Martín Peregrina
Hic sunt dracones es la frase que empleó un cartógrafo medieval para remarcar los territorios aún no explorados por el hombre —terra ignota o terra incógnita— de la época (grabada en un pequeño globo terráqueo de bronce llamado Hunt-Lenox por sus descubridores, que señala la ahora conocida Costa Este de China).
… “Y ahí hay dragones”. Es decir, seres extraordinarios apenas vislumbrados por los viajeros exploradores, para advertir de posibles riesgos. Advertencia que sabemos fue y sigue siendo inútil ante la curiosidad humana.
¿Qué hay más allá de nuestros límites? ¿Será hermoso? ¿Será peligroso? Tras las interrogantes surge de inmediato la capacidad humana de fabular. Porque lo desconocido, antes de pasar a territorio seguro, siempre será fabuloso, extraño, ambiguo, monstruoso, extraordinario. Fabular es divagar, deformar, como un primer acercamiento a la realidad incomprensible para procesarla, hacerla llamativa, digerible, para no comerla cruda. Imágenes primero mentales, literarias y gráficas luego, en un juego de herramientas retóricas que van conformando emocionantes bocetos de una Otredad que puede alcanzarse y que promete ser vasta en sus diferencias sustanciales y formales.
Así se fue conformando un imaginario signado por espacios inconmensurables de climas y geografías inhóspitas, paraísos de flora y fauna exuberantes, seres nunca antes vistos que pronto conformaron bestiarios fantásticos poblados de dragones, serpientes marinas, rarezas humanas, gigantes, y demás seres de naturaleza híbrida. Tenemos así en el siglo V los textos del médico e historiador griego Ctesias de Cnido, quien recopiló con mucha libertad interpretativa las costumbres y la geografía de la India, a partir de testimonios persas. En el siglo I d.C., la precaria Historia natural de Plinio el Viejo, que tuvo gran peso en el registro posterior de paisajes y seres avistados. En la Edad Media, San Isidoro de Sevilla describe en sus Etimologías una larga lista de curiosos seres, al igual que lo hace Rabano Mauro en su De rerum naturis, ya en el siglo IX. De los siglos XII y XIII destacan las descripciones del Imago mundi de Honorio de Autun, el Libro del Tesoro de Brunetto Latini, y por supuesto el Libro de Maravillas escrito de Marco Polo.
En los siglos XIV y XV las narraciones sobre criaturas y lugares insólitos tomaron un carácter literario más que científico, los llamados mirabilia o libros de maravillas. Entre los más interesantes está Los viajes de Juan de Mandeville.
El refuerzo visual de estas crónicas, relatos y descripciones ocurrió paralelamente, desde los dibujos que sustituían la frase “aquí hay dragones” por seres que los representaban. Esto en los antiguos mapas romanos (siglo XIV) y todo el Renacimiento, mostrando una diversidad de fauna insólita y desproporcionada, y en ocasiones aldeas de humanos con cabezas caninas, como las mencionadas en la Tabula Peutingeriana (siglo V), mapa romano que los señala: Hic cenocephali nascuntur (“aquí nacen humanos con cabeza de perro”). En otros mapas están las primeras descripciones —igualmente deformadas, fabulosas— de elefantes, panteras, venados e hipopótamos.

En el siglo XVIII, con el nacimiento de los enciclopedistas de la naturaleza, surgieron dibujantes e ilustradores de plantas y animales cuyas obras fueron mucho más apegadas a la realidad, aunque presentaban todavía deficiencias morfológicas o escalares que a nuestra mirada actual resultan inocentes, caricaturescos o monstruosos. Esto ocurre con las ilustraciones del conde de Buffon en su Historia Natural o con los propios grabados de Alberto Durero.

Paulatinamente, seres y paisajes fueron integrando de modo importante el repertorio visual de artistas pintores y escultores. Los relatos de exploradores y científicos alentaron la capacidad fabulatoria de nuevos creadores. En la pintura paisajista de los siglos XIX y XX, vemos claros ejemplos de paisajes naturales pero altamente idealizados, paradisiacos. Paisajes sublimados hacia un grado épico o dramático en autores como Thomas Cole, Edwin Church, Caspar David Friedrich o William Turner.

Durante los siglos posteriores, con el descubrimiento de América, los avances en la navegación y las exploraciones el mundo fue perdiendo poco a poco el misterio para la cultura europea. El hombre moderno fue descubriendo y estudiando los seres y fenómenos naturales para adquirir seguridad, dominio o distancia, integrándolos así a territorio —físico y mental— conocido.
Vorágine enciclopedista que nos hace suponer que desde la Ilustración hasta nuestros días ya no queda panorama continental que no haya sido explorado por el ser humano, a excepción quizás del espacio marino.
“Y —parafraseando el famoso minicuento de Augusto Monterroso— cuando despertó, el dinosaurio seguía ahí”, podemos decir que nuestros “dragones siguen ahí”.
Es decir, después de que los espacios continentes y sus seres han sido estudiados, clasificados, domeñados, incluso explotados para “beneficio” humano inmediato, ¿qué ha pasado con el hábito exploratorio-fabulatorio humano una vez satisfecho éste?
El hábito pervive y tal parece es una marca en nuestra especie, pues esa sed por descubrir y revelar lo Otro, lo maravilloso, ha llevado al hombre actual —además de crear tecnológicamente mil nuevos artilugios virtuales y robóticos— también a tocar extremos casi paranoicos, en donde los dragones dan paso a la creencia en sociedades secretas de especies reptilianas, y los humanos híbridos han sido sustituidos por humanoides venidos de más allá de este planeta. Éstos son los casos más visibles expresados por los mass media y la cultura pop.
En el arte, desde el siglo XX este carácter humano se reflejó en la añoranza por los orígenes naturales —territorio tan olvidado que era casi desconocido— quizás debido al avasallante crecimiento industrial. Es así que el pintor Gauguin buscó el Paraíso en Tahiti —y así nos lo presentó, fabulado—. También podemos citar a Picasso y Wilfredo Lam, quienes al abrevar de la plástica africana crearon con su obra una ruptura sin retorno frente a los cánones de belleza occidental, así como a las formas de representación figurativa.
En la actualidad este ánimo fabulador está presente en artistas contemporáneos tales como Miquel Barceló, quien nutre su plástica con sus descubrimientos naturalistas hechos en Mali. Y quizás también en el propio Francisco Toledo, pues no agota su imaginería teniendo como fuente el propio sustrato prehispánico.









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