Pablo Manuel Rojas Aguilar
Hay un hexámetro latino que no volveré a recordar; un triste nocturno que estará vedado para mis oídos. En las penumbras de mi biblioteca —el único lugar que considero mi casa— observo libros que habré cerrado para siempre, como el de las noches árabes cargadas de infinito, o el de las glorias griegas que cantan sobre los escudos y las espadas, sobre cuerpos precipitados hacia la nave de los muertos por la incontenible cólera de un hombre, o como esa alegoría del infierno —considerada por Borges la más bella escrita en lengua castellana— que Rulfo perpetró con retazos de un pueblo vencido…
Hay cientos de lecturas que serán arrojadas al olvido cuando yo muera, líneas escritas por mi pluma que el tiempo se encargará de borrar: como la imagen última de mi padre, o el recuerdo de Ludovico Di Piero y de su lunática idea de hallar en la luna todo lo que perdió en la tierra…
Pero hay otras cosas que se pierden —si acaso algo que nunca fue propio puede perderse—: como la inacción de emprender una empresa por el temor al fracaso o debido a la inefable pereza. ¡He perdido así tantas cosas!
Todo esto viene a mi memoria, ahora que pienso en todo lo que he perdido… ¿Qué perderá el universo cuando yo muera?
Dicen que en la luna habita el tiempo que se pierde. Si es así, en la luna nómada, mora el roce de unos labios femeninos que nunca pude sentir… El resplandor de ese instante —que nunca ocurrió— “es más grande que el choque de mil espadas en el campo de batalla”.









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