger le rehúsa al poeta y al superviviente poner su propio lenguaje en relación con la historia. Al contrario, le intima a plegarse a los dictados del ahistórico Lenguaje. “¿Mi deseo? Que al darse la hora escuche usted al lenguaje, en que aquello a poetizar le da a usted su palabras”. Pese a su intenso interés por los escritos de Heidegger, Celan rompió toda relación con el filósofo, al no darse ninguno de los requisitos para un diálogo.

La insoslayable dialéctica entre lengua e historia es precisamente la clave para una lectura del poema “Port-Bou — deutsch?”, a interpretar como contrapartida del Todtnauberg. Ahí el topónimo no designa ya una cabaña alpina que resguarda al pensar filosófico en su penumbra, sino al contrario, una frontera local, un umbral que descubre al pensador judío —¿alemán?”— y lo expone a la violencia de los acontecimientos. En ese título reclaman claramente su derecho nombres, fechas y asuntos humanos que no por ello dejan de serlo también de una filosofía histórica. Port Bou es el lugar en que puso fin a su existencia el perseguido filósofo judío Walter Benjamin, pero a la vez se torna en la simbólica cima lejana desde donde resuena, hasta los oídos del poeta y pariente espiritual Paul Celan, que lo sienta por escrito, el eco débil pero inconfundible de aquella profecía de 1930 contenida en la recensión del libro de Komerell. Donde se dice: “Cierra esta historia sagrada de lo alemán un capítulo Hölderlin. La imagen no del poeta sino del hombre Hölderlin que ahí se despliega es un fragmento de una moderna vita sanctorum, e inasimilable ya a historia alguna. A su perfil, ya sin eso deslumbrante casi hasta lo insoportable, le faltan las sombras que precisamente en este punto le habría procurado la teoría. Pero no se deja de atender a ello. Debía alzarse un mausoleo en memoria del porvenir alemán. De la noche a la mañana manos de espíritus pintarán encima un gran Muitarde. Hölderlin no era de los que resucitan, y la tierra a cuyos visionarios se les aparecen sus visiones entre cadáveres no es la suya. No puede tal suelo volver a ser ‘tierra de alemanes’ [Deutsch-land] antes de purificado, y no puede serlo en ese nombre, no digamos ya en el secreto, que no es al cabo sino arsenal de la oficial donde cuelga junto a los cascos de acero el Manto del Disimulo”.

El profetizar de Benjamin es de naturaleza filosófica histórica. Según su concepto de presente, éste se convierte en objeto intencional de una profecía: “Ese concepto es el correlato (complementario) del concepto de historia, la historia que hace su aparición fulminante. Es un concepto político desde su raíz, y como tal se define también en Turgot. Ése es el sentido esotérico del dicho según el cual el historiador es un profeta al revés. El historiador da la espalda a su propio tiempo; su mirada visionaria se inflama en las cimas donde acontecimientos pasados culminan sumiéndose en sombras. Es a ese mirar vidente al que la propia época se le hace presente con más claridad que a los contemporáneos que le ‘sostienen’ el paso”: Benjamin evoca en su recensión la imagen de que el pasado entra a formar “una constelación” con el presente. La presentación de los clásicos que ofrece Komerell, una exposición de historia literaria digna de atención pero antifilológica, reaccionaria y ahistórica, la lee él pareja al giro de Alemania hacia el militarismo y la restauración, y desde la perspectiva actual predice el futuro con asombrosa exactitud. Pero Benjamin habla además de otros géneros de profecía, no identificables inmediatamente con la profecía política, que quedan ocultos y en parte sin hallar reflejo en su polifacética obra. Hay el profetizar “científico” de Johann Jakob Bachofen, una predicción exacta en el ámbito del orden natural suscitada por un marcado sentimiento de otros casos inminentes. Bachofen interpreta mitos y símbolos de todos los pueblos como sillares esenciales en la construcción del lenguaje humano que, una vez captadas en toda su viveza y su dinámica, posibilitan descifrar no tanto lo pasado como lo presente?” Hay además un profetizar “moral”, como el de Stefan George, corifeo de dos generaciones de escritores y científicos sociales bajo cuyo intenso influjo escribe Komerell su libro Der Dichter als Führer [El poeta como guía]; un profetizar que no contempla ni el acontecer histórico ni sus dependencias, sino “tribunales penales en el día del juicio”. El fino olfato de George para todo lo nocturno lo dotó de una “presciencia de la catástrofe”, pero en tanto guía o maestro era capaz de “prescribir solamente reglas o modos de comportarse débiles y ajenos a la vida”. Y hay una profecía que es “advertencia” pero cuya fuerza se extingue antes de tornarse en palabra o imagen; vaya aquí una larga y sugerente cita de Einbahnstrasse [Calle de sentido único]: “Descuidamos atenderla y entonces, sólo entonces, se nos descifra. La leemos, pero desde ahora ya es demasiado tarde. De ahí que, declarándose un fuego imprevisto o cayendo como un rayo la noticia de una muerte, en el primer horror enmudecido haya un sentimiento de culpa, de reproche impreciso: ¿no lo sabías en el fondo? Cuando hablaste del muerto la última vez, ¿no sonaba ya distinto su nombre en tus labios? ¿No te hacía desde las llamas de anoche unas señas cuyo lenguaje sólo ahora comprendes? Y habiéndose perdido un objeto para ti querido, ¿no había ya en torno a él, horas o días antes, un halo que, burla o tristeza, lo delataba? Como rayos ultravioletas muestra el recuerdo a cada quien en el libro de la vida una escritura que invisible glosaba al texto, como profecías”.

Puede interpretarse el poema de Celan, “Port Bou: ¿alemán?”, como profecía en este último sentido. Es un recordar, un sentar por escrito a fuer de interpretación y actualización la vida y enseñanza de Benjamin; pero uno que lucha contra su propio descuidarse, que quiere venir a ser palabra antes de que su fuerza desfallezca, que debemos leer antes de que sea “Demasiado Tarde”. “Nada de Muitardes”. El título quiere sugerir que el sitio “Port Bou”, la geo-grafía, el grafo, han sido inscritos en la piel. El suceder histórico termina en geografía, una geo-grafía trágica de entrada e insignificante luego, cada vez más insignificante, pero quedan raspaduras, huellas de conflictos y sucesos cada vez menos claras con el pasar del tiempo: “¿alemán?” De ahí la perspectiva del poema, nada de mitología ni de orígenes, evocación de un lugar (Port Bou) que ni es un centro significativo de vida humana, ni siquiera, en el peor de los casos, un sublime cementerio, sino un espacio en que queda suspensa cualquier referencia y familiaridad con su entorno de cada ser humano, del que se recalca así su nulo peso e importancia, su imposible afirmarse. A la quietud geológica del lugar corresponde la fragmentación, la disgregación del lenguaje, pero quizá también su renovación y despertar de entre los escombros de la historia. A partir de ese momento Port Bou forma parte del meridiano poético de Celan: un imaginario eje sobre el que la historia, vuelta geografía, se transforma en lenguaje poético en que se hacen de nuevo legibles los conflictos de la historia.

——

Fragmento del libro Port Bou: ¿Alemán? – Paul Celan lee a Walter Benjamin (Antonio Machado Libros, Madrid, 2012).

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