Ernst Jünger
Narciso era hijo de un dios fluvial y de una ninfa, Liriope. La madre estaba fascinada tanto de su belleza como espantada de su fría sensibilidad. Preocupada por el destino de su hijo, pidió consejo a Tiresias, el vidente, y recibió de sus labios el siguiente oráculo: mientras no se conozca a sí mismo, su hijo gozará de una longeva vida. La palabra enigmática se cumplió cuando un día, regresando al hogar tras ir de caza, Narciso se inclinó sediento sobre una fuente y vio reflejada su imagen en el agua. El adolescente se enamoró de aquel fantasma y se consumió en una nostalgia insaciable por su propia imagen hasta que pereció. Los dioses lo metamorfosearon en una flor de perfume letárgico, en un narciso que aún hoy lleva su nombre y cuyas flores gustan curvarse sobre aguas mansas.
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El cortejo triunfal del dios se desplegó en dirección inversa a la de Alejandro: desde la India, por el Próximo Oriente, hacia Europa, y sus conquistas son más duraderas. Al igual que Adonis, Dionisos pasa por ser el fundador de fiestas orgiásticas, cuya periodicidad se entreteje profundamente con el mundo histórico y con las que se entreveraba un voluptuoso culto fálico. Este último no formaba el contenido de las Dionisias, sino una de las revelaciones que confirmaban el misterio y su fuerza vinculante. Frente a todo esto, siguiendo a un autor antiguo, “las fiestas en honor de Afrodita en Citerea podían calificarse de inocentes juegos pueriles”.
Esa fuerza originaria del vino se ha mermado; la vemos retornar mitigada en las fiestas otoñales y primaverales de los países vinícolas. Sólo excepcionalmente irrumpe en la exaltación del gozo de vivir de los colores, de las melodías y de las imágenes grotescas, una traza del antiguo mundo mistérico, con su inquietante poder de contagio. Rasgos arcaicos emergen sobre rostros, saltos y danzas. La máscara, símbolo del “mundo invertido”, pertenece, sobre todo, a estos ritos.
Al comparar los triunfos de Alejandro y Dionisos, rozamos también la diferencia entre poder histórico y poder elemental. El éxito en la historia, por ejemplo la conquista de Babilonia, es efímero y se vincula a ciertos nombres. El instante no retorna bajo esa forma; constituye un eslabón en la cadena del tiempo histórico. En cuanto a las transformaciones en el seno del mundo elemental, por el contrario, ni nombres ni fechas tienen importancia y, sin embargo, siempre acontecen de nuevo, no sólo por debajo del tiempo histórico, sino también en su interior. Irrumpen como magma por debajo de la corteza.
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Cuando el efecto de la droga disminuye, puede incrementarse la dosis o la concentración. Tal es el caso del fumador o del bebedor que, al comienzo, aumenta el consumo acostumbrado y luego se pasa a especies más fuertes. Con ello demuestra al mismo tiempo que el goce puro ya no le satisface más. Una tercera posibilidad reside en la modificación de la periodicidad: en el tránsito del hábito cotidiano al exceso en ocasiones extraordinarias o festivas.
En este tercer caso no se aumenta la dosis, sino la receptividad. El fumador que se impone la disciplina de contentarse con un cigarrillo matutino se verá obligado a asumir los costes, cuando alcance una intensidad de goce que hasta el momento, a pesar de un consumo mucho más fuerte, le había permanecido extraña. Circunstancia que contribuye de nuevo a la tentación.









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