José Luis Rivas
El 13 de septiembre de 1889, al mediodía, en Narbonne (Aude) viene al mundo Pierre Reverdy. Crece en la casa de su padre, al pie de la Montagne Noir, donde muchos de sus antepasados, canteros y escultores, habían tallado en piedra y en madera las imágenes de los templos. Entra al pequeño liceo de Toulouse y al colegio de su tierra natal. Una lapidaria frase suya da cuenta de esos primeros años: “Malos estudios, ciudad triste”; y otra más, del origen y del pasado asimilados en el hacer presente: “El poeta es albañil, ajusta piedras.”
El 3 de octubre de 1910 llega a París. Favorecido por la dura vida, como él dirá, conoce el trabajo, las penurias y, desde ese año hasta 1914, la “maravillosa aventura”: su encuentro en el Bateau-Lavoir con pintores de la talla de Juan Gris, Picasso, Braque, Matisse, y con poetas como Max Jacob, Apollinaire, Cocteau y Saint-John Perse (a la sazón “todavía” Alexis Saint-Leger Leger).
Felizmente eximido del servicio militar, interviene sin embargo como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Es dado de baja en 1916, vuelve a Montmartre y trabaja como corrector de pruebas en una imprenta donde compone, con sus propias manos, sus primeras plaquettes.
Es entonces colaborador de la revista Sic. En 1917 funda una propia con el nombre de Nord-Sud, y anima a poetas y pintores a reunirse bajo el aliento “del espíritu nuevo”, según lo concibe Guillaume Apollinaire.
En 1926 pasa a través del “círculo de fuego y de hielo” que es para él la religión, convirtiéndose durante algún tiempo al catolicismo. Luego se retira cerca de la abadía de Solesmes (Cierto: hace algunos viajes a París, Italia, España, Grecia, Suiza, Inglaterra, de los que no dice palabra alguna, pero que lo persuaden siempre de volver a Solesmes “un affreux petit village reél”.) Comenta: “Aquí o allá, todo es lo mismo.” No obstante, prosigue en silencio su obra como poeta y ensayista. Sus reflexiones estéticas dan forma a Le gant de crin (1926) y a Le livre de mon bord (1948), así como a una continuación: En vrac (1956). Tras escribir Ferraille (1937), publica en 1945 el conjunto de su obra poética bajo el título de Plupart du temps. Y en 1949 da a las prensas Main d’oeuvre (poemas de 1913 a 1949).
Solitaria y secreta, a imagen y semejanza de su autor, situada en la confluencia de varias corrientes, la poesía de Pierre Reverdy cuenta no obstante con admiradores devotos. Primeramente, guarda un estricto lazo de parentesco con la escabrosa Montaigne Noir de los antepasados del poeta. Por otra parte, su estrecha amistad con los pintores cubistas, viene en apoyo de su tendencia hacia el aspecto estructural del poema. “La lógica de una obra de arte es su estructura. En cuanto ese conjunto se equilibra y se sostiene, es lógico.” El realismo está presente en sus primeras obras, al igual que el surrealismo. En El primer manifiesto del surrealismo (1924), André Breton dice atenerse a la definición reverdyana de la imagen y la aplica a la surrealista. En el número correspondiente a marzo de 1918, de la revista Nord-Sud, Reverdy había escrito: “La imagen no puede ser hija de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos alejadas. Cuanto más alejadas y justas sean las relaciones de las dos realidades acercadas, más fuerte será la imagen, y más vigor emotivo y realidad poética poseerá.” Desde 1916, Pierre Reverdy ejerce una innegable influencia en los jóvenes poetas de la época. Lo dice el propio Louis Aragon: “Cuando teníamos veinte años, él era para nosotros —Soupault, Breton, Eluard y yo—, toda la pureza del mundo. Era nuestro inmediato precursor, el poeta ejemplar.” Sin embargo, Reverdy sólo pasa por el surrealismo pues, para él, “el arte es una disciplina, no existe arte personal sin una disciplina personal”. Esta declaración suya nos permite apreciar con claridad cuán apartado estuvo Reverdy de la escritura automática, practicada, entre otros, por André Breton, Robert Desnos y Philippe Soupault. Su búsqueda de una poesía muy personal se confunde con esa búsqueda esencial del misterio de la existencia, con la búsqueda del absoluto. Reverdy comprendió muy bien, y desde un principio, que la disposición tipográfica de un poema en la página en blanco (desde luego, su trabajo en la imprenta lo predispuso a ello) podía aportar líneas de fuga hacia algo distinto de las palabras. Así, dice: “El poeta se encuentra en una posición difícil y a menudo peligrosa, en la intersección de dos planos de filo cruelmente acerado, el del sueño y el de la realidad. Prisionero de las apariencias, oprimido en este mundo, por lo demás puramente imaginario, con que la mayoría se contenta, franquea el obstáculo para alcanzar lo absoluto y lo real. Su espíritu se mueve entonces con soltura. Ahí es donde habrá que seguirlo…” (Le gant de crin). Pero, gracias a la influencia del cubismo su lenguaje se fortifica, desdeña servirse de cualquier nota pintoresca o de cualquier imagen que perturbe el orden interno y riguroso del poema. Busca que los seres, los objetos mismos terminen por transparentarse en el silencio. André Malraux lo captó privilegiadamente: “El poema que se apega a las normas es un desarrollo; el que Reverdy instauró era una síntesis. Para lograrlo, cambia la puntuación por un sistema de espacios en blanco, y somete sus obras a un despojamiento quirúrgico.” Este despojamiento reverdyano será reforzado por su conversión al catolicismo. Lejos de intentar una apropiación del lenguaje por medio del objeto, Reverdy se esmera en restituir “el lirismo de la realidad”: un lirismo secreto, atenuado y contradictorio en apariencia, que exige del poeta que raspe las palabras hasta hacerlas perder su brillo, borrar el ritmo que mantendría indebidamente en suspenso la atención del lector, con el fin de descubrir tras de los simples instantes de la vida diaria, un misterio en vilo. En Self defense dice: “… yo me creaba una disposición cuya razón de ser meramente literaria era la novedad de los ritmos, una indicación más clara para la lectura, en fin, una puntuación nueva, ya que la antigua, por inútil, había desaparecido poco a poco de mis poemas”.
No elevar la voz, hablar consigo mismo, no espantar al silencio. Sólo así, el poeta tiene alguna oportunidad de encontrar un “enlace con el destino”, porque, para Reverdy, los poemas son “cristales depositados tras el efervescente contacto del espíritu con la realidad” (Le gant de crin). Pero no hay que ver en Reverdy un poeta de la significación abierta; para él, la poesía introduce una laguna en el mundo que percibimos de ordinario.
“La poesía es en lo que no es. En lo que nos falta. Es eso que querríamos que fuese. Ella es en nosotros porque no somos.” Esta definición, cercana a las de la teología negativa, nos hace pensar en un acercamiento mediante el “no” a una realidad demasiado inaccesible como para que el “sí” pueda circunscribirla alguna vez. “La poesía es el eslabón entre nosotros y la realidad ausente. La ausencia es la madre de todos los poemas.”
Pierre Reverdy no deja de interrogarse sobre el misterio esencial de la poesía, la cual toma el lugar de esa religión católica en la que él pasara una breve temporada, pues estaba confinada, al decir suyo, en un moralismo estrecho. “Cuando la moral prevalece, eso es la señal más clara de decadencia de una religión.” Para Reverdy lo que importa es la espera religiosa, tan intensa en un momento, que llegó a desterrarlo de la poesía. Pero cuando vuelve a ella, lo hace con una exigencia más seria. Si Dios está oculto en él, él sigue siendo la nostalgia de haber entrevisto esa presencia. “Para mitigar el dolor de no poder trasponer nuestros límites, conviene replegamos con frecuencia más acá de ellos.”
La obra de Reverdy no conoce rupturas en su continuidad ni en el espíritu que la anima, avanza en el sentido de una profundización. El poeta que declaraba: “Hay que marchar en la sombra hacia esa luz… empieza a amanecer allá arriba. Abajo dejamos avanzar este triste movimiento, este desesperado vaivén del fondo del aire que ha de terminar en un discreto rincón del universo donde forman fila los cadáveres”, es el mismo que, mediante un movimiento reflexivo, desemboca en lo que podría denominarse una ascesis poética.
Diez años antes de su muerte, deja de lado los problemas de la imagen, los problemas de los medios de expresión, para interrogarse sobre los motivos que comprometen al poeta y al lector a participar en una misma comunión por el influjo del poema. No es la emoción espontáneamente expresada lo que cuenta, sino la manera de decirlo. Revelador de la fuente profunda de donde brota, el timbre que el poema expresa es lo que “hace posible la soldadura de un alma con otra en el choque poesía”.
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Título de la Redacción, es el prólogo al libro Fuentes del viento, Selección, traducción y prólogo de José Luis Rivas, El Tucán de Virginia, México, 1986.









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