Gregorio Cervantes Mejía
En Diario de la guerra del cerdo Adolfo Bioy Casares registra un proceso íntimo y silencioso. Un dolor de muelas detona en Isidoro Vidal (el protagonista) la conciencia de que tanto él como su grupo de amigos han dejado de ser unos “muchachos”, aunque sigan refiriéndose a sí mismos con ese término.
“Vidal acudió al consultorio esa tarde. Restregándose las manos, el dentista le explicó que a cierta edad las encías, como si fueran de barro, se ablandan por dentro y que felizmente ahora la ciencia dispone de un remedio práctico: la extirpación de toda la dentadura y su reemplazo por otra más apropiada.”
Lo que pareciera un dolor de muelas común, aunque molesto y persistente, resulta ser la rendija por donde irrumpe el paso del tiempo. A partir de ese momento, Vidal repara en esas señales de su propio envejecimiento y de su grupo de amigos: el encanecimiento del cabello, la flacidez del rostro, la aparición de manchas en la piel, una mayor sensibilidad ante los cambios atmosféricos… Señales antes imperceptibles porque —como bien lo señala François Jullien en Las transformaciones silenciosas— envejecer es un proceso imperceptible: no lo vemos hasta que sus indicadores han alcanzado tal dimensión que irrumpen de manera estrepitosa en nuestra vida cotidiana y el tiempo, entonces, nos toma por sorpresa.
Tal vez porque estamos acostumbrados a concebir el tiempo como algo externo a nosotros, como un proceso objetivo (cosificado tal vez) que obedece al mecanismo de los relojes, a los ritmos laborales, a los calendarios, a los ciclos estacionales de eso que llamamos Naturaleza. Ni por asomo (hasta que éste se asoma, irrumpe) ponemos atención a ese tiempo que opera de manera silenciosa en nuestro propio organismo.
Sí lo vemos, seguramente, reflejado en los organismos de los otros: de pronto nos sorprendemos por la estatura que un niño ha alcanzado, por cambios en su fisonomía o en su razonamiento (“ya está grande”, “cuánto ha crecido”). Pero nosotros, que todos los días vemos nuestro rostro reflejado en el espejo, que cargamos con nuestro propio cuerpo a todas partes, pasamos por alto las señales hasta que su estridencia las vuelve inocultables.
Entonces empezamos a caer en la cuenta de la falacia del tiempo objetivo. Porque los relojes y los calendarios sólo marcan ritmos sociales, laborales, rituales en el mejor de los casos. Pero no los vitales. No ese cambio incesante que ocurre en cada una de nuestras células y del cual depende nuestra existencia, siempre breve y frágil.
Tal vez estamos demasiado ocupados, distraídos o confiados a lo largo de nuestra vida como para poner atención en esos procesos, automáticos en su mayoría. Quizá sólo en casos excepcionales (como la enfermedad, un fallecimiento, un nacimiento, un cumpleaños, el reencuentro con algún viejo amigo) reparamos en estos procesos. Y después, la dinámica cotidiana los vuelve a ocultar de nuestra vista. Porque, a la manera de ese Borges que protagoniza “El Aleph”, preferimos pensar —“con melancólica vanidad”— que “cambiará el universo pero yo no”.
Permanecer, no cambiar, encontrar en la persistencia de los hábitos y de los propios rasgos un refugio ante las transformaciones que nuestros propios procesos biológicos nos imponen. Porque tal vez de eso se trata, en el fondo: de empeñarnos en ser nosotros mismos, los mismos de entonces, los mismos de siempre. No esta carne cruda que de manera lenta y silenciosa se transforma, que cada tanto nos envía señales de esos cambios sólo para recordarnos que a pesar de todos nuestros empeños nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.









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