Antonio Bello Quiroz
En un muy rico libro que lleva como título La maldición del sexo, la autora Colette Soler, retomando una expresión de Jacques Lacan, coloca en primer plano la evidencia de que en nuestra sociedad contemporánea algo en lo sexual no marcha. Efectivamente, como ya lo adelantaba Freud, la sexualidad en nuestros días revela su condición de moverse en aguas pantanosas en tanto que, ahora desde el discurso de la ciencia, se ponen en cuestión los principios de su organización.
La sexualidad y la reproducción eran, en el antiguo régimen, organizados por el discurso de la religión. Se trata de una visión creacionista que la ciencia vendrá a cuestionar. Con el empoderamiento del discurso de la ciencia como organizador del orden social los designios metafísicos se cuestionan y se construye el supuesto de que la sexualidad humana se organiza en torno a la biología o la anatomía. Se debate, por ejemplo, si se nace o se hace homosexual o transexual, etcétera. Si hay o no cerebro hembra o macho. Así, el debate se ubica entre quienes defienden la supuesta naturalidad de lo sexual y quienes apelan a los fundamentos científicos para reivindicar una supuesta libertad de elección sexual.
Hay un tercer discurso que no se hace escuchar en los medios, ya sea por ignorancia o bien por someterlo a un “sospechoso silencio” incluso desde los ámbitos ilustrados de la academia. Se trata del psicoanálisis que viene a descentrar la organización sexual de los principios biológicos (fisiológicos, genéticos, etc.) y del naturalismo religioso para leer el proceso de sexuación organizado por el significante: la sexualidad, como todo en la condición humana, está organizada a partir de la estructura del lenguaje.
Como hemos señalado en nuestra anterior entrega, con respecto a la sexualidad y a sus efectos en la vida civilizada, Freud se ha adelantado y señalado descubrimientos que la ciencia moderna nos presenta como novedades. Por ejemplo, el psicoanálisis ha señalado como esencial, desde Freud con El malestar en la cultura, el trastorno de la relación entre los sexos, en el nivel del amor, que hoy vivimos. La perturbación sexual (amorosa) es casi inevitable, sentenciaba el maestro vienés desde 1930. La perturbación amorosa no es una cuestión de los enfermos, está presente en todos los casos: en lo sexual hay algo desfasado, desencajado, entre el amor del hombre y el de la mujer.
Las redes sociales se han encendido ante la participación de mujeres transexuales en concursos de belleza. Más allá de las argumentaciones, el “debate” mediático pone en cuestión la pregunta que tanto interrogó a Freud, interrogación que por cierto dejó abierta pero orientada: ¿qué es una mujer? Obviamente se leen/escuchan en las redes sociales las voces que defienden la pretendida “naturaleza” sexual para censurar que alguien que biológicamente no nació mujer pueda concursar en un certamen de belleza femenina. En esa nueva arena de debate que son las redes sociales (que con frecuencia operan como tribunal sumario) pone en evidencia por lo menos dos cuestiones: por un lado, nos muestra que vivimos una época donde la diversidad sexual, y en particular la transexualidad (de la mano de los avances de la tecnología científica médica que abre la posibilidad de la reasignación sexual), ha tomado fuerte visibilidad en la sociedad, generando en algunos países y estados diversas acciones legales que buscan incorporar en el marco jurídico de existencia plena de derechos de los sujetos transexuales, lo mismo para ser nombrados y reconocidos según la identidad de género que asuman. Por otro lado, también en las redes sociales se hacen evidentes los fuertes prejuicios que prevalecen en torno a la sexualidad diversa. Discursos que generan francas acciones de rechazo y discriminación para quienes no se ciñen a una pretendida sexualidad heteronormativa que es promovida como “normal” o natural. Se pueden leer y ver verdaderas acciones de homofobia que incluso conducen a la agresión y el crimen. En definitiva, la transexualidad, como la sexualidad toda pone en cuestión a hombres y mujeres.
La transexualidad en el manual de clasificación psiquiátrica conocido como DSM IV, correspondiente al CIE 10, es definida de varias maneras: como un trastorno de la identidad sexual, pero también es denominado trastorno de la identidad de género o síndrome de disforia de género.
El debate no es nuevo, como se quiere hacer ver: ¿el cerebro es masculino o hay un cerebro femenino? —por ejemplo— se encuentra ya en el centro de la discusión entre Freud y quien era el más relevante investigador de lo sexual en su época, Krafft-Ebing. Freud termina por señalar lo ocioso e injustificado que resulta sustituir el problema psicológico por el anatómico. Las diferencias, los litorales sexuales, no se dividen de modo orgánico o natural: la diferencia es una cuestión que se trama en el lenguaje (no confundir lenguaje con modo de hablar o habla genérica), la diferencia opera no en lo real sino en la significación, la diferencia sexual no pasa por lo anatómico sino por el significante, es una cuestión de lenguaje.
La condición transexual pone en evidencia la descentralización de lo sexual de lo genital o de la construcción o representación social. El transexual tiene la plena convicción de haber nacido con un cuerpo o anatomía equivocada; no hay reconocimiento de su sexo por su anatomía. El sexo biológico y el reconocimiento subjetivo de la sexualidad son asimétricos, esto si se considera que el cuerpo no es un dato primario del sujeto: no se nace con un cuerpo, el cuerpo es una construcción de la realidad.
Si algo se presenta contrariado en la transexualidad es el vínculo con la imagen del cuerpo. Aunque ésa es una característica propia del sujeto, en la transexualidad esa discordancia fundamental con el cuerpo se centra en lo sexual. Aunque con frecuencia se asocia la transformación del cuerpo o reasignación de sexo con la psicosis, en la realidad la transexualidad con sus variantes puede presentarse en cualquiera de las conocidas como estructuras clínicas: neurosis, psicosis y perversión. El sujeto ante la des-estructura fundamental del cuerpo responde de diversas maneras; lo mismo ocurre con respecto a lo sexual: se responde, por ejemplo, con un síntoma, como podríamos pensar en el síntoma neurótico, como respuesta a la fantasía sexual reprimida. O bien se puede responder con síntomas delirantes en torno al cuerpo, donde el “cuerpo equivocado” se repara en lo imaginario o en la intervención en lo real del cuerpo, como podría pensarse en la psicosis. También, por último, se responde con un saber sobre el goce sexual, como ocurre en la estructura de la perversión.








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