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Pobres mujeres

· marzo 3, 2016

Coco Chanel

 

Me dan pena. Son una lástima. No han sido educadas para este mundo en el que vivimos. Quieren votar, fumar, utilizar armas que no conocen; conducen camiones; ¡si por lo menos se cayeran por un barranco! Pero no, los conducen bien y ésa es la verdadera tragedia. Tenían la tristeza, las lágrimas, el revólver de la casa de Gastienne Renette, claro está que con libre absolución. No han comprendido, en su caza del hombre, que al hombre le gustan las víctimas (no las suyas, naturalmente, sino las de los demás).

*

Me dan pena las mujeres porque siempre se confunden. Hacen que todo gire a su alrededor. Quieren gustar al que pasa por la calle y él no lo sabe. No saben que sus cualidades (sobre todo si esas cualidades son masculinas) hacen huir al hombre.

*

Disimulan sus defectos en vez de considerarlos un encanto más. Hay que saber jugar, ser astuto con los defectos; si se sabe utilizarlos, se consigue todo. Hay que esconder las virtudes si se tienen, pero que se sepa que están ahí. Entre los hombres hay pocos que sean honestos, pero entre las mujeres ninguna.

*

No me gusta el trato con mujeres. Excepto Misia, ninguna me divierte. Son frívolas. Yo soy superficial, pero frívola nunca. Cuanto mayor me hago, más superficial soy. Una mujer perfecta fastidia a las mujeres y aburre a los hombres.

*

Una mujer = envidia + vanidad + necesidad de cotillear + confusión mental. Dicho esto, me encanta la coquetería de las mujeres. ¡Tantos hombres, tantas pobres chicas, tantos negocios viven de ello! Mucha más gente vive del despilfarro de las mujeres que la que muere por ello.

Las mujeres eligen un vestido por el color; si lo esencial no se les escapara serían hombres. Que eso pase con las clientas no tiene importancia, pero me da una rabia enorme abrir mis salones a zoquetes cuyo oficio consiste en mirar una colección y ni siquiera saber ver.

Las mujeres, cuando ven un vestido nuevo, pierden la cabeza. Ensuciarían el vestido blanco de la modelo… Las mujeres copian a los hombres sin darse cuenta de que lo que a ellos les hace atractivos, a ellas las afea.

*

¡Ahora hasta se arreglan en la mesa! Ponen la polvera dorada al lado del plato, se maquillan con la servilleta. Colocan el peine al lado del tenedor. Aparecen pelos rubios en el consomé. Confunden el pintalabios con una fresa. Espolvorean de ocre la salsa blanca. Cuando veo que se sirven un escalope no sé si es para ponérselo en las mejillas o para comérselo.

¡Y en la cama! Se embadurnan la cara con una grasa negra que ensucia la almohada, se ponen rulos, cintas, aceite en los párpados. ¡Pobre marido! Como ya lo ha cazado, a ella le da igual gustarle; quiere gustar a los demás, a aquellos que ve durante el día, personas que no le interesan o que no le excitan sino en la medida en que no le hacen caso. Las mujeres están realmente enamoradas de la moda; nunca la sacrificarían por un amante. Todos los hombres me dicen: “¡Qué bien! ¡Usted no se pinta las uñas de rojo!” A ninguna mujer se le ocurre, al oír aquello, dejar de pintárselas para gustarles.

*

Están condenadas a la humillación de las novedades. Su pie busca un pie de hombre por debajo de la mesa, y si el pie no se retira se ponen realmente contentas. ¡Y luego se lamentan de que no las quieren! Con sus comentarios vanidosos ponen al hombre en un auténtico dilema: si es un hombre bien educado y tímido dirán: “Es marica.” Si les hace caso: “Es un pesado.” Si aquellas que deberían dar ejemplo se comportan así, imagínense las demás. (Les juro que, por suerte, las otras se comportan mucho mejor.)

*

No he conocido a ningún hombre que triunfe gracias al apoyo de una mujer. En cambio, he conocido a muchos que las mujeres han echado a perder. Ya que muchos hombres son juzgados, de hecho injustamente, por sus mujeres. Es más frecuente que las esposas dificulten la carrera de sus maridos que no que las hagan progresar.

*

Hay mil formas de traicionar a un hombre y muy pocas de engañarle: compras a la ligera o estúpidas, un comportamiento idiota, odios personales alimentados por la vanidad, un mal aliento o una mala educación. (Engañar, sin embargo, sólo tiene un sentido = los sentidos.) Se traiciona a un hombre quedándose callada en la mesa, como un tronco, y poniendo tenso el ambiente; también se le traiciona soltándole un discurso preparado para la cena. No estando a la moda, o estándolo demasiado, conduciendo camiones, vistiéndose de WAX, hablando como se lleva: “pavonearse”, “estar hasta el gorro”, “vale”, “estupendo”… Tantas mujeres ponen en ridículo al hombre al que aman.

*

Y no estoy hablando de las jóvenes, que tienen excusa, sino de las viejas, que son las peores. ¿Por qué todas estas viejas glorias se dan tan mal tono?

Es impresionante lo que llegan a decir a sus maridos: C., un escritor de lo más encantador y atractivo, admiraba mucho una estatua que había en el jardín de mi casa.

—¡Qué serenidad y belleza tiene esta figura! —decía.

—Llévesela. Se la regalo.

—¡Dónde vas a poner eso! —grita su mujer—. ¡A este paso vamos a tener que cambiar de casa!

Él, un tanto violento, responde:

—No me la llevaré, pero me impresiona tanto…

(A la mañana siguiente, ella misma viene a buscarla.)

—Estoy encantada de dársela —le digo— porque la admiro a usted.

—¡Oh! —contesta la mujer, furiosa—, ¡cuántos cumplidos!

Ahora escuchen a la mujer de un famoso médico; estábamos hablando del programa de trabajo del doctor:

—El martes… consulta. El miércoles… clases en la facultad. El jueves… ¡ah!, el jueves está reservado al amor. ¡Y le puedo asegurar que el profesor no se aburre!

*

Escuchen también a la mujer de un industrial:

—Así que te parece que este vestido no me queda bien. ¿Acaso voy mal vestida? (Principio de la escena, durante la cena.)

—Se te ven demasiado las piernas… —responde M. Mathis.

—¿Te atreves a decir que no te gustan mis piernas? ¡Con la de servicios que te han hecho!

*

Todas éstas son situaciones reales. Salen de la boca de las personas más conocidas de París (de las cuales ninguna, por suerte para París, es parisina. Y todas sin hijos, ¡cincuentonas!).

*

Me dan mucho más miedo las mujeres que los hombres.

*

También se da el exceso contrario, aun peor: la mujer inteligente, la poetisa, la enterada en política.

Prefiero a una mujer a quien le gustan los negros que una mujer a quien le gustan los académicos.

Las dos únicas mujeres escritoras que me han gustado son Madame de Noailles y Colette.

La condesa quiso deslumbrarme. Adoptó el estilo de Cocteau y Cocteau la forma de escribir de Anna. No comía en la mesa por miedo a que le cortaran la palabra; y cuando bebía, era del vaso del conferenciante; indicaba con la mano que no había acabado la frase. Escrutaba en mi mirada lo que me gustaba de cuanto decía. De hecho, yo era la única persona que me daba cuenta de que lo que decía era inteligente.

*

Me gusta Colette, con sus pies de apóstol y su acento. Pero se equivoca dejándose engordar. Esta mujer tan inteligente no ha llegado a comprender que el físico tiene su importancia. Presume de glotona. Dos salchichas le bastarían; dos docenas son una exageración. Se trata de sorprender a Saint Tropez. Y cuanto más le molesta su gordura, más la exagera. De haber sido inteligente (o peor todavía, intelectual) yo estaría perdida; mi falta de comprensión, mi negativa a escuchar, mis anteojeras, mi cabezonería, han sido las verdaderas causas de mi éxito.

*

Las mujeres nunca me divierten. No siento amistad por ellas. (Por otra parte, ellas ignoran lo que eso quiere decir.) De hecho, la amistad, en Francia, es imposible.

La palabra honra no tiene ningún sentido para las mujeres.

No siguen el juego, pero creen que se les sigue.

*

Lo peor es la pareja.

Ellos gustan por separado; juntos son odiosos. En cuanto a ser amigo de los dos, es imposible. La pareja es una asociación; y la asociación, la unión-hace-la-fuerza, es molesta porque es útil. El amor tiene que ser una sociedad de destrucción mutua, y no de socorro. Es tan difícil asistir a la complicidad de una pareja como a su desacuerdo. La pareja nunca piensa en la situación insostenible del tercero; la pareja nunca es sencilla, generosa, espontánea; sólo es reflexión, cálculo y egoísmo. Es algo inhumano: una creación artificial, una razón social. Incluso si la pareja se odia se reconcilia contra uno; es igual que esas ruedas dentadas que se muerden, pero así consiguen hacer avanzar mejor la máquina.

*

Por suerte, sin embargo, “la mujer no siempre es la hembra del macho; puede haber dos seres perfectamente diferentes dentro de una pareja”. Lo dice Balzac; es un consuelo. Marie Laurencin decía: “Odio a esa tercera persona llamada Pareja.”

*

Boy Capel me decía a menudo:

—No te olvides de que eres una mujer…

Demasiado a menudo se me olvida.

*

Para acordarme de ello me pongo delante del espejo: observo unas cejas arqueadas de aspecto amenazante, unas narices abiertas como las de una yegua, un pelo más negro que el carbón, una boca que es como una grieta por donde se desahoga un alma colérica y generosa; coronándolo todo, un enorme lazo de colegiala sobre un rostro atormentado de mujer, ¡y que ya lo era en el colegio! Una piel negra de gitana sobre la que resalta el blanco de los dientes y las perlas; un cuerpo tan seco como una parra sin uvas; unas manos estropeadas como las de un boxeador.

*

La dureza del espejo me devuelve mi propia dureza; es una lucha encarnizada entre él y yo; muestra lo que hay en mí de preciso, eficaz, optimista, realista, combativo, guasón e incrédulo. El vivo retrato de una francesa. Por último, mis ojos de un castaño claro, que dejan entrever mi corazón: ahí se ve que soy una mujer.

Una pobre mujer.

——

Las opiniones de la modista francesa son producto de algunas conversaciones con el escritor Paul Morand, publicadas en 1976 en El aire de Chanel. Son reproducidas de la traducción al español realizada por Tusquets (Barcelona, 1989).

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