Jesús Bonilla Fernández
No es esfuerzo vano conocer nuestro lado oscuro. Sólo le llamaré así, pues en realidad no conozco suficiente al respecto, ni siquiera del mío propio. No es hipocresía ni cinismo, pero considero vital reconocerlo, que reconozcamos todos la existencia de ese lado que nos complementa, como se complementa la esfera de la luna o la circunferencia del ying y el yang que decían sin decir los chinos y también a su manera los indios y esos también fabulosos griegos y latinos, de alguna manera más cercanos ancestros nuestros.
Aún más próxima de nosotros en el tiempo, la cultura indígena mesoamericana tiene mucho que ofrecernos sobre nuestro propio conocimiento. Una vez más caigo en la cuenta, después de la relectura de El camino a Eleusis — Una solución al enigma de los misterios, de R. Gordon Wasson, Albert Hoffman y Carl A. P. Ruck, editado en 1980 por el Fondo de Cultura Económica, con una excelente traducción de Felipe Garrido.
El libro implica una temática que desborda este espacio, en parte por la erudición de sus autores y en parte por la riqueza cultural que abarca y las elucubraciones de los misterios eleusinos. Un botón de muestra de este exceso es la convicción de que los griegos conocían la evolución de los cultivos y el retroceso de ésta por descuido agrícola.
Wasson destaca algunas propiedades del culto de los hongos en México, conocidas por él después de postular una “conjetura fantástica”: un hongo silvestre como objeto de devoción religiosa. La noche del 29 de junio de 1955 participó en el rito de ese culto bajo la dirección de María Sabina y casi veinte años después, en la Segunda Conferencia Internacional sobre Hongos Alucinógenos, se sintió preparado para ofrecer por medio del Claviceps purpurea “la clave que guarda el secreto de los misterios eleusinos”, para los cuales era utilizado ese cornezuelo, común en algunas gramíneas.
Por esos años, en 1975 plantea a Albert Hofmann, a la sazón el descubridor del LSD (ácido lisérgico), la siguiente inquietante pregunta: ¿… el hombre primitivo de la antigua Grecia podría haber descubierto algún método para aislar un enteógeno a partir del cornezuelo que pudiese haberle proporcionado una experiencia comparable a la que da la LSD o la psilocibina?” La brillante colaboración de Hofmann señala que la respuesta es sí: el griego primitivo pudo haber obtenido un enteógeno a partir del cornezuelo. “Pudo haberlo extraído del cornezuelo del trigo o de la cebada. Un procedimiento más sencillo habría sido el utilizar el cornezuelo del pasto común Paspalum. Esto se apoya en la suposición de que los herbolarios de la Grecia antigua eran tan inteligentes y hábiles como los del México prehispánico.”
El contexto de la cultura griega es mostrado por el doctor Ruck en El camino a Eleusis. Los ritos eleusinos tenían por objeto acercar a los griegos a las profundidades del Hades, a esas sombras que representaban mitológicamente personajes como Deméter, Perséfone y el secuestro de ésta. La influencia de Dionisos en dichos ritos es corroborada por el investigador estadunidense. El dios cojo no sólo representaba la embriaguez etílica sino la embriaguez por medio de enteógenos, sobre todo el cornezuelo de las gramíneas. (“Enteógenos: ‘Dios dentro de nosotros’: sustancias vegetales que, cuando se ingieren, proporcionan una experiencia divina; en el pasado solían der denominadas ‘alucinógenos’, ‘psiquedélicos’, ‘psicotemiméticos’, etc., términos que pueden ser objetados seriamente”). La gente que participaba del misterio obtenía la experiencia de la vida, la muerte y la regeneración, por cual su semblante se transformaba.
Es conocida la actitud de algunos poderosos griegos de ocupar los elementos del ritual para realizar sesiones privadas, por lo cual era penado con la muerte la divulgación de los misterios. Lo anterior serviría para reflexionar sobre lo que sucede actualmente con las drogas, naturales o sintéticas, su consumo debido a la irreligiosidad de las sociedades modernas.
Acotando el tema, el lado oscuro del que pretendo hablar se refiere a los efectos del vino en nuestros cuerpos y nuestras mentes, en general a nuestra cultura. Roberto Calasso narra poéticamente el simbolismo del nacimiento mítico del vino en Las bodas de Cadmo y Harmonía, lo que comentaré en otra ocasión. La oscuridad se refiere entonces a —por llamarle así— la oscuridad del vino. Escribe Carl A. P. Ruck que el vino griego, como casi todos los vinos primitivos, no sólo contenía alcohol como sustancia embriagante, sino que era una mezcla de varios tóxicos. Es por ello que para beberlo sin riesgo tenía que rebajarse entre tres y veinte veces para evitar la locura o la muerte. “Incluso es posible que los antiguos griegos sospechasen que el vino era producido, como en efecto lo es, por la acción de un hongo, pues el poeta Nicandro llamó al hongo una ‘fermentación maligna de la tierra’. En realidad, el otro mundo debe haber sido claramente el origen de todos los productos fungoideos, pues el Hades era un lugar cubierto de moho, la acrecencia parásita que es en sí misma un signo de la resurrección que se encuentra al cabo de la descomposición y la putrefacción.” A esto llamaría conocimiento de nuestro lado oscuro, aunque tampoco está de más saber que:
“La costumbre de diluir el vino merece nuestra atención, ya que los griegos no conocían el arte de la destilación [se practicó hasta la Edad Media] y por lo tanto el contenido alcohólico de sus vinos no pudo haber excedido de un catorce por ciento, concentración a la cual el alcohol de la fermentación natural llega a ser letal para el hongo que lo produce y en consecuencia el proceso concluye. La simple evaporación, sin alquitaramiento, no aumentaría el contenido alcohólico puesto que el alcohol tiene un punto de ebullición inferior al del agua y simplemente escaparía por el aire, con lo que el producto final sería más flojo y no más fuerte. En realidad, el alcohol jamás llegó a ser aislado en Grecia como principio tóxico del vino, y en el griego antiguo no hay palabra para designarlo. En consecuencia, la dilución del vino, de ordinario con cuando menos tres partes de agua, debería producir una bebida con propiedades embriagantes muy ligeras. […] Mas no era tal el caso. El término en griego para designar la borrachera señala un estado de locura delirante.”
No soy tan joven y fuerte como lo era apenas hace unos días, así que no propondría beligerante nuestro lado oscuro, pero en cualquier edad es sano reconocer ese lado, que nos acerca a lo tanatológico sin merma ostensible, sin hipocresías, querido hipócrita lector, querida hipócrita lectora.
En una sociedad donde se tolera pero a la vez se estigmatiza el consumo del vino y el alcohol —en aras de la procreación y la perduración de la especie, así como de la distensión de la sociedad—, se interpreta la embriaguez sólo como producto de la pérdida amorosa o el fracaso social. Ahí, entonces, qué sano entonar el canto de los melancólicos poemas al vino del gran Charles Baudelaire: “Y es que siento una enorme alegría cuando lleno/ la garganta de un hombre cansado de bregar,/ y su cálido pecho es un limpio sepulcro,/ mucho más agradable que mis frías bodegas…”









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