Antonio Bello Quiroz
Quizá a todos nos estuvo deparado dirigir la primera moción sexual hacia la madre
y el primer odio y deseo violento hacia el padre. Freud
El psicoanálisis debió de recurrir a otras fuentes ante la imposibilidad de que Freud encontrara en la ciencia respuestas a los enigmas planteados por sus pacientes histéricas. Esas otras fuentes son la mitología, la literatura, la antropología comparada y, de manera privilegiada por el inventor de esta disciplina, la poesía. Freud reconoció en varias ocasiones que los poetas llevan la delantera en esto de acercarse al alma humana.
Muchas son las referencias literarias a lo largo de la elaboración de las interrogantes constantes que el psicoanálisis se plantea. Destaca la tragedia del Edipo de Sófocles. Hay muchas más, pero ahora aquí abordaremos Hamlet, el drama de Shakespeare. No se trata desde luego de hacer eso que se ha dado en llamar “psicoanálisis aplicado”. No, por muchas razones. La más contundente sin duda es que Hamlet es un personaje literario y el psicoanálisis sólo se aplica a sujetos que puedan sostener su palabra en la materialidad de su cuerpo vivo. No se trata entonces, sino de acercamientos teóricos que posibiliten conocer, no la neurosis de Hamlet, sino la estructura de la neurosis que la obra nos permite pensar. Hamlet no es un neurótico, nos muestra la estructura de la neurosis, dirá Jacques Lacan.
En Hamlet de Shakespeare se encuentra mostrada, como en ningún otro lado, la tragedia del deseo humano. Ese deseo que se encuentra fijado en las coordenadas de la subjetividad, esto es, el deseo en cierta dependencia con el significante. Es decir, el deseo humano es el deseo inconsciente, al que sólo es posible acceder por medio de la palabra. Así enseña Jacques Lacan, quien sigue las lecciones de Kojeve: “El deseo es distintivamente humano cuando se dirige hacia el deseo de otro, o hacia un objeto que es perfectamente inútil desde el punto de vista biológico.” Se trata esencialmente de una historia de amor, sí, pero de amor trágico ya que el amor los lleva a la destrucción.
En Hamlet se trata de la tragedia del hombre moderno, y se encuentra ubicado al mismo nivel en que Freud ubicó la tragedia del héroe en Edipo. Conocemos la historia del príncipe danés. Su padre, el rey muerto, se le aparece en forma de espectro y le revela la verdad de su muerte. Le dice que no murió por la picadura de una serpiente mientras dormía, sino por un veneno que su hermano Claudio le vertió en el oído mientras dormía para así poder quedarse con el reinado y con la reina, Gertrudis, su madre. Lo insta a lavar su nombre y dar muerte al traidor. Aquí se ubica una diferencia con Edipo, quien comete el crimen de su padre y se acuesta con su madre sin saber; Hamlet sí sabe lo que habita su deseo. Esta razón, el saber de su deseo, hace del deseo de Hamlet el paradigma del deseo moderno, el del hombre trágico. Durante toda la obra Hamlet una y otra vez pospone el cumplimiento del mandato de su padre. La pregunta que resalta entonces es: ¿qué impide que Hamlet cumpla con su deseo? ¿Qué hace a Hamlet procastinar la realización de su deseo, teniendo todas las razones y condiciones para hacerlo? Su deseo, hay que decirlo, no es matar a Claudio. Ése, en todo caso, es el deseo del padre muerto. Su deseo es el deseo de la madre, quien muestra una voracidad instintiva frente a la cual Hamlet tiembla y titubea. La madre es el sujeto omnipotente de la primera demanda para todo sujeto.
Jacques Lacan destaca que es Ofelia quien se convierte en uno de los elementos más íntimos (subjetivos) del Hamlet que ha perdido su camino, la vía de su deseo. De Ofelia se ha dicho que es la imagen literaria de la mujer mejor lograda, la más excelsa y hermosa. La que por amor llega hasta el suicidio. El psicoanalista francés en el Seminario 6, El deseo y su interpretación, coloca a Ofelia en el lugar del a (objeto causa del deseo), es decir, como el objeto esencial en torno al cual gira la dialéctica del deseo de Hamlet. Ofelia es quien lo pone a prueba. Es el objeto de su fantasma, imagen y pathos a la vez. Es su hora de la verdad, como lo es la mujer a un hombre.
Lo primero que se dice de Hamlet en relación con Ofelia es que está loco. Loco de amor por ella. Pero, ¿Hamlet está loco o se hace el loco? Hamlet se hace el loco. Obviamente esto no ocurre sin causa, pero ¿cuál es la causa de su “locura”? Decir que es Ofelia es sólo un rasgo superficial. Es la lectura de Polonia: “Hamlet está triste porque no es feliz, y si no es feliz, es a causa de mi hija.” “Es el amor”, aduce el padre: Hamlet enloqueció de amor. Ofelia es en un primer momento objeto de exaltación extrema, elevada en sus cartas al lugar del objeto a. Pero después de que Hamlet se ha encontrado con el espectro de su padre las cosas entre él y Ofelia cambian radicalmente. En el próximo encuentro ella rechaza las palabras de amor de Hamlet, ya que él la trata de manera cruel. “Una vez te amé”, le dice y la llena de sarcasmos. Lacan señala que se presenta un desequilibrio de la relación fantasmática basculando hacia el objeto por el lado perverso. Ella ya no es tratada como una mujer sino en una portadora de todos los pecados, destinada a engendrar a todos los pecadores. Y he aquí la propuesta de Lacan: “Sí, Ofelia en ese momento es el falo, el falo en calidad de símbolo de la vida, el falo que el sujeto exterioriza y rechaza como tal.” El diálogo de Hamlet con Ofelia muestra que la mujer es aquí concebida como portadora de esa turgencia vital (es el falo) que hay que maldecir y aniquilar.
Quizá no sea nada descabellado ver estos dos tiempos de la tragedia del deseo en Hamlet, donde “los objetos se confunden”, la ilustración de lo que ocurre en los feminicidios donde la mujer es muerta cuando se revela su condición de dadora de vida, donde se presenta la “turgencia vital” de la mujer y esto resulta insoportable para el hombre. Ellas se presentan como la hora de la verdad del hombre y éste, en su desequilibrio fantasmático, no atina sino a cometer un crimen como salida, salida restauradora del equilibrio subjetivo.








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