Pablo Manuel Rojas Aguilar
Exactamente veinte años después de aquella mañana lluviosa en Ginebra, en la que María Kodama sujetara la mano de Borges antes de expirar, mi padre, acaso como su legado último, subió a grandes zancadas los quince escalones de la casa con un paquete de libros; separó del montón el más pequeño y me dijo en tono solemne:
—Si quieres estudiar literatura, lee este libro, ¡para que aprendas, carajo!
Era El libro de Arena.
Aquella noche, no dormí repasando en mi mente la imposibilidad abrumadora del libro. Nunca, desde la tarde tremenda en que leí Pedro Páramo, en los pasillos de la fría Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Puebla, había sufrido una conmoción semejante. Tres o cuatro días después, leí Ficciones y el Aleph y el asombro permaneció intacto. El resto del año, no pude leer a otro autor, porque todos me parecían menores. Este recuerdo es un capítulo esencial en mi memoria, porque después de ser tocado por la literatura, supe que mi padre me había heredado un destino: el destino literario y la responsabilidad de ejercerlo.
Todas estas líneas, si bien escritas con torpe pluma, padre, son una extensión de tu memoria. Pero tú nunca podrás leer estas páginas: la luz ha abandonado tus ojos para siempre, aunque ahora tu hijo pueda escribir algunas líneas que podrían aspirar a ser válidas, acaso…









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