Mariela Arrazola Bonilla
El incendio de la Catedral de Notre Dame ha dado pie a un acalorado debate en las redes sociales, donde se condena el hecho de que en pocas horas los ricos del mundo hayan donado suficientes millones de euros para reconstruirla. Abundan los memes donde se compara el incendio con la hambruna en África, o con incendios en zonas naturales de Campeche, etcétera. El odio y la incomprensión triunfan y se extrañan las argumentaciones que, por supuesto, no se alcanzan al poner juntas dos imágenes.
Cierto es que en los tiempos que vivimos la sociedad es testigo de la acumulación de grandes capitales y la pobreza extrema al mismo tiempo. Cierto es que los grandes ricos del mundo poco han querido contribuir a combatir dicha desigualdad. No obstante, el patrimonio como tal no tiene la culpa, si bien puede ser una expresión de dicha riqueza o la de una época anterior. El patrimonio juega un papel relevante en las sociedades como, por ejemplo, al ser una fuerza de arraigo, orgullo, identidad y pertenencia de las comunidades, y su impacto trasciende fronteras. De la misma manera, imagino que mucha gente se sentiría conmovida de ver la Catedral de Puebla reducida a cenizas.
Me parece entonces que el debate fructífero no es el que gira en torno a la donación de fondos a una u otra causa. El debate debe apuntar a: primero, identificar el estado actual de nuestro patrimonio local, a preguntarnos si está o no asegurado, si existen análisis de riesgos para evitar una catástrofe; segundo, a examinar si el turismo de masas realmente contribuye a obtener recursos para reinvertirse en los recursos patrimoniales que atraen a dichas masas.
A mí me parece que en ambos puntos estamos poco informados, y no es de extrañar, pues la transparencia en la administración de la cultura brilla por su ausencia.









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