Antoine de Rivarol
Los hombres siempre tomarán por amigos a los enemigos de sus enemigos.
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Los propios medios que vuelven a un hombre apto para hacer fortuna le impiden gozar de ésta.
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La incredulidad es un lujo terrible.
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La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras.
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Sé que no ganamos nada con probar a los que se han equivocado que no nos hemos equivocado como ellos.
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Un hombre se vuelve importante y, de pronto, las personas se convierten en yedra porque él se convirtió en roble.
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Pasamos la mitad de la vida memorizando sin comprender, y la otra mitad comprendiendo sin memorizar.
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Al avaro le falta lo que posee tanto como lo que no posee.
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La felicidad de los grandes se halla en nosotros y no en ellos.
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El comercio acorta los espacios y el crédito acorta el tiempo.
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Quien sólo tiene un deseo y una opinión es un hombre de carácter.
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El oro, semejante al sol que funde la cera y endurece el barro, expande las almas buenas y encoge las malas.
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En moral perecemos a través de crímenes, y en política, a través de errores.
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¿Qué hacer entre los malintencionados que hablan mal y tontamente de lo que no están seguros y los amigos que callan prudentemente el bien que saben?
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Un hombre mediocre que toma las cosas con calma puede, con destreza y paciencia, desempeñar un papel y hacer que se hable de él.
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Hay que matar el orgullo sin herirlo, pues si lo herimos no muere.
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Exigimos grandes detalles sólo en lo que nos concierne y nos halaga; lo demás carece para nosotros de interés.
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El incrédulo se equivoca acerca de la otra vida; el creyente se equivoca acerca de ésta.
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En cada amigo hay la mitad de un traidor.
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Observemos cómo entre los antiguos existía religión sin que hubiese clero, y cómo entre los pueblos modernos resulta lo contrario. Cuando todo individuo es sacerdote, en su casa hay altares.
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No sólo el Dios de los hombres es un hombre, sino el Dios de los judíos es judío, el del Japón es japonés, etc.
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He observado que a los hombres les falta corazón, y en esto son más numerosos de lo que uno cree; todos pecan de exceso de amor propio, de cierta pobreza de espíritu, ya que el corazón todo lo rectifica en el hombre.
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La distracción tiende a una gran pasión o a una gran insensibilidad.
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Hay personas tan inseguras, tan indiferentes a sus juicios y, además, obstinadas, que, dudando de su propia honestidad, acaban dudando de la ajena.
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A la modestia le conviene muy poco la oscuridad.
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Hay desdichas que son como vicios de los que nos ruborizamos menos mientras más los compartimos con la gente.
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La más terrible de nuestras pasiones es el miedo, porque se dirige en principio contra la razón; paraliza el corazón y la inteligencia.
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No mientas nunca a alguien en quien deseas tener confianza. Desde que le digas la primera mentira, te costará mucho creerle.
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El infortunio de tener un padre humilde puede dañar más de lo que el amor filial puede honrar.
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Nuestros defectos deberían proporcionamos una cualidad: la indulgencia con los defectos de los demás.
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La memoria está siempre a las órdenes del corazón.
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El silencio nunca ha traicionado a nadie.









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