Mariela Arrazola Bonilla
Últimamente en varios programas académicos se ha integrado al plan de competencias curriculares la habilidad de “pensar como artista”, que consiste en que, al parecer, los buenos artistas investigan mucho sobre lo que les interesa, toman nota sobre lo que indagan y conversan sobre sus hallazgos con sus colegas antes de presentar una pieza. Estos tres pasos que algunos sugieren son inherentes a la creación y que se relacionan con la pasión por la investigación están siendo emulados del arte y trasladados a disciplinas como el diseño, las tecnologías y la mercadotecnia.
Sin duda llama la atención que otras áreas disciplinares empiecen a reconocer que hay algo que aprenderle al arte, pero más notable es la noción de artista que permea hoy día. Esta concepción que insiste en que los artistas piensan de manera diferente al resto de los seres mortales, cuando, el gran cambio en la manera de hacer arte de nuestra era, epitomizado por Andy Warhol, más bien da cuenta de un artista que dejó de pensar diferente y empezó a pensar como todos: el arte como una mercancía más dentro del sistema capitalista.
Efectivamente, no puede ignorarse que la sociedad occidental ha visto en la innovación uno de los principales valores o cualidades que deben tener las grandes obras de arte. Principalmente, la primera mitad del siglo XX, representada por la gran cantidad de ismos o relatos sobre lo que debía ser el arte, nos acostumbró a lo nuevo, al ir más allá de lo antes hecho. La reciente y popular frase think outside the box muy socorrida y exigida hoy día a los estudiantes y profesionistas de diseño, tecnología y mercadotecnia, no es otra cosa que lo que Duchamp hizo al presentar Fuente, el urinario: salir de los esquemas tradicionales del arte.

Marcel Duchamp.
Sin embargo, la radicalidad o innovación artística no ha sido siempre un valor del arte. Y aun cuando la época histórica exigía al artista innovación, para que ésta fuera vista como una aportación valiosa al área pasaban muchos años. Si no pregúntele usted a Van Gogh y le dirá que pasaron más de 50 años después de su muerte para que finalmente el público entendiera y apreciara su obra, y le dirá, además, que pasaron 100 años después de su muerte para alcanzar el estatus de rey de las subastas del arte. Luego entonces, no se puede generalizar ni extender el pensamiento innovador del artista más allá de ciertos confines históricos.

Vincent van Gogh, Autorretrato.
En el libro The Science of Human Innovation: Explaining Creativity R. Keith Sawyer nos recuerda cómo ni la noción de artista ni la de creatividad que hoy tenemos son ideas universales. De hecho, la tesis de su libro sugiere que las creencias y concepciones del artista derivan, más bien, del modelo de creatividad de la cultura occidental. La palabra creatividad apareció por primera vez en los diccionarios de la lengua inglesa después de la Segunda Guerra Mundial (Sawyer), y la noción de artista como genio que trabaja en aislamiento es más bien fruto de un cambio en el sistema del arte: la transición del mecenazgo al mercado moderno del arte a comienzos del siglo XIX. Como Sawyer, otros pensadores han ahondado bastante en el tema; no obstante, se tiende a creer que son conceptos universales.
El caso es que los modelos educativos basados en competencias y los nuevos profetas de la enseñanza que abundan en Ted Talks idealizan ciertas habilidades y pretenden transmitirlas para ser emuladas. Ignoran o al menos omiten todo el proceso por el cual el artista pasó de ser un artesano dentro de un taller donde obedecía, a un genio incomprendido y de ahí a un emprendedor tipo Warhol. En una época donde la industria y el marketing están urgidos de innovación los pedagogos del sistema parecen haber hallado la receta para la creatividad: pensar como artista.
En la vida real los que trabajamos con artistas sabemos que el artista no siempre es un genio y, sobre todo, sabemos que no trabaja solo. La creación del artista llega al púbico por un largo proceso de mediación institucional. Empieza desde el que le vende los insumos al artista, el que le enmarca la pintura, o el herrero que le hace la pieza en su taller, el que toma la foto para el catálogo, el que hace promoción, la gente del espacio que lo exhibe, el reportero que va a dar cuenta de su expo y así, un entramado mucho más complejo que sin duda no resulta tan glamuroso de concebir como la idea del genio que trabaja en aislamiento.
A manera de conclusión, sobre las habilidades que otorgamos a los artistas, sin duda algo hay de cierto en que algunos se obsesionan con llegar a fondo de un tema, lo escudriñan y luego crean. Pero no todos: también hay muchos, y son los más, artistas que no pueden decirle a uno por qué hacen lo que hacen o que terminan copiando lo que ya antes se ha hecho.
Es falso creer que un individuo tan sólo por hacerse llamar artista va a ser creativo e innovador; ésta es in duda una trivialización de los conceptos de innovación y creatividad emprendida por campos como el diseño, la mercadotecnia, que quieren resultados rápidos. A fin de cuentas, de la misma forma en que de una generación de artistas, uno se salió de la caja, como Duchamp, en otras áreas puede esperarse la misma proporción.
Twitter @MarielaArrazola









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