Maritza Flores Hernández
Lo natural es que todo lo que nos rodea, incluso nosotros mismos, parezca natural; sin artificios de ninguna especie. Al menos así fue durante muchos siglos.
Desde el siglo XVIII se ha considerado que la belleza —aquello que nos asombra, atemoriza y, al mismo tiempo, provoca un vehemente deseo de abrazar— entra por los ojos.
Es la apariencia de las cosas la que despierta nuestra imaginación, satisface nuestros deseos de placer y a veces nos enseña lo que queremos.
Por otra parte, la simetría, la novedad, la grandeza o magnificencia no son lo único que caracteriza a la belleza; más bien, su principal cualidad: la bondad, expresada en su integridad, en su perfección, constituye su centro, fortaleza y esencia, inasible e invisible.
Es así como la belleza deviene trascendente: conmueve, provoca sensaciones profundas, capaces de modificar el pensamiento, el estilo de vida. De cualquier modo, lo seguro es que, sin importar si somos o no conscientes de ella, una vez que nos toca es imposible ignorarla.
Ahora que el hombre busca nuevas representaciones de sí mismo y admite —con facilidad— aquellas que mejor representen a otros, sin cuestionar si se apegan o no a lo natural —sino que por el contrario, el artificio es el instrumento mejor valorado—, la antigua afirmación de que la belleza entra por los ojos continúa vigente.
La “belleza” representada en las redes sociales —previo tratamiento de filtros y técnicas de photoshop—, salta a la imagen real. Para lo cual el cuerpo es sometido —mediante tratamientos quirúrgicos— a cambios radicales que permiten alcanzar el nuevo concepto de belleza, concebido en el mundo de lo digital, del cine o de la mercadotecnia.
Nace la pregunta: ¿qué es lo que asombra, ahora, a la humanidad? ¿Es acaso el conocimiento del universo y del tiempo lo que le lleva a repensar sus posibilidades? ¿O es mera vanidad?
No sorprende que la humanidad proponga diversos estereotipos de belleza física ni que acuda a aquellos que estén de moda, esto constituye parte de la diversión. Sin embargo, resulta extraño que, últimamente, tenga preferencia por los que provienen de los cómics tipo mangas o de muñecas o muñecos —juguetes infantiles—, especialmente de aquellos que viven en imaginarios futuros, dominados por ciborgs y decadentes comunidades humanas.
Emerge, entonces, una duda terrible: ¿dónde queda la belleza del hombre?, ¿bajo cuál de todas estas capas de juegos e imaginarios, espejos y contra-reflejos oculta su belleza? ¿Por qué lo hace?
Sobre todo si advertimos que mientras los nuevos cuerpos y rostros tienden a generar la ilusión de que físicamente son muy similares, se suscita el aislamiento de cada uno al establecer comunicación sólo con las representaciones creadas y únicamente a través de avatares digitales.









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