Gerardo Lino
Muchas sombras de los muertos se dedican únicamente a lamer las olas del Leteo, porque proviene de nosotros y tiene todavía el sabor salado de nuestros mares. De asco se resiste entonces el río, su corriente se vuelve hacia atrás y lleva flotando a los muertos de vuelta a la vida. Pero ellos están felices, cantan canciones de gratitud y acarician al indignado.
Antes de saber de quién provienen estas palabras, habría que demorarse en saborear esa imagen de lenguas rozando esas aguas del olvido —el único lugar al que van llegando nuestros muertos, que sabemos de cierto—; dilatarse para mirar el río regresando con náuseas a su fuente, soportando el cantar de los desdichados, que ahora muy quitados de la pena lo acarician.
Después de esta paráfrasis, podemos preguntarnos ante qué objeto hemos estado: ¿es un aforismo, porque así lo nombró su editor?, ¿será una fábula tejida con el mito?, o ¿una parodia a la que se añade ese invento audaz de hacer regresarse, asqueado del sabor de los nostálgicos, al más inexorable de cuantos ríos haya urdido la imaginación, el miedo, la incertidumbre humana?
Puede alguien muy bien aseverar que esas tres oraciones forman un cuento: una situación imprevista, un vuelco al sentido de la realidad, en pocas y precisas palabras. Podría otro dirimir que se trata de una alegoría para postular ciertos pensamientos acerca del absurdo de la existencia puesto al revés —“Pero ellos están felices”!—; del olvido que “proviene de nosotros y tiene todavía el sabor salado de nuestros mares”. Alguno dirá, sin más, que esa cláusula no es otra cosa que un poema.
Para quien no pueda leer sin la seguridad de los nombres, ahí va el autor: Franz Kafka.* Ahora el texto adquiere otro valor ante ciertos ojos. Pero ése no es el asunto a tratar, sino aquello que la serie de preguntas y suposiciones señala: el nombre que le damos a los textos de acuerdo con ciertas condiciones, tales más cuales características, que responden a definidas categorías, que resanan nuestra desvalida necesidad de orden, por la que se han establecido las clasificaciones. Hay lectores que acceden a sus autores con un marbete. “Voy a leer una novela de Álvaro Mutis”, por ejemplo. “Un bel morir no es un poema”, dice. Otro se saca de quicio porque Borges “hacía cuentos que parecen ensayos y poemas que parecen cuentos y ensayos que parecen no sé qué”.
Acostumbran las mentalidades académicas y, si pueden, nos obligan a “pensar” de ese modo: por cajoneras, estantes, compartimentos, cajas, cajoncitos y cajetillas. Si uno ya ha subido la escalera y puede arrojarla —invitación de Wittgenstein para el lector de su Tractatus—, alcanza lo único que nos transporta: el texto, con sus vocablos, su sintaxis, su ritmo en la entreveración de los signos. Ya después de regresar del viaje que nos ha convidado el relato (fui al río del olvido y sabe parecido aquí), podemos considerar cuáles fueron las formas urdidas por el autor para haber provocado la experiencia de esta lectura. Podemos extraer de nuestras bolsas los juicios propios o prestados o de los dos, adjetivos ajados o rechinando de apenas descubiertos, y con eso tramamos una conversación, intercambiamos pareceres, emitimos sentencia. Pero en nuestro fuero interno queda lo más íntimo, aquello que a nadie o a casi nadie podríamos revelar, pero que ha hecho que el tiempo pasado frente a ese libro o esa fisura introducida en la mente valga para adorar el día.
Solemos entonces usar nuestro aparato clasificador; y está bien, tenemos que usar brújulas, puntos de referencia para acercarnos a lo que tal forma guarda: esto es un poema; aquello era un ensayo; esto no es una novela. (Por eso también es falso que el “texto” sea autorreferencial absoluto, que contenga en sí todas las virtualidades de significado e interpretación —ya nada más les faltó inventar que también conlleva su crítica, su refutación, sus laureles y su olvido—; falso: cada lectura nos recuerda otra, nos lleva a otra, nos conecta con cabos pendientes de otros abordajes: cada texto convoca sus ancestros, invoca posibles individuales derivas: como cada palabra nunca es unívoca, así el texto y su lectura evocan su universo dentro de su temporalidad acotada —por tal razón, tampoco pueden ser infinitas las exégesis, aunque cada generación hará su glosa: rescata del olvido lo que bien le parece, lo confronta con lo actual, designa su verdad, y abandona a su suerte lo que no: obras que perdieron su filo a nuestro juicio, que ya no significan nada o “consuenan con lo más espantoso” o que se hundieron por su propio peso; obras por otro lado que siguen diciéndonos con precisión el signo del día o, mejor, que perturban nuestras certezas.)
En todo caso ninguna importancia pueden tener estas disquisiciones, si esa imagen, las líneas que una mano puso, te acompañan en medio del fragor disoluto; ya son parte de tu “patio lleno de luna que nadie ve”.**
Puede visualizarse cuadrado, en ángulo recto, un trapezoide o poligonal; con su piso o con su pasto, quizá con un aljibe a ras del suelo; de muros escuetos, sin ornato alguno, sin ventana y sin puerta incluso; un hueco amplio que miras desde arriba o de pie en su superficie, pero que solo tú ves, y la luna llenándolo del todo, porque hasta la clara sombra viene de su luz. Puedes no estar nunca más en ese espacio real y siempre será tuyo: nadie más lo ve. Allí las construcciones verbales reposan como si acabaran de callar; allí se extiende aquello que tú sabes; allí, lo que no puede decirse. En ese reducto íntimo guardas las figuras —cada una volviéndose ese patio—, recuperas los significados —una luz, esa luz—, puedes volver a pensar. Estando en ese sitio de plenitud puedes intuir el vacío al mismo tiempo que la luz no dice nada. Puedes tener, alguna vez, la tentación de compartirlo con alguien. Entonces acaso desees poner algo por escrito, sacar de su secreto aquella contemplación, aunque no importe que no lo consigas con los primeros trazos o que apenas consigas una mínima alusión: importa el placer del entendimiento, su deseo incluso en la zozobra, la gracia de haber recibido lo inesperado: una inminencia te saca de ese patio, y no puedes evitarlo: escribes.
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* Traductor, Oscar Caeiro, en Aforismos, Franz Kafka, 1979, FCE, México; 1988, FCE y EDITOR Proyectos Editoriales, Buenos Aires.
** Cf. Borges, La moneda de hierro, Emecé.









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