María Guadalupe Barradas Guevara
La presente reflexión nació de la lectura de un artículo publicado en el periódico La Razón de México titulado “Dan clases en inglés para aprender a hacer la guerra santa. Ejército islámico abre escuela para enseñar a niños extranjeros a combatir” y, además, de la prolongada observación de una fotografía —publicada por la página web del llamado Comité Central Israelita del Uruguay— en la que aparecen seis niños, cada uno con un pañuelo negro en la frente que contiene las siguientes leyendas: “No hay más Dios que Alá” y “Los niños estarán algún día a la vanguardia para luchar contra los infieles”.
Atendiendo lo anterior, me pregunté: ¿Qué tipo de “pedagogía” se utiliza para enseñar a los niños a combatir? ¿Esas organizaciones terroristas educan, instruyen o capacitan?
Recordemos a Fernando Savater: la escuela ¿ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo crítica y disidente o la cohesión social? ¿Debe desarrollar la originalidad del grupo? ¿Atenderá la eficacia práctica o apostará por el riesgo creador? ¿Reproducirá el orden existente o instruirá a los rebeldes que pueden revocarlo? ¿Mantendrá una escrupulosa neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas, sexuales y otras formas de vida (drogas, televisión, polimorfismo estético) o se decantará por lo preferible y propondrá modelos de excelencia?
Además de estos cuestionamientos existen otros que me conducen a una situación de desconcierto respecto a la función de la educación: ¿Educar para quién?; ¿Existe otra pedagogía, además de la que promueve en los niños el bien, la humanización y la búsqueda de la perfección?; ¿Existe una pedagogía del mal y de la deshumanización que produzca muerte en nombre de ciertas ideas?
Etimológicamente hablando, el concepto pedagogía remite al griego παιδιον (paidos-niño) y γωγος (gogos-conducir). En sentido estricto, los pedagogos eran los esclavos encargados de conducir o llevar a los niños a sus clases y de vigilar el proceso de su educación en función del Estado. En este sentido, los docentes de hoy seguimos ejerciendo las funciones de los pedagogos griegos: estamos a cargo del desarrollo de los jóvenes dentro del marco del “bien social”.
Si bien es cierto que el concepto pedagogía puede tener distintas denotaciones a través de la historia, también ha tenido varias connotaciones que han sido utilizadas a través del tiempo dependiendo de la cultura o necesidades sociales del momento. Por ejemplo, en su Paideia, Jaeger nos presenta los ideales de la educación de la cultura griega, entendidos como la transmisión de valores para el saber ser y el saber:
“Para Platón la educación no trata de una simple estación de tránsito en la evolución del hombre en la que se desarrollan determinadas dotes de su espíritu, sino que tiene una importancia mucho mayor, pues expresa el perfeccionamiento del hombre en general, conforme al destino de su propia naturaleza.”
Jaeger nos dice que para Platón la filosofía del poder está basada en la violencia: observa en la naturaleza y en la vida del hombre lucha y opresión y de esta manera justifica la violencia.
Pero, por otra parte, cuando se habla de Filosofía de la educación, nos remitimos al concepto clásico de kalokagathía. Es decir, definimos por oposición a la injusticia y a la maldad. Concebida con un sentido esencialmente ético, la Filosofía de la educación constituye el verdadero sentido de la naturaleza humana: es el ideal de una personalidad que la que confluyen el bien y la belleza a través de la acción.
De igual forma, Platón en su República, nos presenta el areté entendido como la salud del alma, el estado normal, la verdadera naturaleza del hombre; como el conocimiento de lo bueno: “Aquello cuya parusía hace que los buenos sean buenos”.
Por su parte Sócrates, nos presenta al areté como una misión política, mostrando su preocupación por el desarrollo de una virtud cívica, como se observa a continuación:
Jenofonte nos informa que Sócrates discutía con sus discípulos cuestiones de técnica política de todas clases: la diferencia entre los tipos de constituciones, la formación de instituciones y leyes políticas, los objetivos de la actividad de un estadista y la mejor preparación para ella, el valor de la concordia política y el ideal de la legalidad como la más alta virtud del ciudadano.
Como se puede observar, la educación para los griegos remite a una pedagogía que busca la perfección del hombre en concordancia con el Estado. Se habla de justicia, de virtudes morales e intelectuales que llevan al hombre a su propia autorrealización, a su propio saber.
En contraste con los planteamientos anteriores y después de conocer los materiales informativos descritos al principio de esta comunicación, propongo el término Pedagogía maldita para conceptualizar ciertos fenómenos sociales. Propongo el término Pedagogía maldita como la variedad de instrucción que transgrede ciertos valores éticos y que a través de cierto aleccionamiento pretende, mediante una práctica y un discurso autárquico, alcanzar un determinado estado de cosas. Propongo el término Pedagogía Maldita para reflexionar sobre la deshumanización del hombre, propiciada ésta por la irracionalidad y la codicia de ciertos grupos políticos, religiosos, criminales, sociales o empresariales.
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* Este escrito es un fragmento de la tercera parte del libro Prosas educativas (BUAP, 2016), presentado en la XXX Feria del Libro de la BUAP el pasado 20 de marzo del 2017.









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