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Otra paradoja de Denis Diderot

· julio 20, 2017

Roger Chartier                                  

 

En el otoño de 1763, Diderot redacta una memoria a la que asigna sucesivamente diversos títulos. Al manuscrito que pasa en limpio durante los primeros meses de 1764 da el primer título de Lettre historique et politique adressée a un magistrat sur le commerce de la Librairie, son état ancien et actuel, ses reglements, ses privileges, les permissions tacites, les censeurs, les colporteurs, le passage des ponts et autres objets relatifi a la police littéraire. Ese dilatado título, en forma de sumario, señala que el destinatario de la memoria es un “magistrado”. Se trata de Antoine Gabriel de Sartine, que entonces ocupaba el puesto de lugarteniente general de policía de la ciudad de París (del que se hizo cargo en 1759), así como también la Dirección de la Librería, donde había sucedido a Malesherbes en octubre de 1763. Algunos años más tarde, en una carta destinada a Madame de Meaux en 1775, Diderot evoca el proyecto de una colección de obras diversas donde publicar su Lettre…, la que en adelante designa como “un fragmento sobre la libertad de prensa donde expongo la historia de los reglamentos de la Librería, las circunstancias que la hicieron nacer, lo que se debe conservar y lo que se debe suprimir”. “Libertad de prensa”: con esas palabras, Diderot indica cuál es de por sí la significación esencial de un texto que a primera vista parece presentado como una simple memoria “histórica y política” destinada a examinar los reglamentos que organizan el comercio del libro, En efecto, la ocasión es excelente para someter ante el director de la Librería una crítica aguda acerca de la censura y sus desastrosos efectos. Cuando aborda “ese asunto un poco más delicado” que los otros, Diderot intenta demostrar que las interdicciones son ineficaces ya que no impiden de ningún modo la circulación de las obras prohibidas y que, por el contrario, favorecen su venta. La ironía se vuelve entonces mordaz, por ejemplo, con el “en consecuencia” empleado para la caracterización de las Cartas persas:

“¿Qué libro más contrario a las buenas costumbres, a la religión, a las ideas recibidas de la filosofía y la administración, en una palabra, a todos los prejuicios vulgares y, en consecuencia, más peligroso, que las Cartas persas? ¿Acaso hay algo peor? Y sin embargo, existen cien ediciones de las Cartas persas sin que haya un escolar del colegio de las Cuatro Naciones que no encuentre un ejemplar por 12 soles en la ribera del Sena.”

Inútiles, las interdicciones son, además, ruinosas los libreros franceses, pues sólo dan provecho a los editores extranjeros que imprimen los títulos prohibidos y los introducen en el reino de manera clandestina. Los libros verdaderamente peligrosos no son aquellos que la censura designa como tales:

“Ante todo le diré, señor: los verdaderos libros ilícitos, prohibidos, perniciosos, para un magistrado justo, que no se ocupa de pequeñas ideas falsas o pusilánimes y que se atiene a la experiencia, son los libros que se imprimen fuera de nuestro país y que nosotros adquirimos del librero extranjero, cuando deberíamos poder conseguirlos por nuestros impresores. Son ésos y no existen otros.”

Las necesidades del comercio y los progresos de la verdad se alían, por lo tanto, con el fin de exigir una mayor libertad para imprimir. Para asegurarla, no es necesario abolir la censura previa por más que el ejemplo de Inglaterra pudiera inspirar una decisión semejante, pues, como lo escribe irónicamente Diderot, “Me enfadaría mucho si esa política se estableciera aquí: en seguida tendríamos demasiados sabios”. Para garantizar la “libertad de prensa” basta con “multiplicar los permisos tácitos al infinito”, utilizando un mecanismo que ya existe y que ha sido inventado por la Dirección de la Librería. Los permisos tácitos, primero puramente verbales y luego registrados como si se tratara de obras extranjeras cuya venta está autorizada en el reino, no implican, a diferencia de los permisos “públicos”, la aprobación del canciller. Instaurados para permitir en Francia la impresión de títulos que no podían ser oficialmente aprobados pero que, sin embargo, no eran tan peligrosos para ser prohibidos o dejados en manos de los libreros extranjeros, los permisos tácitos se convierten, para Diderot, en el instrumento de desmantelación de la censura previa. En efecto, “es casi imposible imaginar un caso donde se decida rehusar un permiso tácito” dado que los autores de las “producciones infames” no se aventurarán por cierto a pedir una autorización, siquiera “tácita”, para sus obras. Establecer la libertad de imprimir dentro del régimen de la censura monárquica, incluso gracias a él: tal es la primera paradoja de la memoria de Diderot.

Y no es la única. La Carta… es, en efecto, una obra por encargo, pedida a Diderot en nombre de la comunidad de libreros parisinos por su síndico, Le Breton, quien fue el principal editor de la Encyclopedie. Los libreros parisinos estaban inquietos ante la eventual supresión de los privilegios de librería que, según ellos, debían asegurarles un derecho exclusivo y perpetuo para la publicación de las obras que habían adquirido de sus autores. La decisión del Consejo del Rey, que en 1761 había acordado a los descendientes de La Fontaine el privilegio por las ediciones de sus Fábulas, los había alarmado pues anulaba los derechos de aquellos libreros que habían obtenido (o deseaban obtener en el futuro) un privilegio para su publicación. Tal decreto “apartaba al estatuto de los libreros de sus fundamentos”. De ahí que se pidiera a Diderot la elaboración de una memoria que legitimara la “permanencia inalterable” de los privilegios de librería.

La aceptación de Diderot puede sorprender. Por una parte, sus relaciones con los libreros parisinos estaban lejos de resultar idílicas. Cada uno de los contratos que había firmado para la Encyclopedie (en 1747, 1754, 1759 y 1762), establecía condiciones menos que mediocres por parte de los editores, a quienes denomina “mis corsarios”.

En 1764, cuando se dé cuenta de que Le Breton ha mutilado ciertos artículos del diccionario tras la corrección de las pruebas, la situación será aún peor. Por otra parte, sorprende verlo combatir las corporaciones y los monopolios, que él considera como otras trabas nocivas al comercio, y sostener la necesidad de los privilegios de librería. El fastidio de Diderot frente a tal “paradoja” (la palabra viene de su pluma) se muestra a lo largo de toda la memoria, incluso abre el texto:

“Ante todo he de decirle, señor, que aquí no se trata simplemente de los intereses de una comunidad. Qué me importa que exista una comunidad de más o de menos; a mí, que soy uno de los más celosos partidarios de la libertad entendida en su acepción más amplia […] que siempre he estado convencido de que las corporaciones son injustas y funestas y que vería en su abolición entera y absoluta un paso hacia una manera más sensata de gobernar.”

——

Fragmento del estudio preliminar a la Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot, publicado por el Fondo de Cultura Económica (Argentina, 2000).

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