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Murakami y su satélite

· marzo 3, 2016

Fabiola Morales Gasca

 

La complejidad de las cosas, las cosas dentro de las cosas,

parece sencillamente inagotable. Alice Munro

 

Me siento relajada: es domingo. Por supuesto, me levanto tarde, tomo un desayuno ligero y empiezo a hojear el nuevo libro que compré ayer en una librería concurrida del centro de la ciudad. Hoy sólo me rodean cosas triviales, y hasta inútiles. ¿Y si a esto no le llaman felicidad, entonces no entiendo a qué se le puede llamar?

El libro que hallé es Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami. Leer debe ser siempre placer, igual que el verbo amar. Si nos apartamos de este axioma hemos perdido la visión sobre el deleite de vivir. Claro, la complejidad varía de acuerdo a la capacidad de cada uno, pero en lo personal creo que nadie debe de cuestionar la felicidad o la forma de vida elegida por cada quien. Hay personas que se esclavizan durante años en vicios o adicciones (incluso, malos amores) y viven en la absoluta y aberrante felicidad, que otros serían incapaces de soportar. Todos podemos visualizar la plenitud de muy diferente manera, pero todos deseamos la felicidad a raudales. La vida, como la felicidad está integrada por cosas simples y vanas. Si pensamos en literatura, tal vez para muchos intelectuales Murakami sea un escritor trivial que, por supuesto, se ha quedado en la banca del Nobel. Parecerá simple y nada sofisticada su escritura, pero eso no demerita que los libros de este hombre estremezcan las mentes e ideas de adolescentes de varias partes del mundo. Sus novelas están impregnadas de ese algo que hace recordar sobre cómo la vida se significa a través de elementos triviales que nutren el día a día.

Si uno lee a Haruki Murakami por primera vez, queda la fresca sensación de que su escritura es como el aleteo de un ave: es tan trivial y común que no hay nada que descubrir bajo su prosa. Pero si vemos el contexto general, volar por sí mismo ya es un milagro. Así es el ave muda de las letras de Murakami que vuela placentera en la mente de miles de sus seguidores. El autor japonés siempre nos engancha con situaciones de jóvenes enfrentándose al mundo. Otros elementos importantes, como el amor y la música, se tejen para grabar en sus historias el sello que caracteriza al famoso autor. Ése es el milagro que nos vende Murakami en sus libros; la trivialidad y la cultura pop las vuelven mágicas, las tiñen con una fantasía que nos hace creer todo posible en sus historias. En lo personal, siempre que lo leo me divierto mientras mi mente se refresca de imágenes cotidianas y situaciones comunes que ocultan mucho de la soledad humana y la necesidad de llenarla.

El mundo, tal y como lo conocemos, está integrado por situaciones complejas que los científicos en intenso afán buscan simplificar en hechos triviales. Ecuaciones matemáticas, modelos y sistemas, a veces mucho más complejos, buscan representar la realidad, intentan reducirla; rastrean alternativas y remedios a los males que nos aquejan. La naturaleza de la mente humana es sintetizar todo lo que se piensa. No importa qué tan inmensa e interminable sea una reflexión, el cerebro siempre la trasladará a un simple pensamiento.

Sputnik, mi amor, novela publicada en 1999, muestra personajes indelebles por su aparente naturaleza simple pero que, a medida que avanza la historia conmueven por su complejidad. La historia gira alrededor de tres personajes K., Sumire y Myû, quienes se buscan desesperadamente intentando romper el eterno viaje circular de la soledad, como satélites en el infinito cosmos. La idea del satélite ruso Sputnik orbitando en el espacio y las relaciones interpersonales se ve reflejada: “Y entonces lo comprendí. Habíamos sido unas magníficas compañeras de viaje, pero en definitiva, no éramos más que dos solitarios pedazos de metal trazando su propia órbita cada una. Desde lejos parecían bellos como estrellas fugaces. En realidad, sólo éramos prisioneras sin destino encerradas cada una en su propia cápsula. Cuando las órbitas de los dos satélites se cruzaban casualmente, nos encontrábamos. Quizá simpatizábamos. Pero sólo duraba un instante. Momentos después volvíamos a estar inmersas en la soledad más absoluta. Y algún día arderíamos y quedaríamos reducidas a nada.”

El narrador de esta historia, el joven K., profesor de escuela primaria en Japón, nos cuenta la historia de su amiga y amor imposible, Sumire. Ella, quien es al principio compañera de K., deja la escuela para ser una novelista, sueño que no logra concretarse por su incapacidad de escribir al tener tantas historias en su cabeza y por su necesidad de experimentar la vida y cosas tan triviales como el trabajo. Sumire, quien ignora todo tipo de amor y deseo se ve atrapada en ellos al conocer a una mujer dieciséis años mayor que ella, llamada Myû. La visión de Sumire sobre la soledad definida como un perderse y experimentarse para encontrar su identidad y conocer sus capacidades se ve fracturada ante la llegada del amor. Sumire nunca confiesa sus sentimientos y admiración a Myû durante semanas por temor al rechazo. Pero es en un viaje a una isla griega y sobre el mar Egeo, que ella demuestra su amor a su jefa Myû, quien incapaz de corresponderle en sentimientos y pasión por una experiencia desagradable sufrida años atrás, la rechaza. Sumire, tras el amor negado, desaparece y Myû no pude encontrarla. Llama a K. para que la ayude a buscar a la muchacha; la búsqueda es inútil y la desaparición inexplicable. Desconcertado, K. finalmente regresa solo a Tokio y se da cuenta de que, habitando el mundo real, es posible a veces entrar en una especie de universo paralelo donde la gente se ve a sí misma haciendo otras cosas. Ver, oír y sentir en ese mundo es tan irreal como esfumarse cual humo. Sumire reaparece en una noche cualquiera.

¿Quién no quisiera estar así, en un universo paralelo o alternativo? ¿Quién no quisiera hallar la puerta que nos abra dicha dimensión, donde, al otro lado de ese mundo es posible que ocurra lo que en este mundo no es posible que nos suceda?

Murakami en Sputnik, mi amor nos hace posible creer que existe esa puerta y esa dimensión donde lo real y lo irreal, donde lo trivial y lo complejo se unen. Murakami no necesita el Nobel mientras nosotros, sus lectores, vayamos de la mano a ver el desdoblamiento de sus personajes, flotemos en mundos paralelos y pasemos de lo complejo a lo trivial sin ningún problema.

Me permito terminar con una cita de esta novela. La sencillez o complejidad ustedes la ponen.

“En nuestra vida imperfecta las cosas inútiles son en cierta medida necesarias. Si de la imperfecta vida humana desaparecieran todas las cosas inútiles, la vida dejaría de ser incluso, imperfecta.”

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