Antonio Bello Quiroz
Para Valeria, Poeta
La expresión mayor de odio que la humanidad ha mostrado es sin duda el holocausto nazi. Auschwitz no está lejos ni en el pasado, los exterminios del diferente ocurren en nuestros días, en masa, sistemáticos, mecanizados. Con renovado encono, lo femenino parece ser el blanco preferido del odio, lo que incomoda y se busca exterminar. Desde cualquier discurso que se pretenda hegemónico, lo diferente se hace más insoportable. El odio se esparce sobre aquello que por desconocido resulta extraño, amenazante.
El odio ha estado siempre como un elemento de la convivencia entre los seres humanos. Es una pasión que mueve al ser. Las noticias sobre su origen son sumamente ambiguas: Odium est ira inveterata (el odio es ira inveterada) dice Cicerón. Probablemente la diferencia sustancial entre odio e ira es que esta última puede darse sin persona a quien dirigirla, y sin la obsesión por destruirla; en cambio el odio necesita una persona o una colectividad a quien dirigirla. Sin embargo, no le debe faltar razón a Cicerón en lo de la antigüedad de la ira. Para los romanos el odio bien pudo ser el resultado presente de algo que se había producido en el pasado. El término griego misov (odio) tiene iguales características y significado que el latino, y se emplea en idénticos contextos, que van del odio intenso y del aborrecimiento, al simple disgusto, cuando se usa para cosas y no para personas.
Para Descartes, en el artículo XCVIII de su Tratado de las pasiones, las expresiones de la experiencia de odio van a diferir, aunque resultan muy cercanas, de las del amor: “En el odio el pulso es desigual, más débil y con frecuencia más rápido. Se sienten escalofríos mezclados con no sé qué calor áspero y picante en el pecho, que el estómago deja de hacer su oficio y se inclina a vomitar y a arrojar los alimentos que se han tomado, o, por lo menos, a corromperlos y convertirlos en malos humores.”
El odio es sin duda la pasión y acción con mayor potencialidad destructiva, que se intensifica con la cercanía entre los seres humanos; es el más potente motor de las guerras, el crimen, los genocidios. En términos fenomenológicos, el odio sería la pasión por la ruptura por antonomasia, tal como lo considera Elie Wiesel, y, por tanto, sería lo opuesto al amor, en tanto que el odio no sólo promoverá sentimientos de aversión y destrucción, sino eventualmente también de autodestrucción. Sin embargo, el odio también puede ser visto como una forma de relacionarse, otra forma del vínculo desde el goce.
Para el psicoanalista francés Jacques Lacan el odio es una de las tres pasiones del ser, lo mismo que el amor y la ignorancia. Tal es la magnitud estructural del odio que Lacan señala, en el Seminario Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, que no hay teoría de la historia que pueda dar cuenta de la barbarie desencadenada por la promoción del odio racista, tal como se encarnó en el nazismo.
La segunda de las pasiones del ser, el amor, es definido por Lacan desde los primeros seminarios como imposibilidad, lo que se ve en su fórmula “dar lo que no se tiene a alguien que no es”. Los amantes pueden prometerse hacerse Uno; sin embargo, lo que se pone de manifiesto en cada vínculo amoroso es la imposibilidad, la presencia de una no comunidad de goces entre Uno y el Otro. Al respecto de la vivencia de esta imposibilidad entre los sexos, Lacan dice que la mujer teje, hace trenzas, y el hombre hace círculos, es decir, se muerde la cola y no sabe nada del goce femenino, lo puede suponer, sospechar, como con el número tres, pero no lo alcanza, y el hombre no se resigna a no recubrir el goce femenino: para el hombre, el macho, nada adquiere categoría de imposible, lo que no puede hacer simplemente lo deja y con ello se preserva de la falla. El encuentro amoroso es esencialmente un encuentro de inconscientes: uno que le falta y otro no tiene lo que falta.
“Algo no anda entre los sexos”, es una expresión de Colette Soler que pone el dedo en la llaga y muestra el hecho de que no podemos escribir la relación entre los sexos. Lacan lo señaló de manera contundente: “No hay relación sexual”, lo que nada tiene que ver con los periodos de abstinencia del acto sexual, sino más bien con la imposibilidad de la complementariedad entre sujeto y objeto. Enseñanza fundamental que ya Freud había dejado esbozada desde 1905 con sus Tres ensayos para una teoría sexual. El amor, sin embargo, posibilita el “acceso”, es el vehículo que permite poner en suspenso la imposibilidad.
El encuentro amoroso, tiene un efecto de suspensión de la imposibilidad, encuentro dichoso donde momentáneamente se supera lo que no cesa de no escribirse, donde hay posibilidad de realizar la proporción sexual, de inscribirla, de acceder a lo imposible, aunque sea sólo al nivel de la ilusión; en este encuentro, en el encuentro amoroso, el objeto es elevado a la dignidad de la Cosa, según enseña Lacan. La suspensión se efectúa en tanto que se ha logrado un significante, un trazo, una imagen, un nombre, que ocupa el vacío que de otra manera se muestra como insoportable.
Sin embargo, el encuentro, la emergencia de lo contingente, fundamento del vínculo amoroso, se realiza sobre la base de un desencuentro, sólo se hace posible desde el movimiento de la angustia. Lacan lo dirá: “La relación del ser con el ser no es la relación de armonía… Esto es perderse en la aprehensión de un espejismo. El amor es quien aborda en el encuentro al ser como tal.”
La vía de abordaje pasa por la interrogación, por eso que se juega en la dimensión del misterio, de lo incognoscible. Lo que roza la ignorancia. El amor y el odio, como pasiones del ser, se montan en la tercera de las pasiones, la ignorancia: “dime quién soy”, es la pregunta que reclama el amante y le da de esa forma dimensión de tránsito del otro al ser. Abordar al ser, ¿no estriba en esto lo extremo del amor, el más grande amor? Sin embargo, el más grande amor, tal como lo formula Lacan, acaba en odio. En odio, que es expresión de la imposibilidad estructural del encuentro, y más aún, odio que no es sino respuesta ante la herida narcisista de saber que el otro es otro que al que se ama. No se puede amar sino lo que se odia: si se odia al diferente, sólo ahí, en la diferencia asumida es posible el amor.








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