Mariela Arrazola Bonilla
Ante los últimos datos de asesinatos de mujeres embarazadas en el estado de Puebla, me parece apremiante indagar un poco para tratar de entender el o los problemas de fondo detrás de estas muertes absurdas y que como sociedad nos consternan. Para ello conviene hacer una revisión del estado de las investigaciones académicas sobre este tema, aunque me distraiga levemente de lo que me ocupa en mi columna.
El primer dato que arrojan es que el tema está poco estudiado. Además, el tipo de metodología científica desde el que se hace el estudio sesga los resultados. Por ejemplo, si la investigación se realiza desde la perspectiva de los estudios de género, inmediatamente salen a la luz conflictos de tipo simbólicos.
En las sociedades patriarcales la mujer no vive en una situación de equidad y por ende es víctima de violencia. No obstante, estudios de orden macrosocial indican que aun en países donde hay equidad de género y las relaciones patriarcales se han desdibujado más, persiste la violencia contra las mujeres.
Distintos actores en la ciudad exigen que se declare alerta de género en Puebla, mientras que la experiencia de otros estados donde esta alerta se ha emitido indica que realmente contribuye a poco, pues consiste en entablar una mesa de diálogo para generar mecanismos para frenar la desigualdad. ¿Será que legislando podamos cambiar la realidad? No lo creo.
Me parece entonces que lo primero que debemos hacer es entender que este problema es, antes que otra cosa, una cuestión de salud pública y que, a pesar de que los estudios científicos que se han realizado puedan presentar fallas, aportan al menos factores de riesgo que son claramente identificables y que sirven para prevenir. Se trata, entonces, de comenzar por informarnos acerca de lo que significa e implica la violencia contra las mujeres por parte de su pareja íntima (intimate partner violence), que es lo que ha ocurrido en Puebla, pues sabemos que el enemigo compartía la misma alcoba. No como los casos de feminicidios en Ciudad Juárez; ése es otro tipo de violencia que sí involucra cuestiones de género.
Foto: “Eco Republicano”, Radiografía del feminicidio:
http://www.ecorepublicano.es/2015/07/asi-matan-las-mujeres-en-mexico.html
La violencia hacia las mujeres es un problema mundial, no sólo local
La violencia en contra de las mujeres, en especial aquella cometida por su pareja, no es un problema privativo de los países latinoamericanos o aquellos en vías de desarrollo. La violencia en contra de las mujeres persiste en todo el mundo al grado que la Organización Mundial de Salud (OMS) afirma que la violencia contra las mujeres se da en un amplio rango de contextos geográficos y culturales (García-Moreno, Jensen, et al.). El reconocimiento a la seriedad del problema se dio en 1995 durante la Cuarta Conferencia Mundial de Mujeres en Beijing. Los estudios presentados por 35 países dejaron en claro que entre un 10 y 52% de las mujeres encuestadas habían sido maltratadas físicamente por una pareja un algún momento de su vida y entre un 10 y 30% habían sido objeto de violencia sexual.
Posteriormente, en aras de precisar los hallazgos, entre el año 2003 y 2005 la OMS junto con otras instancias internacionales realizó otro estudio que arrojó datos significativos. Se analizaron 10 países y se ahí se desprende que:
Entre 15 y 71% de las mujeres reportaron haber sido objeto de violencia física, o violencia sexual o ambas. Esta información coincide con las cifras de países industrializados y confirman que la violencia por parte de una pareja es una experiencia común a nivel mundial y que las mujeres corren más riesgo de ser víctimas de una pareja que de otro perpetrador.
Además, los tipos de violencia dentro de los que caen estos reportes clasifican dentro de la categoría de severa, aunque los patrones de violencia varían de lugar en lugar: la violencia puede ser física, sexual o psicológica.
De manera particular, en México se tienen varios estudios regionales que corroboran que la violencia contra las mujeres embarazadas oscila entre un 20 y 40%.
Mujeres embarazadas asesinadas presuntamente por sus parejas en Puebla:
http://www.ndmx.co/2016/02/23/cedh-indiferencia-complice-frente-a-los-feminicidios/
La violencia contra embarazadas en México
La violencia contra embarazadas en México no se debe al embarazo: comienza antes. El estudio de Castro, Lek-Asa y Ruiz realizado en algunas ciudades de México señala algunas de las causas detrás de la violencia contra mujeres embarazadas. Puntualmente indica que rara vez el origen de la violencia comienza con el embarazo. Entre las mujeres entrevistadas en clínicas de salud pública, la existencia de violencia en general por parte de una pareja íntima era similar antes y durante el embarazo con un 24.4 y un 24.6% respectivamente. Lo que variaba era el tipo de violencia experimentada, pues al comenzar el embarazo cesaba la violencia física y sexual pero se incrementaba la psicológica.
Las variables asociadas con la violencia durante el embarazo eran: la edad de la pareja, circunstancia que demostró que entre más joven es la pareja, más violencia permeaba la relación; la condición de ama de casa, también relacionada con mayores índices de violencia; el hecho de que el hombre estuviera desempleado incrementaba también la cantidad de violencia, así como el estado socioeconómico de ambos. Además, se demostró que se experimentaba más violencia si coincidían dos variables: que la mujer hubiera presenciado violencia cuando era niña aunada al hecho de que el hombre, por su parte, hubiera sido maltratado de niño y hubiera presenciado violencia.
A partir de los resultados, estos autores concluyen que una gran parte de la violencia en la relaciones de adultos es aprendida durante la infancia. Es decir, los patrones se repiten generacionalmente, la violencia se normaliza, y por eso se tolera.
Un dato importante que debemos rescatar de este estudio es que todo indica que el abuso físico anterior al embarazo ayuda a predecir un tipo de maltrato inminente durante el embarazo.
Factores de riesgo: más vale sola que mal acompañada
En el imaginario de los mexicanos la mujer realizada, admirada y satisfecha es la que se casa y tiene hijos. Por eso en Televisa cada final de telenovela termina en boda o en unión, así como en otros productos culturales. También en el teatro se promueve la idea: No seré feliz pero tengo marido es la obra que estelarizada por una de las Pinal. Esta sociedad exige a la mujer la alianza, aunque resulte mortal. Frases como porque te quiero te pego, es mi cruz o bien, prefiero llorar en mi camioneta que llorar en la banqueta, revelan cómo nuestra comunidad acepta el sometimiento a la infelicidad en aras de mantener la unión.
Lamentablemente, la violencia se convierte en cotidiana y permea tanto que dejamos de verla como violencia. Frases como no quiero que trabajes, o acciones como el que la pareja se enoje porque la cena no está a tiempo, que haga berrinche porque no se hace su voluntad, o que le digan a una que es fea o gorda, que le controlen el gasto y sean tacaños con los gastos del hogar, que le digan a una que sin él no son nada… son violencia. No es sólo que ya no le gustas y tienes que esforzarte para reconquistarlos, es que la unión ya está permeada de comportamientos violentos… y hay que salir de ahí.
Riesgos
Aunque generalizan, algo aportan a la hora de tomar conciencia sobre en qué relación está una metida.
Estrés económico: Las mujeres sin acceso a un empleo están en mayor riesgo, tienen menos posibilidades de escapar y ellas son más propensas a ser violentadas, pero también las mujeres que tienen un mejor empleo que el marido. El desempleo y la pobreza crónica causan estrés económico. Cuando los maridos pierden recursos o dejan de ser el principal proveedor de la familia hay altas posibilidades de violencia.
Nivel de estudios: Estudios de España y Latinoamérica señalan que las mujeres con bajo y medio estatus educativo y menor estatus socioeconómico presentan mayores tasas de violencia por parte de un compañero íntimo.
La masculinidad como oposición a la feminidad: Otro factor de riesgo es a nivel simbólico. No se puede ignorar la proposición según la cual la construcción de la masculinidad en una sociedad donde los roles tradicionales se desdibujan conlleva intentos por recuperar el control, el poder dentro de la pareja: la masculinidad se consigue oprimiendo al otro, al opuesto, a la mujer. Los niños no lloran, aguántese como machito, eso es de viejas, tenías que ser vieja… En nuestra cultura abundan las frases que día a día las madres y padres repiten a sus hijos.
La equidad de género puede ser otro riesgo: En sociedades con altos niveles de equidad de género la violencia contra las mujeres ha ido en aumento; tal es el caso de países como Dinamarca, Finlandia y Suecia. Por ello es que resulta absurdo emitir una alerta de género. No sólo es la falta de simetría entre los géneros, el problema subyace en muchas variables que se intersectan para generar las condiciones propicias para llevar la violencia al límite.
A raíz de la simetría de géneros, las mujeres también son perpetradoras de actos violentos en contra de sus parejas. Estudios hechos en universidades mexicanas y americanas señalan que 33.7% de los estudiantes universitarios han agredido físicamente a su pareja, sea hombre o mujer. No obstante, el daño causado por los hombres a las mujeres es significativamente mayor (Strauss y Ramírez).
Cómo detectar la propia vulnerabilidad
Hay varios índices con preguntas muy específicas que pueden ayudar a ver en qué situación se encuentra una persona. Como el índice de violencia en la pareja, INDEX OF SPOUSE ABUSE, que se puede encontrar traducido al español en http://www.msssi.gob.es/organizacion/sns/planCalidadSNS/pdf/equidad/genero_vg_02.pdf; otro es la escala de severidad de la violencia contra la mujer Severita of Violence Aginas Tomen Sale, que se puede descargar desde el sitio http://www.midss.org/content/severity-violence-against-women-scale-svaws
Preguntas tan sencillas como qué tan a menudo tu pareja golpea una puerta cuando se enoja o azota la puerta, o aseveraciones como “mi pareja cree que yo no debería trabajar o estudiar” permiten darse una idea del tipo y nivel de violencia en que se vive.
Twitter @MarielaArrazola









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