Antonio Bello Quiroz
Hice lo que hice: eso es todo lo que uno sabe
cuando mira hacia atrás. Philip Roth
Philip Milton Roth ha muerto a los 85 años. Lo hace cuando ya se había retirado de la literatura, por lo menos de la escritura, desde hacía varios años. Lo hace, morir y retirarse de las letras (dejó de publicar en 2012), quizá después de haber alcanzado, como él mismo escribe en Sale el espectro, “El hábito de la soledad, de la soledad sin angustia”. Había alcanzado ese anhelado estado donde se viven “los placeres de no tener que responder a nada y ser libre… paradójicamente libre de uno mismo”. Quizá por ello buena parte de sus obras, quizá en las últimas es aún más claro, el tono es de un monólogo de autocomprensión, aunque por las extrañas vías de las contradicciones propias de una existencia.
Su literatura siempre contó con la fuerza de quien ve la vida sin caretas, con la potencia de quien se acerca sin mordazas a lo que hervía en su interior. Se trata de un escritor que, con una elocuente y fina parsimonia, nos permitió confrontarnos con nuestros más íntimos demonios. Un escritor que escudriña las complejísimas relaciones sociales, enmarcadas en los estereotipos deshumanizantes de las clases sociales, las etnias y los sexos. Un escritor que nos permite convertir el pensamiento en una fuerza vital que rebasa a la conciencia. Philip Roth se fue dotado de una poderosa lupa que nos desnuda; lo hizo recurriendo a esa fuente de todos los tesoros que es la infancia. La suya, su infancia, marcada por una familia judía que tenía al centro a una madre toda presencia, autoritaria y amorosa a la vez.
Su muerte conmociona, y mucho, porque la literatura carece cada vez más de referentes que toquen el alma más allá de regionalismos o de latitudes: los escritores universales están en extinción. Era judío, pero alejado de la religión, era judío y quizá por ello apegado a la letra, quizá por ello también con el filo del escrutador del alma de otro gran judío, como fue Sigmund Freud. Era judío pero expresamente prohibió rituales judíos en su funeral. Fue judío con lo mejor del judaísmo.
Quizá su grandeza es que nunca dejó de pensar y escribir como lo haría la gente ordinaria, con sus mismos padecimientos, dudas, amores y desamores, dolencias y sufrimientos, uno más que supo describir la vida cotidiana en medio de un vendaval de rituales y ceremonias organizadas para darle pertenencia a él, cuyo único lugar de pertenencia fue la soledad y el amor no realizado. También como Freud, Philip Roth toma la sexualidad como uno de sus temas recurrentes. Sabe que ahí, entre los vericuetos, las inseguridades, los miedos y las angustias que provoca el encuentro de los sexos está la clave de lo íntimo de lo humano. Nada gira sino por esas grandes interrogantes sobre la sexualidad, como lo hace ver en su memorable El lamento de Portnoy, donde escribe: “¡si mi padre hubiera sido mi madre! ¡Y mi madre mi padre! ¡Pero qué mezcla de sexos es nuestra casa!” O más adelante: “por la casa yo veía menos el aparato sexual de mi padre que las zonas erógenas de mi madre”. Lo sexual siempre presente como ocurre en esa secuencia de escenas de Sale el espectro donde el protagonista (quizá él mismo) se descubre amando a una joven y novel escritora justo cuando él ha decidido retirarse de la vida mundana y, desde luego, de todo escarceo sexual, retirándose a vivir en las montañas. Los agravamientos de una enfermedad que le produce incontinencia urinaria lo hace regresar a New York y enfrentar todo aquellos que había abandonado, incluyendo lo sexual. La familia, lo judío y lo sexual son los temas recurrentes en nuestro autor.
Philip Roth crea un personaje, Nathan Zuckerman, alter ego que le permite mal disimular el carácter autobiográfico de sus obras. A él, a este alter ego, le hace saber que su vida toda estuvo dedicada a socavar la experiencia, embellecerla y ensancharla. Y así lo hizo hasta 2012, cuando decidió retirarse de la escritura, ya enfermo y con una salud muy deteriorara.
El mundo académico y el mundillo de la literatura, con su glamour y sus narcisismos, también fueron mundos visitados por Roth. Sin embargo, más tarde salía huyendo de todo lo artificial y superfluo que resultan estos ambientes. Fue precisamente en una estancia académica como profesor en Chicago donde conoció al novelista y premio Nobel Saul Bellow (quizá su gran inspiración para abordar la cuestión de la cotidianidad judía y sus problemáticas identitarias en Estados Unidos) y a la que fuera su primera esposa Margaret Martinson.
De entre las muchas novelas de Roth, quizá valga detenerse en Elegía, que se publica en 2006 y es una profunda reflexión sobre la vejez, la enfermedad y la muerte (esas tres condiciones que se le prohibieron conocer al joven Buda). El recorrido nos lleva por la humillación, la degradación moral y física que vive un cuerpo que envejece en una sociedad que no tolera la vejez, que la arrincona hasta convertirla en un estorbo. Ahí nos va decir que la vejez no es una batalla, es una masacre. No es desde luego la única novela donde aborda estos tópicos, sin embargo, como en pocas, en Elegía se nos muestra eso que la vox populi dice que ocurre ante la inminencia de la muerte: el recuento de una vida. Una a una se van sucediendo las escenas: la silueta de un ahogado, la estancia en un hospital, la desaparición de sus padres y después la sucesiva muerte de sus contemporáneos. En esta novela el tono es distinto: no hay ironía, no hay lamento, hay una distancia emocional de quien sabe que el curso de la vida es así de simple, y así de fuerte. Se considera ésta como la obra de despedida de Roth (aunque su última novela fue Némesis) con esa serena calma de haber vivido doblemente, es decir, con la serenidad de quien ha vivido (fue el escritor más premiado de Estados Unidos) y también ha sabido narrar su vida.








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