Antonio Bello Quiroz
A lo que ustedes aspiran como revolucionarios,
es a un amo. Lo tendrán. Jacques Lacan*
El día de hoy, 18 de septiembre de 2018, mientras escribo esta colaboración me entero de que ha muerto Paul Virilio, arquitecto urbanista y filósofo autodidacta francés. Su lectura del mundo y de la realidad ha sido sin coartadas, cruda, directa. Hay quienes dicen que resulta incluso pesimista; él dice racional. Con sus análisis desenmascara la idealización del progreso e introduce un par de significantes, los de velocidad y aceleración del mundo, para pensar la emergencia de las sociedades contemporáneas.
Paul Virilio, nacido en 1932, vivió de cerca la destrucción de la Segunda Guerra, con un padre comunista y una madre católica. En la Nantes de su infancia, en medio de la ciudad sangrante escribía un diario con sus recuerdos de guerra. Conoció de cerca la fragilidad de la ciudad y el poder destructivo de la técnica. En una entrevista con Philippe Petit, titulada El cibermundo, la política de lo peor, señala que para saciar su deseo de justicia entró en la posguerra como refractario. Desde muy joven, al comparar el vuelo del ave y del avión, por ejemplo, empieza a gestar sus reflexiones sobre la noción de velocidad, que es vista como una paulatina instalación de la tiranía del tiempo real. Aunque tiene formación como arquitecto urbanista, sus intereses fueron muy diversos: la pintura, el cine, el arte militar o la fotografía. Fue director de la Escuela Superior de Arquitectura de París y fundó, con Felix Guattari, Radio Tomate en 1979. Desde hace 20 años venía escribiendo una obra crítica y consistente sobre la revolución tecnológica que vivimos. Sus preocupaciones intelectuales profundizaron en el análisis de los efectos culturales de la aceleración del tiempo en el mundo y la anhelada e ilusoria democracia virtual. Su interés apuntó a dejar al descubierto la cara oculta del progreso.
Antes de conocer la noticia de la muerte del filósofo de lo social, mi intención era realizar un brevísimo recorrido por la posición de Jacques Lacan con respecto a los movimientos relacionados con el Mayo del 68 en Francia. Quizá se pueda intentar establecer un vínculo con los planteamientos de Virilio. Veamos.
Jacques Lacan sentenciaba que lo que se tiene es lo que se busca: no hay inocencia. En realidad la vox populi ya lo sabía al decir: “cada quien tiene el gobierno que se merece”. Virilio también pensaba que nos construimos el futuro que merecemos; hay una tendencia entrópica. Ambos pensadores franceses no hacen sino señalar lo evidente: cada sociedad tiene el amo que se merece, aunque sería mejor decir: el amo que se da. Dicho de otra manera: los semblantes del Amo son una construcción de cada época.
Estamos a menos de un mes de conmemorar el 50 aniversario del movimiento del 68, el Mayo en Francia y la matanza del 2 de octubre en México. Muchas aristas de lectura tiene ese movimiento revolucionario y muchas han sido sus consecuencias: ideológicas, culturales, legales, sociales, económicas, etcétera.
Resulta sumamente controversial la frase que el psicoanalista menciona frente a una propuesta estudiantil en Vincennes en el 69, y que nos sirve de epígrafe, en el sentido de que veía en el movimiento revolucionario, en el 68 y en otros, la búsqueda de un nuevo amo; incluso el ideal de pureza ideológica está inspirado por este anhelo de lo Absoluto, como señala George Steiner. Ante esta aseveración cabría plantear dos cuestionamientos: ¿Qué tipo de Amo se engendró a partir de los movimientos del 68? O mejor aún ¿Qué nos dejó el movimiento del 68?
Sin duda se trata de un movimiento de inflexión en la composición social del país e incluso del mundo; le inyectaron un dinamismo que muestra su fuerza hasta nuestros días en las formas en que se dan las relaciones de poder. Pero también nos deja una fase del capitalismo llamada salvaje, que instaura al consumo como amo absoluto.
En este sentido, para Paul Virilio el progreso, con su culto a la velocidad, tiene un reverso oscuro, catastrófico. Para este pensador francés de la aceleración de la historia impulsada por un dogma al tiempo real, la estética CNN le llama, donde los acontecimientos se acumulan pero no dejan rastro. Para Virilio el río de la historia que todos compartimos está marcado por tres imágenes esenciales que han operado como aceleradores del mundo: la bomba atómica, la masacre de Tiananmen y el vacío dejado por las torres gemelas del World Trade Center. Bien podríamos incluir por nuestra cuenta como aceleradores del mundo en el siglo XX a la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y los movimientos del 68. Además, para completar el caldo de cultivo de nuestro tiempo, a esta lectura de Virilio sobre la aceleración del mundo también le podemos incluir otro fenómeno que la sociología ha visto de cerca: un proceso de feminización del mundo.
Para Virilio las nuevas tecnologías son portadoras de un cierto tipo de accidente, y un accidente que ya no es local o está puntualmente situado, sino que se trata de un accidente general y que afecta de inmediato a la totalidad del mundo. Señala que “la puesta en práctica del tiempo real para las nuevas tecnologías es, se quiera o no, la puesta en práctica de un tiempo sin relación con el tiempo histórico, es decir, un tiempo mundial. El tiempo real es un tiempo mundial”. Se trata de un tiempo mundial y ambivalente, se trata de un acontecimiento positivo, y al mismo tiempo un acontecimiento cargado de potencialidades destructivas y devastadoras de carácter universal.
A partir de la propuesta de lectura del mundo sostenida por este filósofo alejado de las escuelas tradicionales de la filosofía, podríamos pensar las cuestiones arriba planteadas, a saber: ¿Qué nos dejaron los movimientos del 68? Sin duda, nuevos amos, como proponía Lacan. Es cierto, a partir del 68 un lado humano de lo social se empezó a escuchar con más fuerza, los ideales de los derechos humanos, los derechos de los niños, niñas y adolescentes cobraron relevancia. Cierta ganancia de libertad de expresión se ha alcanzado a partir de estos movimientos revolucionarios.
Sin embargo, y para seguir a Virilio, estos progresos han traído sus adversos, sus lados oscuros: se ha erigido como amo un capitalismo salvaje que cada vez se muestra más cruel y hace más evidente su rostro devorador y caníbal; se trata de la instauración del monstro del consumo.
Lacan, con respecto al Mayo del 68 no toma ni una posición apolítica ni contemplativa. Varios hechos lo constatan: firmó, junto con Sartre entre otros intelectuales, una carta de apoyo al movimiento estudiantil que se publicó el 10 de mayo de 1968. También, por ejemplo, interrumpió su seminario El acto analítico como un gesto de simpatía al movimiento.
Al igual que Paul Virilio, Lacan no se deja llevar por el anhelo innovador y percibe el lado oscuro del movimiento del 68. Se sabe que durante una sesión de su seminario en 1972 un estudiante le interrumpe para reclamar su posición que califica de pasiva y burguesa en torno a las manifestaciones estudiantiles; el psicoanalista responde al auditorio refiriéndose al estudiante demandante: “Tal como decía él, deberíamos participar… bueno ¿qué, exactamente? ¿qué significa la organización sino un nuevo orden? Un nuevo orden es el retorno de algo que, si recuerdan la premisa de que partí, es del orden del discurso del amo”.
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* Palabras respecto a una protesta estudiantil en Vincennes, el 3 de diciembre de 1969.








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