Mircea Eliade /
Tengo alguna dificultad para entender la necesidad de algunos escritores, a veces muy grandes, de componer por el sesgo de las comparaciones y metáforas. Menos aún entiendo su técnica, su juego mental. ¿Cómo puede uno sorprender algo, cómo puede delimitar y evocar, concretamente, si durante el tiempo en el cual uno escribe la metáfora sobre el papel, uno siente la necesidad de alejarse de ella, de compararla con otra cosa, de transfigurarla? No entiendo lo que sucede en el espíritu de un escritor cuando escribe: “Sus manos, parecidas a lámparas recogían el estremecimiento del pájaro, cuerpo de oscuridad disipada…” Supongamos que esta frase no está plagiada, que no está escrita siguiendo modelos agotadores. Supongamos, también, que expresa algo pensado, intuitivamente sentido, mentalmente visto por el escritor en el preciso instante en el cual componía. ¿Por qué milagro el elemento concreto (gesto, estado de ánimo, hecho, anécdota, episodio, “atmósfera”, llámelo como quiera) que el escritor quería realizar se ha fragmentado? Tengo mucha pena en sobrepasar tal mecanismo. Se trata de estructuras mentales diferentes y el que de su vida nunca ha logrado ni una metáfora (éste es mi caso) no tiene la requerida intuición para repensar tal proceso.
Sin embargo, me pregunto cómo puede dominar la metáfora en el espíritu de un escritor, cómo logra imponerle esta técnica tan automática. Me pregunto, sobre todo, cómo un escritor no siente el vértigo cuando siente la dislocación de objetos mentales mientras compone. No debe ser fácil ver “frente a sus propios ojos” transformarse, macerar, licuarse, vaporizarse todo, aparecer y desaparecer los objetos, llamados por otros y expresados por otra cosa en su propio concreto: río espantoso en el que todo se pierde entre las evocaciones, las alegorías, las metáforas. Me parece alucinante esta libertad ofrecida a todas las cosas, decrecer al infinito, de rebasar, de salir de sus fronteras, de correr por todos lados en la búsqueda de un sustituto, de un signo que los expresará. Ya es muy difícil escribir todo lo que uno “ve” en su campo mental en el momento en cual lo compone. Pero, entonces tenemos que ver con esta “libertad de los objetos” para disfrazarse y remplazarse como lo quieren, según su magia oscura…
El término de “magia” es un poco inadecuado, porque lo que llamamos “correspondencia mágica” tiene otra función muy distinta que la metáfora y, más generalmente, que la comparación. Algunas correspondencias existen entre todos los órdenes de lo real, entre todos los planos de la realidad, pero no los encontraremos por la fantasía ni tampoco por la libertad de las imágenes. Estas correspondencias no tienen nada sorprendente, nada de “interesante”. Sin embargo, las metáforas, según lo que sé, privilegian antes de todo, a la originalidad, la sorpresa.
Pero se puede tratar de una “magia negra”, es decir, de un frenesí de las palabras, de los sentidos y de las imágenes luchando contra las normas, contra lo concreto, o dicho de otra manera, el acto demoniaco de la descomposición, de la dislocación, de la auto anulación: podemos también hablar de magia negra en los rituales orgiásticos. La orgía no significa solamente sensualidad violenta y sangrante, sino también violación de las normas y de las leyes, sobrepaso de la personalidad, aniquilamiento en la multitud, anulación de la identidad. El gesto del “intercambio”, del cambio de “identidad” se da muy frecuentemente en la orgía: ahí no solamente las mujeres pertenecen a todos y se cometen adulterios, sino que igualmente se dan incestos. En una orgía, cada quien puede ser alguien más u otra cosa, cada uno puede tomar el lugar del otro, asumir su identidad, remplazarlo.
¿No es lo mismo lo que sucede con la metáfora, con el abuso de las comparaciones, cuando cada objeto puede ser remplazado por otro?









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