Cúmulo Obseso / Aarón B. López Feldman
Cuesta distinto trabajo penetrar en la oscuridad que se extiende detrás o delante de nosotros.
Ernst Bloch, El Principio Esperanza
En la entrega anterior (https://bit.ly/3odSxO1) afirmé que, a lo largo de su historia, las ciencias sociales han desplegado dos grandes metáforas para hablar de la nación: como una esencia o como una construcción (y, en tiempos recientes, como una experiencia compartida). Esas mismas metáforas son las que se ponen en juego cuando se habla de las partes regionales que constituyen al “todo” nacional y, por ende, cuando se habla de regionalismos en tanto afirmaciones identitarias socioespaciales.
La perspectiva esencialista de las regiones asume que éstas existían antes que la nación. Las regiones son vistas, desde aquí, como partes del todo nacional con una historia mítica anterior a la historia patria, partes formadas en el periodo colonial, congeladas en el tiempo, que anteceden al ser de la nación: “Nuevo León, pertenencia de Tenochtitlán nomás tú nunca fuiste —declara Abelardo A. Leal Leal, abogado regiomontano que promovía con fervor la esencia neoleonesa—. Tus indómitas tribus conexión jamás tuvieron con aztecas. Tributo ni obediencia alguna a Moctezuma tú reconociste. Eres campo independiente, dominio de indios libres chichimecas.” Desde esta perspectiva, la región tiene una existencia objetiva, pura, neutra, y el regionalismo existe como una expresión natural de esa objetividad. El regionalismo existe porque existe lo regional, lo local, el terruño.
Al igual que en el caso de la nación, la perspectiva constructivista de la región asume que ésta no existe previamente a su invención, no tiene un origen mítico ni una “esencia”, sino que se produce socio-históricamente: la región no es, la región se hace, y el regionalismo es una afirmación identitaria que se hace haciendo región.
La perspectiva constructivista de la región también ha sido abordada desde posiciones coherentistas y desde posiciones conflictivistas. En ambos casos, lo que se pone en juego son las relaciones entre el “todo” nacional y sus “partes” regionales. Y es que el concepto de región está condenado a una tensión de escala irresoluble: la región es siempre, y a la par, un mayor que y un menor que.
Al asumir que el todo nacional es mayor que la suma de sus partes regionales y que entre éstas existe cierta regulación, equilibrio o armonía, las posiciones coherentistas de la región (principalmente de corte estructural-funcionalista) entienden al regionalismo en dos dimensiones interrelacionadas: como un fenómeno que contribuye a la estabilidad de la unidad nacional o como un problema de integración a la misma (que puede derivar, incluso, en expresiones separatistas). Por ello, cuando el regionalismo es un problema para la unidad, éste puede ser resuelto desde la propia acción del todo nacional, restaurando el equilibrio y la coherencia.
Desde las posiciones conflictivistas, en cambio, se entiende al todo nacional como una parcialidad totalizada, una unidad radicalmente incompleta, inestable y contingente conformada por las tensiones entre lo que se ha construido como el “todo” nacional y lo que se ha construido como sus “partes” regionales. Vistas así, las afirmaciones regionalistas no son fuente de equilibrio o problemas de integración, sino que forman parte intrínseca de las disputas por hacer de la nación un proyecto histórico.
Para ejercerse, el proyecto nacional busca neutralizar y utilizar a su favor las afirmaciones identitarias locales y regionales, así como erradicar las aspiraciones de aquellas partes que no se asumen como dependientes del todo unitario: “La identidad nacional se construye en detrimento de las identidades locales —afirma el antropólogo brasileño Renato Ortiz—. Ella se nutre de su neutralización o de su destrucción. La constitución de la nación es siempre conflictiva. Al afirmarse la unidad del todo, se niega la particularidad de las formaciones específicas”.
El regionalismo no existe, entonces, más que en plural. En lugar de un regionalismo monolítico, de lo que se trata es de analizar los regionalismos como afirmaciones identitarias en tensión con los nacionalismos y los separatismos, con los que comparte relaciones materiales y entramados socio-históricos de sentido. En esa pluralidad de regionalismos me detendré en la próxima entrega.
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