Gerardo Lino
En sus primeros contactos con lo real, el individuo va dándose cuenta de que está en medio de cosas, de algo ajeno, distinto; conforme va distinguiendo entre él y lo demás, reconoce que ha sido arrojado-en-el-mundo —para decirlo con términos de Ser y tiempo—. Sabe que está-ahí; cuando alcance una cierta conciencia gracias al angst, ese desasosiego sin fondo, advertirá su ser-para-la-muerte, asumirá acaso su ser-auténtico; entonces vuelve a preguntarse acerca de la realidad: piensa —dejemos por ahora a Heidegger; usemos otras figuras.
Pensar la realidad implica imaginar sus posibilidades, colegir sus procesos, otorgarle una forma. Allá está la realidad en bruto: uno la rodea, la asedia, especula sobre sus puntos débiles; luego la tienta para saberla, cata, la penetra; se deja uno envolver, se deja llevar, saca algo en claro. Acá está la escritura. Entonces la realidad adquiere existencia: tiene un cierto sentido de acuerdo con la mirada, con la acción, con la medida.
Sin duda intervenimos la realidad, como el cirujano: no será lo mismo después de la operación. Incluso, como nos lo han hecho saber los físicos (tomemos estos datos con las debidas licencias poéticas), nuestras indagaciones ya interfieren con el objeto: muta por la mera acción de interrogarlo, de calar en su condición para saber su consistencia. Y el investigador asimismo muta —o debería—: se supone que algo habrá aprendido: porque tampoco seremos ingenuos creyendo que cada pregunta ya infiere la realidad: puede estar mal formulada, pueden ser falsas sus premisas: acabará en maneras peores que la ignorancia. Cuando se inquiere la realidad se espera una transformación, un discernimiento; no juegos de palabras huecos, mixtificaciones, sofismas.
(Reviso el párrafo: parecen estarle saliendo pelitos y patitas. “Cada pregunta ya infiere la realidad”: sí, pero debería haber dicho ‘infiere alguna cosa o acción en la realidad’ en el sentido de que la hiere, que pone algo dentro de ella; ahora bien, en la acepción de la voz ‘inferir’ en cuanto deducción se está usando el término ‘realidad’ como sinónimo de verdad: no siempre significan lo mismo. Pongamos el error: se añade al cúmulo de objetos, sí, ahí está, arrojado como una basura: es decir, a pesar de que no deja de ser-lo-que-sea, no debe olvidarse su falsa condición: no corresponde a la verdad —no perdamos de vista que era una acción de interrogar, en este caso mal hecha, de la que se sigue su opinión—, así que la oculta, la olvida, la ignora: es una deformación. De ahí la pertinencia de revisar el modo en que usamos los vocablos y la horma con que los ordenamos, para evitar los desconciertos —a menos que el desconcierto se quiera y se haga, claro, con todas las de la ley: se trasgrede el lenguaje solo dentro de los límites del lenguaje; más allá, el sinsentido o acaso lo indecible—. No obstante, ambas significaciones, una vez distinguidas, apoyan la afirmación precedente: “el objeto muta por la mera acción de interrogarlo”: sea que se le haya inferido algún daño o bien que de él se traiga —ferere, ferir— al intelecto la verdad: aquello que el objeto es. Así volvemos al origen: cuando conocemos, identificamos: cosa, verdad, ser: conceptos, palabras, realidad: instrumentos con que empezamos a señalar las cosas, marcas que dejamos en los rasgos del mundo: damos forma —o deformamos.) (Otra: “aquello que el objeto es”: cuando se rozan las vaguedades de este verbo, huérfano de especie, se ha llegado al punto de regresar a la precisión. Où l’Indécis au Précis se joint.)
Adorno alerta en su Dialéctica negativa sobre una de las aberraciones más comunes de los filósofos y sus epígonos: no es lo mismo la realidad que su concepto y cualquier concepto de la realidad, por más universal, vasto y comprensivo que pudiera llegar a ser, siempre será menos que ella.*
There are more things —escribió Shakespeare—: hay más cosas en el firmamento de las que tu loca imaginación alcanza.
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Ahora: si el poema nos revela esa cosa que somos, ¿se debe a que el poeta es “la boca de Dios” como quería Rilke?; ¿es, acaso, un privilegiado de los dioses?, ¿viene la divinidad a susurrarle las verdades?
“El conocimiento vacilante que tiene Cervantes de la que es, en mi convicción, radical esencialidad poética de su obra prosística mayor, se corresponde, poco menos que punto por punto, con el “no saber sabiendo” de San Juan de la Cruz, que estaba poseído por una inocencia análoga: creía que estaba hablando únicamente de la experiencia mística, pero también estaba definiendo, con una precisión hasta ahora insuperada, la experiencia poética. […]
”Me interesa precisar aquí que el pensamiento específicamente poético se distingue del pensamiento discursivo, reflexivo o de cualquiera otra especie, en que procede de lo Desconocido —de lo desconocido incluso por el propio poeta— y en que lo revela; en que realiza lo irreal; en que puede crear lo que no existía; y en que se hace presente precisamente en un instante en que se produce la disolución de la normativa común del pensar.”**
A sabiendas de sus límites y sin saber a bien en qué horizonte se ha parado —sea la silenciosa residencia del pensamiento, sea el salado Yunque del Sol—, el poeta escucha —vicisitudes, inquisiciones, perplejidades—, entona con su voz, escribe como si fuera el primer hombre.
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* Compúlsese en ese libro “La marcha del mundo”.
** Antonio Gamoneda, al recibir el premio Cervantes el 23 de abril de 2007. Cursivas mías.









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