Fabiola Morales Gasca
Refugiándome en un pequeño parque de esta gran urbe, en ociosidad absoluta y contemplando sólo los árboles, la ausencia de todo sonido molesto me hizo traer a la mente la certera frase de Lao Tzu: “El silencio es una fuente de gran poder.” Y en efecto, es tan grande su potencia que muchos le temen. Sus fauces y garras de felino cósmico son temerarias y hacen estremecer al más valiente. Los protagonistas de “Luvina”, de Juan Rulfo, nos lo recuerdan:
“—¿Qué es? —me dijo.
—¿Qué es qué? —le pregunté.
—Eso, el ruido ese.
—Es el silencio.”
Para muchas filosofías y religiones el mutismo es la puerta de entrada para la meditación y la reflexión interna. Estudios recientes de neurología afirman que predispone a controlar nuestra presión arterial, a reducir el estrés y a generar nuevas conexiones entre las neuronas, dado que hay mayor concentración. El silencio es un poder transformador y enriquecedor en nuestra conciencia y salud.
La quietud y la ausencia de ruido es el estado perfecto para fortalecer la mente y el espíritu. Friedrich Nietzsche afirmó: “El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio.” Sin embargo, para las personas que escriben, después de un prolongado tiempo de sosiego éste puede tornarse agobiante, por no decir aplastante. Innumerables son los casos de escritores que durante semanas, meses e inclusive años han permanecido en el silencio de su mente y de su pluma. Por ejemplo, Franz Kafka en sus Diarios, a finales de 1910 escribe:
“Así me va el domingo apacible. Estoy sentado en el dormitorio y dispongo de silencio, pero en lugar de decidirme a escribir, actividad en la que anteayer, por ejemplo, hubiese querido volcarme con todo lo que soy, me he quedado ahora largo rato mirando fijamente mis dedos. Creo que esta semana he estado influido totalmente por Goethe, creo que acabo de agotar el vigor de dicho influjo y que por ello me he vuelto inútil.”
La admiración hacia Goethe la reafirma con la sentencia a su incapacidad de escribir:
“El entusiasmo ininterrumpido con que leo cosas sobre Goethe (conversaciones con Goethe, años de estudiante, horas con Goethe, una estancia de Goethe en Frankfurt) y que me impide totalmente escribir […] ¿Con qué voy a perdonarme la observación de ayer sobre Goethe, que es casi tan falsa como el sentimiento descrito por ella? Con nada. ¿Con qué voy a permitirme que hoy no haya escrito nada todavía? Con nada. Sobre todo, porque mi disposición no es hoy la peor. Siento continuamente una llamada susurrante en el oído: “¡Ojalá vinieras, invisible sentencia!”
Kafka es sólo un caso, entre muchos de escritores atrapados en el silencio temporal de su escritura. Enrique Vila-Matas nos comenta una anécdota sobre Juan Rulfo: “Cuando le preguntaban por qué ya no escribía, Rulfo solía contestar: ‘Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias’. Su tío Celerino no era ningún invento. Existió realmente.”
Mito o no, la mudez del pariente muerto sirvió de tónico durante años para deshacerse de las incómodas preguntas de los reporteros sobre la escritura del callado Rulfo. Arthur Rimbaud, poeta que a muy temprana edad escribió destacados poemas, terminó demolido, también a muy temprana edad, por el enclaustramiento de su escritura. Por decisión o no, el silencio de los escritores es un tema discutido y polémico.
Para los escritores el silencio es como el agua, necesaria pero sin caer en los excesos. Para los monjes budistas, es elemental en la práctica hacia la iluminación. En el silencio contemplativo y en la meditación, los expertos saben que hay que estar siempre atentos porque se tienen dos grandes riesgos: fugarnos hacia arriba —pensando, divagando, discurriendo, imaginando—, o fugarnos hacia abajo —relajándonos, durmiéndonos, evadiéndonos—. Así que la circunspección es nítida como una espada, poderosa y misteriosa; la debemos considerar todo el respeto.
La dialéctica del silencio es doble: es un espacio simbólico y acústico necesario, tanto desde el punto de vista de la fisiología como de la creatividad. Por otro lado, es una entidad amenazante, porque puede dar lugar a estados de conciencia alterados, alucinaciones debidas al fenómeno de la reprobación sensorial. Puede dar lugar lo mismo que a la creatividad o la mística que a la locura.
Para nosotros, ciudadanos del mundo devorados por la modernidad, dos minutos de silencio diarios son buen principio para adentrarnos al santuario del sosiego. Fuera tecnología, celulares, conexiones y redes. En tiempos como los nuestros, donde nos ahogamos de ruidos innecesarios para nuestra mente y espíritu, conviene acercarse al silencio y acallar el exterior. Podemos seguir abonando palabras inútiles a la catedral del silencio, pero sería estéril. Lo mejor es iniciar la práctica y callar.
Recordemos que toda buena sinfonía se intercala de música y de silencios. Del equilibrio entre ambos formemos el verdadero arte mella en nuestra vida. Disfrutemos el sonido y habitemos con íntima complacencia los reinos del silencio, sólo así nutriremos nuestra sabiduría.









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