Gonzalo Martré
Ninguno se decidía. Simona iba a decir algo, pero se contuvo.
Epifanio quiso pronunciar un nombre, pero recordó que no significaría nada para los otros, recién conocidos, ajenos a su vida, y también apretó los labios. Simona y Epifanio quedaron pendientes de la palabra de don Mario. Su semblante se ensombreció. Con voz dura, gutural, propuso:
—Por los muertos.
Los tres apuraron la mitad. Don Mario suavizó su expresión y miró a la mujer.
—Ya hice mi brindis. Le corresponde a Simona.
Ella elevó despacio el vaso hasta su boca. Las minúsculas gotitas golpearon la punta de su nariz. Pronunció lentamente, casi deletreando las sílabas:
—Sí. Por los muertos… sin sepultura.
Vaciaron los vasos y don Mario sirvió el resto de la botella para un tercer brindis. Epifanio se sintió aludido por la mirada grave de sus dos compañeros e hizo suyo el tema fúnebre, de remate incongruente y rimado.
—Por los muertos… ¡y por los tuertos!
Los tres apuraron con lentitud el contenido. Al terminar, como si les hubieran dicho que procedieran de acuerdo, estrujaron los vasos hasta reducirlos a una bola. Simona la soltó. Epifanio la aventó tan lejos como pudo y don Mario la arrojó hacia atrás, sobre su hombro.
—¿Quiere mixiote, don Mario? —le ofreció ella cordialmente.
—No tengo hambre —declinó cortés—, vi tantísima comida ayer, y comí tanto, que durante años no volveré a comer. ¿Les gustó la champaña?
Los otros admitieron su sabrosura.
—Pues busquemos más. Debe haber otras botellas enterradas entre los desperdicios.
La alegría champañesca tiñó de un suave carmín los carrillos morenos de Simona. Y de los ojos de Epifanio salió un rayito luminoso.
—¡Más champaña, más!
Cada quien tomó distinto rumbo. Simona fue hacia las despensas, bien conocidas por haber vivido entre ellas esa última semana.
En la bodega de los vinos encontraría más champaña. Era fácil de identificar: botellas verdes, grandes y panzonas. ¡Setecientos
pesos! ¡Carajo!
Don Mario, animado por su descubrimiento, cavó ahí mismo, junto a la única mesa de pie. Se hincó y escarbó como si fuera un minero en busca de la veta soñada.
Epifanio caminó en círculos casi sin detenerse, pateando aquí y allá, con la secreta esperanza de que surgiera otra panzona de entre los muertos.
Simona encontró una caja de botellas ventrudas, de etiqueta en idioma extranjero, pequeñas y de color café. Discurrió que era otra marca de champaña y la jaló. Ellos se pondrían contentos; ella, en cambio, no pensaba ir más allá de otro traguito y luego a levantar mesas y sillas. Sillas y mesas. Una y otra, y otra más.
¡Buena ocurrencia de la Marrana, ésa de dejarla con dos hombres!
Se emborracharían y después… sabía darse su lugar… consistiría
en no beber más. Puso la caja sobre la mesa y se enjugó el sudor.
¡Pesaba mucho! Sintió sed. Don Mario se incorporó en seguida de espulgar infructuosamente el sitio aledaño.
—No hay más.
—Mire, don Mario, aquí traje esto.
Él separó una botella envuelta en papel de seda.
—¿Es champaña?
—No lo es. Pero vale tanto, o tal vez más. Se toma solo y al tiempo.
—¿Cómo conoce tanto de vinos? ¿Ha sido cantinero?
—¡Qué ocurrencia! He ido a muchos banquetes políticos y no como mesero.
—No me diga que es catrín. No tiene el tonito de los catrines.
—No se necesita ser catrín para beber bueno.
Epifanio llevó media docena de botellas verdes a medio consumir.
—No encontré ni una completa. Pero miren, vamos juntándolas para enfriar.
Don Mario trasegó champaña desgasificada hasta llenar tres.
Metió una en el hielo y empezó a darle vueltas frenéticamente.
—Como ya no tiene gas, hay que enfriarla mucho.
—Con gas y sin gas, me da lo mismo —confesó Epifanio.
—Déjenme lavar tres vasos de vidrio, orita vuelvo —prometió
Simona.
—¿Y eso qué es? Señaló Epifanio hacia la caja de Napoleón Cien Años.
—Coñac —contestó don Mario, con tono de suficiencia—. Del
mejor. No hay otro mejor en el mundo. Pero debe tomarse a sorbos.
Y se trepa rápido. Pero no deja cruda. Es lo mejor de lo mejor.
—Me echaré un traguito.
—No revuelvas —aconsejó sin quitarle atención al enfriamiento.
—¿Le gusta la señora Simona? —inquirió Epifanio sin apartar la vista de la caja de Napoleón Cien Años.
—Como gustarme… —hizo una pausa para renovar la maniobra en sentido contrario—, no mucho. No es mi tipo; me gustan de otro modo.
—Relamidas, señor Mario.
—Así así, Epifanio.
—Pues a mí me gusta mucho.
—Hazle la lucha.
—Pero la disimula, no se vaya a chiviar ella.
—Ni te preocupes. Si la convences me pondré a levantar las mesas —dijo con aire de complicidad y sonrisa maliciosa—; ustedes pueden irse a la cocina. ¿Te gusta de ahora, o de antes?
—Desde que llegó, hace ocho días. Y nada.
—Pueque se te haga hoy. Oye. ¿Y trabajas para la Marrana?
—Este, no. Vine de eventual para el banquete, señor Mario.
—¿Como mesero?
—De ayudante de cocina y mesero. Me recomendó un amigo
de don Octavius. Uno que estuvo ayer. El licenciado Sánchez
Frías. Lo conocí en la campaña, de cuando fue diputado en el distrito.
Muy buena persona. Él me dijo que don Octavius necesitaba
gente de confianza para el banquete. Que no fueran pistoleros porque lo único que saben hacer es güevonear y matar. Hombres de trabajo quería y vine por más de una semana y bien pagado.
—¿Cuánto?
—Setenta y cinco diarios, más la comida y cama.
—¿Y el licenciado es gente de la Marrana?
—Sí, señor Mario, de sus meras confianzas.
Simona volvió con los tres vasos:
—¿Ya se enfrió?
—Está lista —dijo complacido—. Sirve, Epifanio.
La champaña guardaba en su seno contados glóbulos gaseosos, errantes aeróstatos en ascenso dentro del dorado líquido.
—¿Hacemos otro brindis? —propuso tímidamente Simona.
—Por que terminemos pronto de levantar a los muertos —brindó Epifanio, aludiendo al basural.
—Sea —abrevió secamente don Mario, y tomaron.
—¿Cómo la encontró? —preguntó Simona a don Mario.
—Pasable. La falta de gas le quita sabor.
—Oiga —dijo Simona más confiada—, si usted sabe de buenos vinos y comida ¿qué hace aquí, de mesero? Hace rato dijo que no lo era.
La explicación sirvió de pretexto para otra ronda de champaña:
—Vine a hacer un favor. Soy de buena posición, como ya ustedes lo habrán notado, pero no en el Distrito Federal, sino en Tierra Blanca, donde tengo una tienda, un ranchito con caña y muy buenas relaciones. En un tiempo fui de las confianzas de un gran personaje y si dejé su servicio fue por dedicarme a mis negocios. Además soy jubilado de Ferrocarriles.
Simona escrutó la cara de don Mario:
—¿Jubilado? No se ve viejo.
—Es que empecé a trabajar en el ferrocarril desde muy chico. A los dieciocho años ya tenía mi plaza de telegrafista.
—¿Ese que dice, quién es?
—Es el mandamás del sindicato y también mi compadre.
Epifanio se adelantó a don Mario, y vació la botella en los vasos:
—No entiendo qué hacía de mesero ayer.
Don Mario endureció el gesto:
—Se trata de otra cosa —dijo, y cortó el tema.
La champaña tiene fama de conmover las lenguas más impávidas y por una reacción imitativa, Simona sintióse proclive hacia la confidencia:
—Yo tampoco estoy aquí por mi gusto —manifestó intempestivamente.
Epifanio recogió una cajetilla de cigarrillos a medio consumir y don Mario le alcanzó lumbre. Simona callaba. Epifanio comprendió que no diría más espontáneamente, pero pugnaba por confiarles algo importante y un pequeño estímulo la animaría.
—No me salga con que también es rica.
—No, nunca lo he sido. Todo lo contrario, fui y soy muy pobre.
Y más pobre en adelante, pues perdí toda la esperanza de salir del montón.
—Qué pesimista eres —censuró don Mario, satisfecho de no centrar la atención en él.
—Cómo no he de serlo, si mataron a mi muchacho que estudiaba en el Poli, ya iba en carrera.
—¿Y cómo fue eso? —preguntó Epifanio visiblemente interesado en la tragedia de esa mujer robusta, de pelo negro crespo, piel morena y ojos de un verde intenso—. ¿Cómo fue? ¿Se puede saber? ¿No le importa recordar, señora Simona?
Simona levantó el vaso en muda petición y don Mario le sirvió de otra botella helada.
—Fue el año pasado. En Tlatelolco.
La frase tuvo un efecto inesperado sobre los dos hombres. Don Mario, que llenaba de nueva cuenta el vaso de Epifanio, suspendió la operación y devolvió la botella a la mesa. Epifanio, que tenía cogido el vaso, retiró la mano y miró con atención redoblada a las pupilas verdes de la cocinera.
—¿El 2 de octubre?
—Sí —musitó, bajando los ojos.
Los hombres guardaron sus impresiones. El calor aumentaba y el sol ponía un matiz brillante en las pocas flores que emergíanentre la basura. El techado de lona les prestaba buena sombra, pero el fuego interior del champaña hacía transpirar copiosamente.
Simona, la voz entrecortada por el recuerdo punzante, habló quedo:
—Cuando llegué de Tamazula, a donde me avisaron que había caído en la matanza, fui de las pocas madres a quienes les entregaron los cuerpos.
Don Mario no se atrevía a beber más, pese a la sed compulsiva.
—Se perdieron muchos, muchos —continuó su lamento, seguido del eco del brindis luctuoso.
—Por tu hijo. Simona, que en paz descanse.
—Menos mal que no se lo torturaron, Simonita.
Ella tenía los ojos brillantes, las lágrimas prontas a derramarse sobre su corazón encogido.
—Sí, menos mal que no lo torturaron; como a otros.
Los tres bebieron en acto solemne, pero Epifanio fue el único que apuró su vaso hasta el fondo. Se limpió los labios con el dorso de la mano, respiró profundo y confesó en un arrebato de odio:
—Como al mío. A mi Epifanio lo torturaron los muy hijos de la chingada. ¡Los muy hijos de su puta madre! ¡Los muy cobardes!
—¡Los muy perros! —maldijo Simona sin poder atajar aquellas lágrimas contenidas valientemente. Escondió la cara entre sus manos, les dio la espalda y los sollozos estremecieron su cuerpo.
Los dos hombres la veían en silencio, zambullidos en sus recuerdos.
Luego, Simona se calmó y húmedos los ojos se dio vuelta:
—¿También se lo mataron, señor Epifanio?
—Casi. En la plaza un sardo hijo de su pinche madre le sacó un ojo con la culata. En el Campo Militar Uno, le deshicieron los güevos a patadas, dizque para escarmiento. Como ve, más le hubiera valido caer bajo el fuego de las ametralladoras. ¡Así para qué vivir! ¡Para qué!
La cajetilla de cigarrillos de don Mario rodó al suelo. Se agachó a levantarlos, pero en la operación empleó más tiempo del normal. Cuando alzó la cara sus ojos brillaban sospechosamente.
Su voz era débil, apesadumbrada:
—Siempre es preferible estar vivo. Creo que es mejor un hijo
baldado a un hijo muerto. Un hijo es un hijo.
——
Fragmento de la novela Los símbolos tranparentes, Distribuidora y Librerías Tauro, México, 2018.









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