Roberto Martínez Garcilazo
A Lpx
Escribe el Dr. Zerbudis, en el estudio preliminar del Ensayo de unas consideraciones sobre el optimismo de Immanuel Kant, publicado por la Revista Latinoamericana de Filosofía, que la aparición prima del concepto “optimismo” ocurrió en una reseña de la Teodicea, de Leibniz, publicada en 1710.
Esa nota crítica apareció en 1737 en la revista jesuita conocida como Journal de Trévoux, cuyo nombre formal es Mémoires pour l’Histoire des Sciences & des beaux-Arts (nótese que Trévoux era la capital de Dombes, y ahora es un suburbio de Lyon).
El fragmento que contiene el término en comentarios es el siguiente: “En términos de arte, él lo llama la razón de ser el mejor o el más hábil; y teológicamente tanto como geométricamente, el sistema de lo óptimo, o del optimismo.”
Además, Zerbudis nos informa que Lalande, en su obra Vocabulario técnico y crítico de la filosofía, publicado en París en 1938, establece que la primera aparición del concepto en lengua española data del año 1852, cuando la Real Academia Española lo incluyó en la décima edición de su Diccionario.
La redacción de ese lema era ésta: “Optimismo. M. sistema filosófico que defiende que todo lo que existe es lo mejor posible. // En el uso común se toma por el empeño de aspirar en todas las materias a una perfección suma (suprema) y por lo general impracticable.”
Hoy, 167 años después, presenta la siguiente forma: “Optimismo. Del fr. optimisme, y éste del lat. optĭmus ‘óptimo’ y el fr. -isme ‘-ismo’. 1. m. Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable. 2. m. Fil. Doctrina que atribuye al universo la mayor perfección posible.”
La tesis de Leibniz (Este mundo es el mejor posible) aparece en su obra Teodicea, cuyo subtítulo es Ensayos sobre la bondad de dios, la libertad del hombre y el origen del mal, formulada en tres modos semejantes:
- “También se dirá, que si todo está ordenado, Dios no puede hacer milagros. Pero es preciso tener en cuenta que los milagros que suceden en el mundo estaban ya incluidos y representados como posibles en este mismo mundo, considerado en estado de pura posibilidad; y Dios, que los ha hecho después, había ya decretado el hacerlos cuando escogió este mundo. Se dirá también que las súplicas y las oraciones, los méritos y los deméritos, las buenas y malas acciones, de nada sirven, puesto que nada puede mudarse. Esta objeción es la que más preocupa al vulgo, y, sin embargo, no es más que un puro sofisma. Esas oraciones, esas súplicas, esas buenas o malas acciones que se verifican hoy, existían ya ante Dios cuando tomó la resolución de ordenar las cosas. Las que tienen lugar en este mundo actual, estaban ya representadas en la idea de ese mismo mundo cuando era todavía sólo posible a la vez que sus efectos y sus resultados, y estaban atrayéndose la gracia de Dios, sea natural, sea sobrenatural, exigiendo castigos y reclamando recompensas; todo en la misma forma que sucede realmente en este mundo después que Dios lo ha escogido. La oración y la acción buena eran entonces ya una buena causa o condición ideal, es decir, una razón inclinante que podía contribuir a la gracia de Dios o a la recompensa, como contribuye al presente de una manera actual. Y como todo está ligado sabiamente en el mundo, es claro que Dios, previendo lo que libremente sucedería, ha arreglado el resto de las cosas de antemano, o (lo que es lo mismo) ha escogido este mundo posible donde todo estaba arreglado de esta manera” (parágrafo 54).
- “Los estoicos deducían ya de los decretos de Dios la previsión de los sucesos. Porque, como Cicerón dice en el mismo libro: “Sequitur porro nihil Deos ignorare, quod omnia ab iis sint constituta” (Se sigue con verdad que los dioses nada ignoran, que todo ha sido creado por ellos). Y según mi sistema, habiendo Dios visto el mundo posible que ha resuelto criar, todo lo ha previsto de manera que puede decirse que la ciencia divina de visión no difiere de la ciencia de simple inteligencia, sino en cuanto añade ésta a la primera el convencimiento del decreto efectivo de escoger este encadenamiento de cosas que la simple inteligencia daba ya a conocer, pero sólo como posible; y este decreto constituye al presente el universo actual” (parágrafo 363).
III. “Y así no puede excusarse a los socinianos cuando niegan a Dios la ciencia cierta de las cosas futuras, sobre todo de las resoluciones futuras de una criatura libre. Porque aunque se imaginaran que hay una libertad de plena indiferencia, de suerte que la voluntad puede escoger sin motivo, y que este efecto no pudiese ser visto en su causa (lo cual es un gran absurdo), deberían considerar que Dios pudo prever este suceso en la idea del mundo posible que resolvió criar. Pero la idea que ellos tienen de Dios, es indigna del autor de las cosas, y corresponde muy poco a la habilidad y a la inteligencia de que los escritores de esta secta dan muestras en algunas discusiones particulares. El autor del cuadro del socinianismo tiene razón cuando dice que el dios de los socinianos sería ignorante, impotente, como el dios de Epicuro, desmentido a cada momento por los sucesos, viviendo al día, y sabiendo sólo por conjetura lo que los hombres habrán de querer” (parágrafo 364).
En este punto, mi divagación se cruza con la proposición de Alexander Pope: “Whatever is, is right”, traducida como “Todo lo que es está bien”, o mejor: “Todo está bien” o brevemente como “Amén”, o coloquialmente como “Ok”.
He aquí el poema completo, incluido en la primera epístola de su Ensayo sobre el hombre:
Toda la naturaleza no es sino arte desconocido para ti,
Todo azar tiene un sentido que no puedes ver;
Toda discordia, armonía incomprendida;
Todo mal parcial esconde un bien universal;
Y a pesar del orgullo,
Y a pesar de la errada razón,
Una sola verdad es clara:
Todo lo que es está bien.
Alexander Pope fue ensayista y poeta; nació y murió en Londres (1688-1744). Católico que murió a los 56 años, tradujo la Ilíada y la Odisea, editó críticamente a Shakespeare y escribió el epitafio para la tumba de Newton: “Nature and nature’s laws lay hid in night; / God said ‘Let Newton be’ and all was light” (La naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche; / Dijo Dios “que sea Newton” y todo se hizo luz). Pope fue un racionalista optimista.
Por otra parte, siguiendo a Zerbudis, la Academia de Berlín en 1753 convocó a un concurso filosófico con estas bases:
“Se solicita el examen del sistema de Pope contenido en la proposición “Todo está bien”. Se trata:
- De determinar el verdadero sentido de esta proposición, según la hipótesis del autor.
- De compararla con el Sistema del optimismo o de la Elección de lo mejor, para señalar exactamente sus relaciones y sus diferencias.
- De indicar finalmente las razones que se crean más adecuadas para sostener o destruir este sistema.”
Los profesores del siglo XVIII afirmaron que la proposición de Leibniz podría reformularse como “Todo está lo menos mal posible” y que, luego entonces, no es equivalente a la de Pope que reza “Todo está bien”.
Eso es cierto, sin embargo subsiste, en ambas proposiciones, el problema teológico de la existencia tanto de la malignidad humana como de los desastres naturales.
Cuarenta y nueve años después de la aparición de la Teodicea, Voltaire (o el Señor Doctor Ralph) publica la sátira Cándido o el optimismo, con la finalidad de ridiculizar la tesis de Leibniz, afirmar que el mundo es irreformable y que la única opción de redención es individual:
Debemos cultivar nuestro jardín
Il faut cultiver notre jardin
Debemus colunt horto nostro
Leamos:
“Toda la compañía aprobó tan loable determinación; empezó cada uno a ejercitar su habilidad, y el cortijillo rindió mucho. Verdad es que Cunegunda era muy fea, pero hacía excelentes pasteles; Paquita bordaba, y la vieja cuidaba de la ropa blanca. Hasta fray Hilarión sirvió, que aprendió con perfección el oficio de carpintero, y paró en ser muy hombre de bien. Panglós decía algunas veces a Cándido. Todos los sucesos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque si no te hubieran echado a patadas en el trasero de una magnífica quinta por amor de Cunegunda, si no te hubieran metido en la inquisición, si no hubieras andado a pie por las soledades de la América, si no hubieras pegado una buena estocada al barón, y si no hubieras perdido todos tus carneros del buen país del Dorado, no estarías aquí ahora comiendo manzanas en dulce y pistaches. Bien dice Vuestra Excelencia, respondió Cándido; debemos cultivar nuestro jardín.”
Pero sin duda la crítica mejor de Voltaire al optimismo es su poema “Sobre el desastre de Lisboa” (1756), cuyo subtítulo es “O examen de este axioma: todo está bien”.
Filósofos errados que gritáis “Todo está bien”
Corred, contemplad estas horribles ruinas.
Estas mujeres, estos niños, unos sobre otros apilados,
Estos miembros dispersos bajo los mármoles rotos.
Finalmente, recapitulando podríamos escribir que en el sistema de Leibniz todo es armónico. Escribe en la Monadología: “No hay nada de inculto, de estéril o de muerto en el universo; nada de caos, nada de confusión, sino sólo la apariencia de ello.” Establece que el mal no es voluntad de Dios; que el mal no es un principio positivo sino una privación del Ser. El mal metafísico es inevitable porque Dios creó el mundo de la nada, ergo las criaturas son carenciales, precarias, indigentes: “Los bienes proceden del poder divino y el mal de la inercia de las criaturas.” En la Monadología el concepto de “límite” instaura la diferencia entre Dios y el Hombre: “Y dónde no hay límites, es decir en Dios, la perfección es absolutamente infinita.” En Leibniz la armonía es universal: las cosas de la creación y los fines divinos son uno y la redención y felicidad del hombre es el único fin de Dios. Sin embargo, siempre existirá el mal, porque el hombre es, original e irremediablemente, carencia.
Antes de colocar arbitrariamente el punto final de estas notas, copio a Kant:
“Una vez elaborado un concepto pertinente de Dios, ningún pensamiento ha sido, quizás, más natural que éste, a saber, que cuando Él elige, sólo elige lo mejor. Si se decía de Alejandro que éste creía no haber hecho nada mientras le quedara aún algo por hacer, podría decirse esto con una exactitud infinitamente mayor del más bondadoso y poderoso de todos los seres. Leibniz tampoco creía estar presentando nada nuevo cuando decía: éste es el mejor de todos los mundos posibles, o lo que viene a ser lo mismo: la suma de lo que Dios creó fuera de sí, es lo mejor que era posible producir; sino que lo nuevo consistía sólo en la utilización de este principio para cortar de un tajo el nudo, tan difícil de desatar, de las dificultades que se plantean en relación al origen del mal. Una idea que es tan sencilla, tan natural y que se menciona finalmente de modo tan frecuente que se vuelve ordinaria y repugna a las personas de gusto refinado no puede conservar durante mucho tiempo su prestigio. ¿Qué gloria se obtiene al compartir el pensamiento con el vulgo y al afirmar una proposición que es tan fácil de demostrar?”
Para filósofo es verdad la proposición optimista, porque esencialmente es un hombre piadoso.









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