Roberto Martínez Garcilazo
Si diéramos por verdadera la tesis de que existe esta dimensión pathetica y, además, de que fuera posible que tal esencia se realizara en los modelos fácticos de ciertas personas, es decir, seres con existencia histórica, que además poseyeran dimensiones de personaje literario —esto es, ficticias— tal vez podrían postularse tres modelos: Martín Garatuza, el pícaro transgresor; Gabino Barreda, el solemne filósofo educador; y Manuel M. Flores, el libertino contumaz.
Aunque, también sería posible considerar, en esta nómina fantástica a Catarina de San Juan, la santa de la amargura; a Juan de Palafox y Mendoza, el príncipe ilustrado; a Ignacio Zaragoza, el guerrero solar; y, por supuesto, a Aquiles Serdán, el mártir de nuestra Ilíada poblana.
Probablemente sea ingenuo reflexionar sobre una perspectiva que valore a los hombres por su —hipotética— grandeza y no por sus palmarias fragilidades y miserias; sin embargo, caer en la tentación de la sobre-interpretación hermenéutica es, digamos, un recurso retórico para salvarnos de la opresión de la mediocridad.
(Viene a mí el recuerdo de este pasaje de Marco Aurelio: “Contempla el curso de los astros, como si tú evolucionaras con ellos, y considera sin cesar las transformaciones mutuas de los elementos. Porque estas imaginaciones purifican la suciedad de la vida a ras de suelo”.)
Como sabemos, de Emerson es la construcción literaria de los llamados Hombres representativos. Abusando de la comparación, en un grado casi sofístico, podríamos extrapolar nuestra provinciana condición y conjeturar que los modelos de poblanidad son posibilidades del ser de los hombres y mujeres nacidos en este infausto predio llamado Puebla, que un poeta ya olvidado se atrevió a nombrar dulcemente como un rincón azul.
Siguiendo el prólogo de Borges a los Hombres representativos de Emerson, podríamos escribir aquí que sería tópico de una “fantástica filosofía” afirmar que un “hombre es todos los hombres” y que, luego entonces, “un poblano es todos los poblanos insignes”. Podríamos escribirlo… sin embargo, el sofisma entrañaría este nefasto corolario: “un poblano es también todos los poblanos miserables”.
En este escenario será mejor renunciar a esa “lisonjera fe” que elimina, de modo imprudente, la consideración de las circunstancias. Mejor será renunciar y resignarse a la desdicha de la medianía.
Mejor —por el bien de nuestras azules almas— olvidar estas palabras: “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiende el ala hacia la excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevarás en el pecho el élan misterioso del ideal. El ascua sagrada capaz de templarte para acometer las nobles y desinteresadas grandes acciones.”
No castiguemos, entonces, con nuestro disgusto y aversión al canaglia, ya que es nuestro semejante y hermano en la vida a ras de suelo.
“Sustine et abstine” mientras, allende las fugaces nubes, giren inmarcesibles los astros de la bóveda inmaculada de lo ideal.









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