Lyn Ignacio Aguilar Moya
Todo mundo sabe que una puta nunca besa en la boca, porque si lo hace deja de serlo. En el cuerpo que se adquiere se permite todo, salvo una cosa: besar. Ese cuerpo que se vende es como un soporte en blanco. Peter Greenaway en El libro de cabecera lo ejemplifica con la historia de Nagiko, hija de un calígrafo japonés quien escribía poemas sobre el rostro de su hija.
La historia se centra en la transformación de Nagiko: de soporte a poeta. Sobre el soporte se ensaya, se “reivindica el sentimiento por encima de la razón”. Un ensayo permite decir algo sobre cualquier tema, pero limitado por la forma, por el género.
Fernando Savater dice que la tarea del ensayista es eminentemente escéptica: el dogmático no ensaya. Ensayar es, a fin de cuentas, dudar del papel, no saberlo todo, no estar seguro de los gestos que corresponden a cada frase o del tono de voz más adecuado para decirla.
Nagiko disfrutaba de manera indistinta ser objeto o sujeto. Ella, con ella y sobre ella se ensayaron encuentros con la tinta, la palabra y el otro. De haber sido dogmática probablemente no hubiera podido ensayar. Por mucho tiempo no estuvo segura de que las frases escritas sobre ella eran las más adecuadas, sólo encontró el tono adecuado cuando ella ensayó sobre otro. Nagiko se convirtió en poeta.
Frente a la piel o el papel el ensayista duda; es responsable de enlazar palabras que digan algo. En un primer momento el ensayista quiere alejar de su vista el blanco del papel o lo terso de la piel. Pero la suspicacia elimina la duda, al colocar la primera letra el ensayista debe permitir al sentimiento guiar el orden de lo que se dice. Solo así puede ensayar sobre un tema significativo, con la libertad de exponer la subjetividad de lo vivido.
Pero cuando el ensayista logra que la puta le dé un beso, se aleja quizá momentáneamente de la libertad y se adentra en el mundo del límite, del género, o de la vida en pareja.









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