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Espuma de los días, Opinión 0

Pobre Baudelaire

· febrero 27, 2015

Jesús Bonilla Fernández

 

Porque a veces venías, oh Charles Baudelaire

cansado del cubilete sin dados y del juego sin triunfos.

Henry de Régnier

 

Walter Benjamin se encontraba en México acompañando una expedición científica que, después de atravesar la selva virgen, se introduce al sistema de cuevas excavado a pie de una de sus montañas. Ahí encontraron a la orden de antiguos misioneros que aún catequizaban a los nativos de nuestro país. En una enorme gruta de bóveda gótica se celebraba un rito cuya parafernalia era muy antigua. El escritor llega a ver el momento álgido de la misa, en la cual el sacerdote expone un fetiche mexicano hacia la imagen de madera que representa al Dios Padre y cuelga en una de las paredes de la cueva. La cabeza de la imagen se mueve tres veces, de derecha a izquierda: expresa su negación.

Por supuesto, es un sueño. Lo describe el escritor alemán en alguna parte de “Calle de dirección única”, texto fechado en 1928. Curiosamente, la nota es acompañada por un epígrafe de Charles Baudelaire, el dios —según Arthur Rimbaud— de los poetas: “No paso nunca ante un fetiche de madera, ante un Buda de oro o ante un ídolo mexicano sin decirme: Tal vez éste sea el verdadero Dios.” A saber qué otras representaciones suscitaron estas palabras en Walter Benjamin, pero al menos se demuestra la fascinación que ejercía la vida, la poesía, el pensamiento del pobre Baudelaire sobre él, incluso en el plano onírico. Evocando esa correspondencia, anoto un fragmento indicativo de Pobre Bélgica, uno de los tantos libros que Baudelaire dejó inconclusos, ahondando aún más la profunda melancolía que se desprende de la pobreza del poeta y algunas lluvias. Apenas en una de las anotaciones del “Comienzo”, escribe Baudelaire: “Aquí es temido volverse tonto. Atmósfera de sueño. Lentitud universal. (El corredor del ferrocarril es un símbolo.)” El poeta se refiere al hecho, correspondiente con seguridad, de que los trenes al entrar en Bruselas eran precedidos por un empleado de la compañía de transportes quien corría anticipándose al convoy, ¡para evitar accidentes!

¡Qué imagen de la melancolía! Correspondencia de la pobreza de Baudelaire, quien, para mí, ahora, se ha convertido también en símbolo, traspasando la creatividad onírica padecida por Benjamin, si bien es claro que éste mantiene su importancia cuando ensayamos, reflexionamos sobre el autor de Las flores del mal. Esta melancolía está entrelazada con el hecho de que —aunque parezca contradictorio— Baudelaire vivió siempre frente a un abismo metafísico condimentado en ocasiones por algunas cuitas pecuniarias, quizá la materialidad más absurda de nuestras existencias. Ese abismo hace referencia a alguna posible e improbable trascendencia, la cual, a mi ver, es el atractivo y la emoción de su poesía si la acompañamos de la angustia por la persecución de nuestros acreedores. La trascendencia mencionada, por supuesto, es colmada por sus ensayos, donde se expone su inteligencia instintiva, cautiva de su animalidad o, para expresarlo mejor, la carnalidad de su inteligencia, su inteligencia desilusionada, spleendorosa, producto del progreso de lo burgués, secuela del Siglo de las Luces, promotor de la ciencia, la técnica y una absurda ortodoxia, a pesar de sus mayores campeones, Dennis Diderot y Jean-Jacques Rousseau.

Al respecto, cómo no recordar la evidencia —y debemos masticarlo bien, lector— de que nos hemos vuelto pobres del mismo soñador —que las más de las veces de soñador no tenía nada— Walter Benjamin, quien escribió en “Experiencia y pobreza” (1933): “Hemos ido desprendiéndonos de una porción tras otra de la herencia de la humanidad, frecuentemente teniendo que darla en una casa de empeño por cien veces menos de lo que vale a cambio de que nos adelanten la pequeña moneda de lo actual.” Nuestra experiencia de la violencia, debiera ser obvio, es la mentira de la economía (recordemos que el escrito es de 1933 y Walter Benjamin era alemán, pero en sueños visitaba México…) desmentida por la inflación, la falsedad, los “mitos geniales”.

La melancolía tiene antiguas sus raíces, así como sus tallos religiosos, sin contar por ahora su inevitable dimensión clínica. Pero, por ejemplo, para Claudio Magris es una categoría importantísima, una forma de ser, “una poesía de lo Moderno”, que, posterior a la vida de los antiguos, su savia invade la conciencia por el llamado pecado original y la “pérdida indefinible, no de Dios sino de la ‘vida verdadera’ o, mejor, del sentimiento de poder alcanzarla”. Para el escritor italiano, Baudelaire, “el Dante de lo Moderno”, ha expresado como nadie la melancolía al retratar la metamorfosis de la ciudad de las luces en Las flores del mal, aunque añade que en los últimos dos siglos la literatura europea se ha impregnado de ella. “La literatura está marcada por la persecución de la temporalidad, del tiempo cuyo fluir hacia la nada es desilusión, como en La educación sentimental de Flaubert y muchas otras obras maestras (narrativas, poéticas y, en las últimas décadas, ensayísticas) que deben su grandeza a la intensidad con la que han representado, analizado y transmitido el sentimiento de melancolía de la vida, tema fundamental de todas las artes, de la pintura a la música.”

Hablé de cuitas pecuniarias, pues Baudelaire en la realidad real —por decirlo de alguna manera— no era pobre, aceptando, como yo lo hice, la versión de Mario Montaña en el sentido de “que a mediados del siglo XIX en Francia nadie era pobre si tenía 55 mil francos que generaban una renta mensual de 200 francos”. Baudelaire derrochó aproximadamente otros 45 mil en los dos años anteriores en que su madre y su padrastro solicitaron una interdicción judicial que le prohibió administrar su propia herencia.

Entonces, al mito de la pobreza del poeta debemos corresponder, no sólo a la antipatía que sentía por los belgas, sino a la humillación parental de la que fue víctima en los años en que cultivó las flores de su mal.

 

Alcoholes

Una de sus bon mots definitorias (en este caso, de Nerval) dice que la melancolía es la enfermedad que consiste en ver las cosas como son. Como en una novela de Stendhal, el espejo de la bilis negra se pasea por un ancho camino y va reflejando con realismo en su superficie la imagen de cualquier forma de vida que se mueve alrededor. Pero es ése un realismo —como en el caso de la delectatio morosa— presto a advertir en cualquier cosa lo efímero, lo frágil, la muerte, el azar o el absurdo. Y no tanto el hecho de que todas las cosas sean terrenas como esa calidad terrosa, orgánica: barro, terrones, grumos, las distintas consistencias del polvo que, al tacto, dejan una huella sucia y oscura. Marek Bieńczyk

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