Espuma de los días
Jesús Bonilla Fernández
Marguerite Donnadieu, mejor conocida como Marguerite Duras, nació el 4 de abril de 1914 cerca de Saigón y residió en Indochina hasta 1927, cuando se marchó a París a estudiar y después dedicarse de tiempo completo a la literatura. Murió el domingo 3 de marzo de 1996 y fue sepultada el jueves siguiente en el cementerio de Montparnasse en la capital francesa.
Su fama llegó a la cima con la novela autobiográfica El amante, de la cual se vendieron centenares de miles de ejemplares y por la que obtuvo el codiciado premio Goncourt, como ya mencionamos anteriormente.
El amante fue llevada a la pantalla por Jean Jacques Annaud con la desaprobación de la escritora, quien la manifestó publicando El amante de la China del Norte, novela en donde emplea su estilo narrativo cinematográfico con una destreza comparable a la de su propio guión para Hiroshima, mon amour. No obstante, su experiencia abarca también su actividad como directora, en la que destaca sobre todo con la película India song.
Es posible que una de las facetas menos conocida de Marguerite Duras sea la de periodista. Sin embargo, su actividad en los medios para nada es despreciable, y por otra parte, desborda su pasión crítica.
“No hay periodismo sin moral. Todo periodista es un moralista. Es absolutamente inevitable. Un periodista es alguien que mira al mundo, su funcionamiento, que lo vigila cada día desde muy cerca, que lo ofrece para que se vea, que ofrece para que se vuelva a ver, el mundo, el acontecimiento. No puede llevar a cabo ese trabajo y a la vez no juzgar lo que ve. Es imposible. En otras palabras, la información objetiva es una añagaza total. Es una mentira. No existe el periodismo objetivo, no existe el periodista objetivo. Yo me he liberado de muchos prejuicios, entre ellos este que a mi juicio es el principal. Creer en la objetividad posible del relato de un acontecimiento.”
Para la escritora escribir para periódicos y revistas era escribir para el momento. La idea de hacerlo deprisa por obligación, y por lo tanto de manera descuidada, no llegaba a disgustarle por completo. Ella consideraba que “de vez en cuando escribía para el exterior”, cuando el exterior la inundaba, cuando las cosas la enloquecían y se encontraba ante ellas fuera de lugar.
Así pues, sus trabajos realizados para publicaciones periódicas, los hacía para salir de su habitación y descansar de su prolífica creación de novelas. Otro motivo fue su manutención. “Todos los artículos de Vogue —dijo— son alimenticios.” En alguna ocasión contó que uno de éstos que escribió sobre la Callas, sin haberla visto cantar siquiera, le sirvió para vivir un año.
“Las razones por las que he escrito y escribo en los periódicos, ponen de manifiesto el mismo movimiento irresistible que me llevó hacia la resistencia francesa o argelina, antigubernamental o antimilitarista, antielectoral, etc.; y que también me indujo como a ustedes, como a todos, a la tentación de denunciar lo intolerable de una injusticia, sea del orden que sea, sufrida por un pueblo entero o por un solo individuo, y que me llevó también al amor cuando enloquece, cuando pierde la prudencia y se pierde donde se halla, en el crimen, el deshonor, la indignidad y cuando la imbecilidad judicial y la sociedad se permite juzgar —sobre esto, sobre la Naturaleza—, como si juzgara la tormenta, el fuego.”
Como ella lo menciona, sus intenciones son comunes. El estilo, sin embargo, es algo extraordinario. Su curiosidad la lleva a entrevistar al filósofo Georges Bataille, quien le habla sobre la idea de la soberanía en Nietzsche, y en otra ocasión dilucida el fenómeno de “la reina Bardot”. Dice que a muchas mujeres la actriz no les gusta.
“No la miran de cara. La miran de través, con un movimiento de marcha atrás asustado. Me excuso de tener que decir esto de mis compañeras, pero es un poco la razón de ser de este artículo. Ven en ella a la mujer convertida en calamidad, que se abate sobre el hombre como el viento. Calamidad tanto más terrible cuanto que es natural, y a la cual ellas, ellas no se pueden comparar, en la medida en que se consideran legendariamente beneficiosas para sus hombres.”
Además, cómo olvidar aquella crónica policial, “Cuando hay para dos, no hay para tres”, donde el personaje —de la vida real, por supuesto—, asesina a su esposa y a la amante de él para no deteriorar su propio nivel de vida. En verdad, esa crónica cotidiana se encuentra a la altura de la más pura ficción del suspenso de Patricia Highsmith, por ejemplo.
En fin, con Marguerite Duras la periodista, a pesar de las prisas, la escritura no se pierde, si bien los géneros se confunden, o mejor dicho, se diluyen en esa misma escritura donde el presente es estéril, sólo un prejuicio su importancia.
Alcoholes
No es en absoluto ilógico imaginar que, en una existencia futura, consideremos esto que creemos nuestra existencia actual como un sueño. E. A. Poe, Marginalia, XLVIII
Pintores o poetas, todos necesitan un país muy suyo: el de sus sueños. Marguerite Yourcenar









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