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Por ésta si nos dan veinte

· febrero 9, 2019

Antonio Bello Quiroz

En las narraciones y videos de esta nueva oleada mediática de denuncias por secuestros y ataques a las mujeres en el metro y las calles (con técnicas como el fingimiento de una pelea en la pareja y el “cálmate mi amor…”) se dejó escuchar una expresión que le da otro sentido a la lectura, no sin razón, de que las mujeres son simplemente víctimas de violencia. La expresión que señalo y se recoge en los medios coloca a la mujer en la posición de mercancía: “Por ésta si nos dan veinte” le dice un agresor a su colega.

Sin negar en absoluto la gravedad de la situación, más aún, reiterando que algo no anda entre los sexos como señala la psicoanalista Colette Soler, los intentos de secuestro, las agresiones, son acciones de violencia contra las mujeres que las objetiviza y las hace ver y tratar como mercancía, pero en absoluto se trata de un fenómeno nuevo. Nos revela, por el contrario, un problema estructural propio del capitalismo salvaje que compra y vende todo, y así ordena y determina, mediante el consumo, nuestras formas de organización social y la convivencia entre los sexos.

Un complejo debate se abre nuevamente con respecto a la posición de “objeto” en que se colocan o son colocadas las mujeres. Por un lado está el derecho que todos tenemos (hombres y mujeres) de objetivizarnos en el juego de la seducción; así lo defiende, por ejemplo, Slavoj Žižek, quien afirma que “cuando las mujeres se visten de forma provocativa para atraer la mirada masculina (o femenina, le agregaría) se cosifican a sí mismas para seducir al hombre. No lo hacen ofreciéndose como objetos pasivos, sino que son agentes activos de su propia cosificación: manipulando a los hombres, iniciando juegos ambiguos e incluyendo el pleno derecho, por supuesto, a detenerlo en todo momento”. Del otro lado, y el filósofo lo señala en la última afirmación (“incluyendo el pleno derecho de detenerlo en todo momento”) en absoluto puede justificarse o consentirse que una mujer o un hombre sean objetivizados, es decir, no hay ninguna justificación para que alguien sea obligado a ocupar una posición pasiva en el juego de la seducción.

La cosificación y mercantilización de las mujeres no son cuestiones nuevas. Históricamente la mujer ha sido vista como propiedad privada de los sistemas patriarcales de producción, al ser colocada como objeto pasivo; sin embargo, es en la resistencia donde se empieza a gestar la diferencia que nos conduce a la forma en que se presenta en nuestros días. Esa resistencia de las mujeres a ser cosificadas, resistencia que paradójicamente viene a reforzar el odio y la violencia, se deriva de la Revolución Rusa de 1917, como sostiene Andrea D’Atri en la presentación del libro Política familiar y vida social soviética 1917-1936 de Wendy Z. Goldman. Con ese telón de fondo del movimiento revolucionario, “las mujeres accedimos a todos los niveles de educación pública, al derecho a ejercer todos los oficios, al control de nuestra sexualidad y nuestras vidas”. Sin embargo, desde entonces y hasta nuestros días, en la vida cotidiana las cosas no se mueven mucho, incluso la cuestión parece agravarse con métodos cada vez más sofisticados, como podemos constatar que ocurre en nuestros días, escribe D’Atri. “Sin embargo, es imperioso señalar que esos derechos contrastan duramente con la vida cotidiana de millones de mujeres, la mayoría, condenadas a trabajos precarios, a la desocupación y la sobreexplotación, a las enfermedades y muertes por las consecuencias del aborto clandestino, a ser vendidas e intercambiadas como meras mercancías por las redes internacionales de trata y explotación sexual.”

En mi libro Resonancias de deseo he abordado la cuestión del feminicidio y señalé la actitud que ancestralmente se ha tenido de rechazo, discriminación y sometimiento de la mujer. El odio a las mujeres es ancestral. La historia de la humanidad bien puede trazarse a partir del lugar (o no-lugar) que las mujeres han tenido en las diversas épocas. Aquellas que no reproducen el canon masculino han sido señaladas como brujas, putas, locas o histéricas. Una constante parece revelarse: nunca se ha sabido qué hacer con el horror que la condición femenina genera y que hoy, como en otros tiempos, se expresa en los feminicidios.

En Una breve historia de la misoginia de Anna Caballé, se menciona que un filósofo francés llamado André Glucksmann decía que el odio más largo de la historia, más planetario incluso que el odio a los judíos, es el odio a las mujeres. La misoginia no es un asunto de falta de educación o escasa cultura. Por ejemplo, Alfonso X, el Sabio, escribía de las mujeres: “confundimiento del hombre, bestia que nunca se harta, peligro que no guarda medida”. Tampoco es cuestión de género, lo mismo se da en hombres que en mujeres. Las propias mujeres muestran horror y rechazo a lo femenino.

La convivencia entre hombres y mujeres ha sido desde siempre complicada, sólo que el orden patriarcal les ha dado a las mujeres un lugar cerrado en la maternidad o el de mercancía, y así su discurso, su deseo, no es escuchado. Aunque no les resulta exclusivo, como ya dijimos, los hombres desde siempre han mostrado su desprecio por las mujeres, mejor aún, por la palabra de las mujeres. Los hombres no escuchan a las mujeres, esto es el fundamento de la misoginia o el odio a las mujeres. Las relaciones de dominio masculino se dan a partir de un rechazo a la palabra femenina.

Pero ¿qué es lo que no se escucha en las mujeres? ¿Qué es lo que produce tanto horror y rechazo a las mujeres? Quizá sea justamente que en el centro mismo de la constitución psíquica de la mujer se encuentra Nada. Lo indecible, lo que la acerca a Dios, y al Diablo, a lo real. Quizá por ello la tendencia a adornar el cuerpo femenino, a cubrirlo de afeites para velar esa nada que lo habita y constituye. Un cuerpo sin centro, un discurso sin sentido, eso es una mujer. La alteridad a todo discurso dominante. Y eso es justamente lo que se vive con recelo, lo que no se soporta, no se sabe qué con ellas: ¡gozan demasiado!

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