Ángeles Nolasco Cano
Me levanté muy temprano, acción nada difícil para un hombre de mi edad, tan solo 50 años, y la motivación de que hoy será el gran día que por mucho tiempo esperé. En mi bolsillo derecho guardé con cuidado y esperanza la información que abrirá el camino hacia la meta deseada.
Con media hora de anticipación me presenté en las oficinas. Durante el recorrido repasé varias veces el discurso que usaría y poniendo atención sobre todo en la brevedad solicitada, pues el tiempo del que dispondría sería limitado.
–Permítame usted, tomaré su temperatura y mediré su carga viral– dijo amablemente la guardia de la entrada.
Tan solo un clic, el parpadeo de la luz roja y ¡listo!
–Pase usted––sonrió y, con un ademán, me invitó a pasar.
El mismo procedimiento con la persona que estaba atrás de mí, el siguiente y el siguiente, y así con quienes integraban una fila interminable para entrar al lugar.
Sólo me detuve un instante para mirar y observar la rutina de la guardia y la disposición de los visitantes. Una alarma suena de vez en cuando como indicación de que algunas de las personas no pueden ingresar. Dejé de mirar y seguí caminando, leyendo los letreros que indican las diferentes rutas que orientan a los visitantes hacia el departamento deseado.
Después de subir varias escaleras y caminar por algunos pasillos, me detuve frente a una puerta luminosa. Al lado de ésta, un letrero decía: “Área de Comunicación Científica”. Cuando el sensor detectó mi presencia una voz se dirigió a mí:
–Bienvenido. ¿Cuál es su asunto?
Me acerqué ligeramente al lugar de donde provenía la voz y, tratando de dominar los terribles nervios que hacían que mis piernas se doblaran a cada paso, respondí tratando de imitar la amabilidad expresada.
-Buenos días, tengo cita con la Doctora.
–Permita usted–– contestó nuevamente la voz amable. Entonces aparecieron dos manos robóticas, no tengo idea de dónde pues fue tan rápido el movimiento.
-Gracias, he tomado su temperatura y medido su carga viral. En un momento podrá usted pasar. La Doctora llegará en seguida.
Las luces que formaban la puerta se apagaron. Avancé hacía el fondo de la habitación, allí se encontraba un escritorio de cristal. La verdad, en ese lugar no se veía nada, todo era transparente. En alguna otra época podría darte la ilusión de no haber objeto alguno, de estar al aire libre.
Avancé unos pasos y me asomé para ver si detrás de ese escritorio había alguien, y que, al igual que con las manos robóticas de la entrada, no vi aparecer, pero no, no había nadie. Un ruido rápido y del piso, aparentemente de cristal, apareció la Doctora, vestida con su tradicional bata blanca. Me miró con una amplia sonrisa en sus labios, se levantó, caminó hacia mí y se paró enfrente. De su bolsillo sacó un pequeño aparato y amablemente me dijo:
–Permítame usted– nuevamente mis oídos escucharon el clic y mis ojos percibieron la luz roja.
–Tomé su temperatura y medí su carga viral. Ya sabe es parte del protocolo de prevención y seguridad.
–Oh, eso está muy bien.
–Pero sea usted tan gentil en sentarse y decirme a qué debo el placer de su visita.
Recorrí con la mirada el lugar, pero no logré ubicar en dónde podría sentarme. Avancé hacia el escritorio y como ráfaga de viento atrás de mí surgió del piso una silla.
–Y bien, dígame, ¿qué asunto lo trae por aquí? –me dijo la Doctora con esa sonrisa que al parecer traía tatuada en el rostro.
–Pues mire usted, desde hace tiempo soy divulgador científico.
–¡Excelente! –exclamó la Doctora interrumpiendo mi presentación– ¡Tan noble e importante actividad! Lo felicito.
–Gracias, Doctora ––sonrojado, proseguí explicando el motivo de mi visita–. Como decía, Doctora, me dedico a ello desde hace poco más de 30 años. Desde que todo inició, me interesó unirme al grupo de personas comprometidas con la actividad, preocupadas por el daño que estaba causando la desinformación, las creencias que incidían en los comportamientos y, pues, quise trabajar en ser una fuente confiable e importante de comunicación para la gente de todos los lugares del mundo.
–¡Muy acertada decisión! –volvió a interrumpir la Doctora––. Permítame usted dar mi reconocimiento. Gracias a esa labor tan intensa de divulgación científica que se hizo, el mundo no colapsó estando a un mínimo de hacerlo ante los acontecimientos desconocidos que fueron presentándose. Primero la pandemia de Covid-19, que fue el detonador de la realidad que ahora nos aqueja y que nos hace seguir protocolos tan minuciosos en nuestra vida diaria, hasta la amenaza de desintegración total de nuestro organismo por cargas virales que aceleran su proceso ante las altas temperaturas corporales humanas –El tono de su voz cambió–. Ha sido muy difícil todo esto. Sobre todo porque nos hemos enfrentado a retos inimaginables desde 2020 hasta hoy, y mire que han pasado ya 30 años.
–Han sigo tiempos difíciles ––comenté acertadamente ante las palabras de la Doctora.
Al mirarla emitir su comentario me dio la impresión de que la sonrisa tatuada se desdibujaba del rostro, pasando a ser una mueca de tristeza y desilusión.
–Muy difíciles –recalcó–. Lo importante es que se han dado grandes avances, sobre todo con la población civil. Da gusto el gran sentido de responsabilidad que ahora tiene y permítame usted hacer un reconocimiento a su actividad, que contribuyó mucho en ello.
Sonrojándome nuevamente, agradecí el cumplido.
––Es usted muy amable. Ha sido una labor conjunta: ustedes investigando, descubriendo y proponiendo soluciones ante cada acontecimiento presentado y que ha hecho que aún sigamos de pie en el planeta… Claro, con una nueva forma de vida, algo distinta a lo que era hace 30 años.
–Permítame usted mencionar nuevamente –insistió la Doctora– que en el seguir vivos tienen mucho mérito ustedes. Llegar a la gente y transmitir la necesidad de aceptar los cambio no fue nada fácil. Aún recuerdo lo complicado que fue lograr que la gente creyera, después que fuera incorporando a su vida diaria ciertas acciones tan simples como lavarse las manos, después ponerse el cubre-boca, entre otras. Ahora ya todos lo hacen y las nuevas generaciones lo han aprendido como parte importante de su formación para la sobrevivencia. Ya nadie se sorprende ante un aparato digital que emita rayos o luces y que con tan solo un clic podamos saber su estado de salud y, si se diera el caso de presentar alguna situación sospechosa de carga viral en su organismo, la atención sea más que inmediata.
Con esas últimas palabras la sonrisa regresó a la Doctora, quien suspiró profundamente, quedó pensativa unos instantes y amablemente prosiguió:
–Permítame usted regresar y preguntar el motivo de su visita. Le ruego me disculpe todo este discurso, pero me emociona mucho el tema. Usted sabe lo que ha costado y a todo lo que nos hemos enfrentado. Pocas veces puedo hablar con tranquilidad, siempre hay que estar muy acelerados atendiendo las alarmas que suenan ante las emergencias, experimentando a marchas forzadas para crear nuevos medicamentos, vacunas o tecnología que nos permitan atender la aparición de nuevos virus, además de mantener informada a la población de lo nuevo que se presenta y amenaza al ser humano.
En sus ojos identifiqué nuevamente un eco de nostalgia, pero a la vez sentí la emoción de sus palabras al hablar de toda la labor que realizaba, si bien exhaustiva, muy interesante. Me miró. Pude percibir interés o curiosidad por mi presencia y el asunto que me había llevado hasta ahí. Eso me dio el valor para hablarle de aquello que me llevaba a su presencia. Apreté con fuerza el pequeño objeto que descansaba en mi bolsillo derecho y respiré.
Entonces, con voz amable, muy parecida a la suya y tratando de imitar su gran sonrisa, comenté:
–No hay problema, Doctora, para mí también es satisfactorio poder recordar todo lo que se ha vivido en estos 30 años y sobre todo me motiva a continuar y contribuir aún más con mi labor. Ése es el motivo que me trae ante usted el día de hoy…
Nuevamente suspiré. Quería que las siguientes palabras fueran convincentes. En ese momento una luz roja iluminó el lugar y la alarma sonó estrepitosamente, sobresaltando a la Doctora, quien dejó su silla y con su gran sonrisa me dijo:
–Una emergencia, usted entiende… Permítame usted, debo retirarme.
Y sin decir más desapareció… Me desvanecí en la silla y suspirando susurré: Le permito a usted, al tiempo que apreté el dispositivo guardado en mi bolsillo derecho, donde llevaba mi currículum vitae.
- G.









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