Mariela Arrazola Bonilla
Raymond Williams, pensador asociado al Círculo de Birmingham, marxista durante las décadas de los sesenta y setenta, realizó un análisis histórico de la producción cultural y su relación entre las condiciones materiales e institucionales. En su libro Sociología de la cultura, reflexiona sobre una de las instituciones del arte que ha trascendido en el tiempo y que ha marcado, por ende, las condiciones sociales del artista: el patronazgo.
Williams detecta al menos cuatro formas de patronazgo en la historia occidental. La primera forma, ejemplificada por los poetas de príncipes, se trata de artistas institucionalizados. Además estaban los poetas de la nobleza, vinculados a las familias reales aunque no tan institucionalizados como los primeros. Una segunda forma de patronazgo eran los artistas individuales, profesionales que no pertenecían a la casa real pero eran incentivados a vivir en ella a través de reconocimientos oficiales. Además había una tercera forma de patronazgo en la que el artista no recibía una remuneración económica, sino que se intercambiaba honor entre la realeza y el artista. Por último, una cuarta forma de patronazgo tenía que ver con brindar hospitalidad al artista. En esta estancia además había posibilidad de que el patrón se hiciera de una obra del artista por la que pagaba. O bien e incluso, el patrón ofrecía reputación social y protección y además la obra era ofrecida a un público que paga por ella; por ejemplo, ya estamos hablando de editores de libros. Incluso había patrones que desde el principio establecían que la producción de las obras era como norma para la venta.
Estos tipos de patronazgo se dieron en el transcurso de varios siglos y muchos de ellos siguen vigentes con sus respectivos matices.
Por ejemplo, en nuestra época existe el patrocinio comercial donde las empresas asumen la función de las antiguas cortes y encargan obras para su uso y propiedad, y derivan formas más modernas como la inversión en arte o publicidad prestigiosa a través del apoyo a éste.
Contamos además con el patronazgo público, que es el apoyo a los artistas y las artes a partir de los ingresos obtenidos de los impuestos. Éste mantiene algunas continuidades funcionales y de actitud con las formas anteriores, pero incorpora también algunas definiciones de función bastante nuevas, tales como el mantenimiento deliberado y la expansión de las artes como una cuestión de política pública general. De esta manera, el ente público ha reemplazado a la corte, a la casa familiar o al patrón individual y las relaciones sociales alternativas de un arte ahora públicamente institucionalizado.
Este tipo de patronazgo es el que más nos interesa, porque resulta que los artistas, quizá sin conocer sus implicaciones demandan que buena parte del gasto público en cultura sea destinado a subsidios para ellos, a través de becas para producción, residencias, etcétera.
¿Por qué es problemático el patronazgo público? Primero, por la misma definición de patronazgo. El patrocinio se diferencia del mecenazgo en que quien lo da no lo hace desinteresadamente; no hay un animus donandi, sino que por el contrario busca como retribución la difusión pública de su actividad para obtener un beneficio indirecto a través del rédito publicitario y de imagen. Considere, lector, todos los eventos culturales en los que los políticos son los que figuran como invitados especiales, quienes protagonizan con sus discursos las inauguraciones, quienes se toman la foto para dotarse de prestigio social a través de las artes que subsidian con nuestros impuestos. Pasando tanto el público o contribuyente, como el artista a un segundo plano.
Otra cuestión es que, como menciona Williams, el patrón es el que puede dar o sostener su apoyo, él hace lo que quiere con lo que es suyo y es por este hecho que la definición como patronal de cualquier ente público, que deriva su autoridad y sus recursos de la supuesta voluntad general de la sociedad, sea en el mejor de los casos discutible, y en el peor claramente inaplicable.
Así, cuando la institución gubernamental se convierte en institución cultural, la condición del artista es la de un empleado estatal, en vez de un profesional del mercado autónomo. En algunas ocasiones se corre el riesgo de que los artistas se subordinen completamente a la política general del Estado, sobre todo cuando el gobierno monopoliza los medios de producción cultural a falta de una iniciativa privada sólida. Es decir, se corre el riesgo de que los artistas hagan un arte institucionalizado que pone en riesgo la libertad artística y la creatividad. Si bien el mercado conduce a imperfecciones, el gobierno puede también inducir a distorsiones.
Los políticos utilizan el argumento de que se preocupan por apoyar con fondos públicos la cultura y las artes para ganar votos, pero abusan y caen en una actitud paternalista que no resuelve los problemas estructurales del sector cultural; por el contrario, los perpetúa. Como menciona Rick van der Ploeg: que los artistas sean pobres no es un argumento válido para subsidiarlos, porque entonces habría que dar subsidio a todos los pobres sin importar su ocupación: “la libertad de educarse a uno mismo como artista no obliga al gobierno a subsidiar a orquestas, compañías de teatros, etcétera, para emplear a todos los graduados”.









No Comments