Günter Petrak
Miércoles 23 de diciembre; 10:30 de la mañana
Roberto Barroso, asesor contable, se concebía a sí mismo como un hombre feliz, su felicidad provenía de la seguridad del trabajo, la familia bien avenida (tenía una esposa muy atractiva, seis años menor que él, y un par de gemelitas que pronto cumplirían los ocho), el rutinario no darse cuenta, el no saber, el no pensarse demasiado las cosas. Quizá por eso decidió subir a su coche a aquel joven de la sudadera gris, con capucha, que aguardaba un aventón a las afueras de Cuautla. Tal vez, se dijo, podríamos tener una conversación amena los próximos cuarenta minutos, pero el muchacho resultó tener más pelos en la diminuta y escasa barba que se había dejado entre el labio y el mentón que ganas de platicar. Era aquel joven un tipo raro, sin duda, pero el contable no quiso forzar las cosas después de sus dos preguntas iniciales que se quedaron sin respuesta y prefirió dedicar toda su atención a la carretera, esa línea recta que como surco abría los cañaverales en dos. Imaginó su coche como una balsa, o mejor aún, una lancha de motor, cortando el agua entre manglares mientras las garzas, con sus largos picos amarillos y sus enormes patas negras, esperaban inmóviles a sus presas. ¿Cuánto tiempo había pasado en su escritorio desde que abandonó el puerto donde había nacido para establecerse en la ciudad de México y hasta este templado día? Veinte años, tal vez más… Y ahora conducía, sin prisa, su lujoso auto por la carretera a Puebla y gozaba del panorama como podría contemplarse un paisaje de José María Velasco, acompañado de un joven que de pronto despedía un irritante olor a sudor… en fin, era su buena obra del día, podría tolerarlo hasta…
Miércoles 23 de diciembre; 1:36 de la tarde
Sintió y escuchó el golpe como un leve “recargón”, así se veía incluso desde el interior del auto. La camioneta de adelante había frenado bruscamente y él no alcanzó a pisar el pedal antes del impacto. Giró la vista hacia el joven para preguntarle si estaba bien, pero éste, mirando al frente, impávido, habló por fin: Ah puch… ¿qué?, de dónde es este sujeto, pensó el contador Barroso y bajó del automóvil. El conductor de la camioneta ya estaba sobre la cuneta revisando su vehículo, lo miró a él y le preguntó si contaba con algún seguro de daños. Claro, respondió Roberto Barroso, con cierto aire de suficiencia y un fingido gesto de mortificación: Lo lamento mucho, aunque parece que no hay daños… No lo creo, aseguró el hombre, será bueno que llame a su aseguradora. Eso dijo el conductor de la camioneta mientras miraba el coche del contador Barroso. Y Barroso por fin lo vio, la parrilla rota, la tapa del motor abollada, desde la cerradura hasta la base del parabrisas y sólo quiso estar en casa, abrazar a sus gemelas, mirar la televisión cómodamente acostado en su cama. De pronto se preguntó si el haber alterado la rutina habría alterado también el mecanismo moderador de su existencia, su milimétricamente orquestada vida feliz. Quiso ver al joven en su auto con una especie de desconcertado reproche, como si él hubiera sido el culpable, pero ya había desaparecido. Lo buscó con la mirada en ambas direcciones de la carretera, en ambos carriles, pero sólo vio llanos secos, algunos árboles y la silueta, altísima, del Popocatépetl expulsando una efímera nube de ceniza y vapor.
Los cuarenta minutos de su imaginada charla con el autostopista se convirtieron en eternas horas de espera hasta que el ajustador llegó, tomó los datos de ambos vehículos y le dio al asesor contable la orden para entregar su coche en un taller de la ciudad de Puebla. Su auto, por lo menos, no parecía haber sufrido daños en el motor, así que con cierto enfado y no poca hambre, comenzó a conducir de espaldas al primer crepúsculo del invierno, en el día del solsticio del año de Dios de 2015.
Sin embargo, ese día parecía no ser un día de Dios sino de algún demonio. El lujoso automóvil del asesor contable Roberto Barroso arrojó de pronto, con un hiriente silbido, a unos kilómetros de la población de Atlixco, toda la carga líquida del radiador. Barroso se llevó las dos manos a la cabeza lanzando un bufido, y mientras hacía una respiración profunda oyó el zumbido de su celular. Era Martha, su esposa, a la que sin embargo no pudo hablarle con afecto, abrumado como estaba con tantas contrariedades. Y aunque al final logró tranquilizarse y tranquilizarla a ella, agregó a su ya de por sí abrumado talante la mueca inverosímil de un hombre que hace muy poco se sabía feliz y que ahora, asaltado de golpe por la realidad, debía decidir si llamaba nuevamente a la aseguradora para pedir una grúa o caminar unos metros hacia donde se habían encendido unas luces. ¿Por qué optó por lo segundo? Prefirió no preguntárselo, sólo tomó su portafolio, cerró con llave el vehículo y marchó quince minutos sobre el acotamiento. Después se felicitó por haber tomado esa decisión, pues las luces iluminaban un taller mecánico. El propietario no parecía ser un hombre de fiar, pero al asesor contable no le quedó más remedio que subirse a la destartalada camioneta del técnico y ayudarlo a amarrar una gruesísima soga entre la destartalada camioneta y su averiado vehículo de lujo. “Se lo tengo mañana a mediodía”, aseguró el mecánico cuando Barroso se encontró parado en medio de la nada oscura de la noche, como un náufrago en una frágil balsa. “Aquí cerca hay un motel, por si quiere…”, dijo el mecánico. Y el asesor contable se enfiló hacia allá, no sin antes guardar celosamente todos los documentos de su vehículo, su i-pad y su celular en el portafolio. También extrajo de la cajuela una chamarra que cargaba previsoramente y mientras caminaba, pensaba en lo feliz que había sido hasta esa mañana, se propuso llamar nuevamente a Martha y a sus hijas tan pronto se hubiera instalado. También agradeció a Dios porque, pese a lo azaroso de las circunstancias, sus problemas parecían tener pronto remedio.
El motel, de nombre algo extraño, Yum-Cimil, era espantoso, un sitio de paso, para camioneros. Barroso pensó que el encargado del negocio tendría reparos en recibir un huésped de a pie, por lo que demoró unos minutos en hacer un resumen de su situación y repitió un par de veces que deseaba la habitación para toda la noche. El encargado se limitó a darle una llave e indicaciones de cómo identificar el cuarto, pues no tenían números. También pidió el pago por adelantado, así que el contable Barroso sacó su billetera italiana del pantalón, extrajo un billete de doscientos pesos y le dijo al encargado que podía quedarse con los veinte pesos sobrantes como propina. El administrador tomó el billete, chasqueó la lengua y regresó a su silla en la diminuta caseta que hacía las veces de recepción. No había dado diez pasos cuando el asesor contable Roberto Barroso cayó en la cuenta de que no había comido nada desde el desayuno, de modo que regresó hacia la entrada del motel. Preguntó si había algún servicio de alimentos y por respuesta recibió un mango que le arrojó el encargado y que no pudo cachar porque tenía ambas manos ocupadas. Barroso creyó escuchar de la boca del administrador un gruñido parecido al ah puch que profiriera el joven de la sudadera negra y un leve escalofrío le recorrió la espalda. Con cierta humillación, colocó el portafolio en el suelo y recogió la fruta del piso.
La habitación era más horrenda que el hotel, diminuta, de una grisura helada, mal construida, sin pintar y con una cama desvencijada, sin cabecera, sobre la que colocó con cierto enfado su chamarra y el portafolio. La colcha roja era de un mal gusto supremo y estaba desgastada y sucia. Pensó que ni estando loco se metería debajo de esa colcha y se dispuso a lavar el mango que no había soltado aún, en el agrietado lavabo empotrado sobre la pared, a un costado de la puerta del escusado. Después se sentó al borde de la cama mirando hacia las cortinas estampadas con amarillas flores inexistentes y soltó un breve llanto que, por lo demás, resultó reparador y lo sumergió en una acogedora soñolencia. Ni siquiera pudo morder el mango antes de quedarse profundamente dormido.
Despertó perturbado por una extraña sensación producto de un sueño vago en el que un hombre con mirada de pájaro le decía oscuras palabras que él trataba infructuosamente de entender. Se levantó de la cama, corrió la cortina y miró por la ventana. Una luz mortecina iluminaba la cochera del cuarto de enfrente y ahí adentro, recargado sobre un muro, estaba un hombre con una sudadera gris, la capucha puesta y un cigarrillo en la mano. El hombre alzó de pronto la vista hacia la ventana desde la cual lo observaba el huésped y éste sintió el choque eléctrico de un sobresalto: era él, sí, el joven al que durante el día le había dado un aventón. ¿Ah puch? resonó en su cerebro, como si hubiesen sido las palabras que el hombre con mirada de pájaro le decía en su sueño. Otro sobresalto, agudo, casi mortal. El celular sonaba, era Martha.
A las 02:43 horas del jueves 24 de diciembre el contador Roberto Barroso volvía a conciliar el sueño, recostado en posición fetal sobre una sucia y ajada colcha roja de un motel de paso en la carretera Izúcar de Matamoros-Puebla, a unos cuantos kilómetros de la población de Atlixco. Yacía, vestido, con el traje de dos piezas, azul agrisado, una camisa blanca y corbata de franjas rojas, blancas y celestes, que no se había quitado desde que salió de casa. Los zapatos, de piel de cabra, negros, los había dejado a un costado de la cama.
Jueves 24 de diciembre; 9:38 horas
No había conexión a internet, ni en el i-pad ni en el celular. Ah puch, repitió, ¿estaba seguro de haber escuchado esa palabra o combinación de sonidos? No, quizá habrá dicho, el joven, ¡ah puta! Y él interpretó mal… ¿y si dijo pucha o púchica? Conocía esas expresiones de sorpresa, las había escuchado alguna vez en Centroamérica, donde viajó a impartir un par de talleres para administradores. Definitivamente debió haber sido eso, y entonces el joven era un migrante, pensó. ¿Qué hacía en el motel? Quizá se había hospedado también. Y el encargado, ¿había emitido la misma expresión o sólo lo imaginó? Abandonó sus meditaciones pues, mientras orinaba, se dio cuenta de que la regadera del baño estaba colocada apenas a unos centímetros del escusado, metro y medio arriba, y que si deseaba bañarse prácticamente debería hacerlo sentado en el retrete. Prefirió salir de la habitación. Tenía un hambre atroz.
Una hora después el asesor contable se encontraba sentado sobre una roca, afuera del taller mecánico, si es que podría llamarse de esa manera a ese espacio improvisado, cercado con ramas y cubierto con una variopinta colección de láminas de cartón, plástico, fibra de vidrio. Su talante no podía ser más digno de lástima, no se había aseado ni peinado, se había comido el mango que guardaba desde la noche pero seguía sintiendo hambre, un hambre que lo devoraba por dentro y por fuera. Tenía además el resabio de un susto, la preocupación de no haber visto su auto en el interior del taller cuando llegó. Sin embargo, la camioneta del mecánico sí estaba y eso le hizo suponer, con alivio, que quizá su auto ya estaba arreglado y que el mecánico había salido a probarlo.
Esperó con paciencia una hora y entonces se lamentó por no haber preferido llamar a la aseguradora nuevamente, cuando se vació el radiador de su vehículo. En eso pensaba cuando cayó en la cuenta de que se había olvidado el celular en la habitación del motel, así que regresó apresurado, casi a trompicones. El administrador hizo una mueca de enfado cuando lo miró pasar. El celular había registrado cinco llamadas perdidas, de su esposa.
Era la 1:42 de la tarde cuando Barroso se recostó en la cama en posición fetal, con el celular en la mano izquierda. No supo cuándo se asomó a la ventana porque escuchó un furor de graznidos y por encima de los árboles vio una enorme parvada de pájaros moviéndose agitada en dirección suya. La primera urraca se destrozó el cuello contra el cristal, él cerró los ojos, la segunda y la tercera sonaron casi simultáneamente, el resto fue como granizo estrellándose sobre un tejado de lámina… Esa pesadilla parecía ser la continuación del sueño con el hombre con mirada de pájaro… El administrador del motel golpeaba insistentemente la puerta. Temeroso, el asesor contable abrió la puerta. Debía desocupar la habitación o pagar un día más. Como un intento de gesto generoso, o responsable, el contador pagó un día más, pero tomó su portafolio, lo abrió, colocó en el interior su celular y su i-pad, lo cerró, cogió la chamarra, miró a su alrededor para asegurarse de que no olvidaba nada y se dirigió al taller.
El mecánico le explicó que había sustituido el radiador y la parrilla por otras piezas usadas. Sin pudor, le dijo que tenía un proveedor que las robaba, pero había tardado en conseguir las apropiadas para ese modelo de auto. Sólo había un pequeño problema: la cerradura de la cubierta del motor estaba torcida. Barroso le dijo que lo dejara así y le pidió las llaves del coche para guardar su chamarra y portafolio. Cuando abrió la cajuela un pungente olor le provocó náusea. En el interior había una plasta de vómito sobre el tapete protector del neumático de refacción. Enfadado, casi al borde de la ira, reclamó al mecánico. Éste, con un gesto cínico, comentó que le diera unos minutos para arreglarlo y se disculpó diciendo que había tenido visitas y que se habían emborrachado mientras él reparaba el auto. El asesor contable decidió asegurarse de que la llanta de refacción y las herramientas estuvieran aún en su lugar así que levantó la cubierta, no sin asco, y con la mirada hizo un recuento de piezas. Luego, a las tres horas con doce minutos de la tarde del jueves veinticuatro de diciembre de dos mil quince, el contador Barroso vio lo que parecía sangre seca, mucha sangre escurrida y salpicada desde uno de los extremos de la cajuela hasta el hueco donde se asentaba la llanta de refacción y ahí, en el borde, descubrió un par de dientes ¿humanos?… Sudor frío, debilidad, calambres, se suele pensar que experiencias como ésta pueden llevar a un hombre al borde de la locura, pero en este caso fue como si saliera de pronto de la demencia y tuviera un horrendo momento de cordura. Con parsimonia, Roberto Barroso, asesor contable y socio de una empresa contable, padre y esposo, ni ejemplar ni reprochable, ni juzgador ni culpable, ni victimario ni víctima, tomó su portafolio, cerró la cajuela de su auto y caminó hacia el motel donde había pasado la última noche. Algo lo atraía, le llamaba con una voz de tiempos inmemoriales, un graznido remoto, ajeno, ¿ah puch?…
Ahí, en ese cuarto, permaneció varias horas sentado al borde de la cama. Por la noche, la Nochebuena, se paró junto a la ventana, mirando a la oscuridad. El celular había estado sonando por intervalos, a lo largo de la tarde, hasta que se agotó la carga de la batería.
El contador Barroso miraba el garaje de la habitación de enfrente. Una luz mortecina iluminaba el interior. Con lentitud, volvió la vista hacia la cama vacía: “¿ves a ese hombre parado ahí, el de la sudadera gris, con la capucha puesta?”… Entonces sintió que el hombre que hace unos segundos estaba ahí, bajo la luz mortecina del garaje de enfrente, se paraba a su lado: “¿Estás listo?”
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José Günther Petrak Romero (Puebla, 1958) ha publicado artículos y ensayos en revistas nacionales e internacionales, además de tres libros de cuentos y una novela. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1998) y ha obtenido reconocimientos en varios concursos de cuento a nivel nacional. Su más reciente libro publicado es Eros desarmado (2016).









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