Rosalía Genis Velázquez
I
La encontré tendida. Entre todas sus notas y esbozos allí estaba al fin, devorada por la angustia. Horas antes, el rostro desencajado, el dolor brotando por cada uno de sus poros. Su quebranto era una purga, un parto, un ir y venir de máscaras. “Esta mujer no llora, se desangra. Es al mismo tiempo prostituta, caníbal, virgen violada”, dijiste.
Ahora tenía de más, unos surcos trazados en la cara y dos pulseras de pintura roja en cada una de sus palpitantes muñecas. Dejé caer mi charpe sobre su mano seudoinerte y me apresuré. En el umbral comprobé mi hipótesis: estaba dormida; el rítmico sube y baja de su estómago me lo indicaba, así como sus ojos de péndulo, agitados, nerviosos, luchando por despertar. No lloré: tantas escenas similares enseñaron a mi pecho a constreñirse y a economizar ese líquido salado que ella, sin ningún pudor, derrochaba. Después de un tiempo de ensueño, salí de mi sopor. Me pareció estar ahí días enteros contemplándola en ese trance. El miedo a perderla se iba diluyendo poco a poco. De hecho, sabía que todos esos performances estaban destinados a eso; eran ideados exclusivamente para mí. Quería acostumbrarme a esa trágica escena, para que alguna vez irremediablemente la encontrara muerta. Me preocupaba más esa especie de sonambulismo en el que ella había convertido mi existencia. Una vez desperté en el jardín. Fue en aquella época cuando le dio la euforia por los collages y se pasaba las horas hurgando, recogiendo papeles marchitos, latas oxidadas, muñecos destrozados.
Esa ocasión regresó contenta, había encontrado en la calle principal, incrustado en una alcantarilla, una especie de crucifijo de madera, un “algo” en forma de cruz, con ese aire vetusto de materia corrompida que tanto le impactaba. Me instruyó sobre la óptica que debía dar a su descubrimiento, a “eso” que para mí sólo era un pedazo de madera más propio como avión que como misterio. Desde ahí empezó su enojo; luego vino lo de todos los días: el afán doméstico que tanto detestaba, la comida, los trastes, mi ropa sucia; prácticas que la distanciaban del mundo subjetivo en el que habitaba y en el que lentamente me incluía. Se alejó despotricando no sé cuánta cosa; enfurecida, fuera de sí. Caminé detrás de ella, pero en ese estado circular que paraba estratégicamente en el llanto, ella nunca atinaba a voltear su angulosa cara. Después ya sé: encerrarse en el baño, la sorda procesión de golpes, tirones de cabello, la lluvia escandalosa de la regadera y yo, en la mirilla de la puerta, buscando su posición fetal, el temperamento de cochinilla de mamá.
Salió a la noche a recolectar no sé cuánta estrella y yo ahí, minino en busca de luz.
Decías: “Las mujeres que sólo pintan bodegones o naturalezas muertas, han de tener sólo eso en la cabeza…” Reías. Tu risa era mi globo, un rehilete, un día de fiesta; y lo aprovechaba para unirme a ti, para estarme quietecito a la hora del trabajo, sentado tímidamente al filo de la silla, con mi traje de arlequín y mirada ausente.
Misteriosamente estoy en mi cama, el calor de los sarapes me hace sentir protegido. Te veo atravesar trémula por mi recámara, en tu diario viaje fantasmal que esta vez culmina en el espejo. Aún traes las pulseras y las marcas en la cara. Pareces un apache. Te ves y haces como si el espejo te convidara a otra realidad; ves más allá del reflejo. Palpas tu cara hinchada, llenita de agua. Tus ojos de sapo te dan la sensación de que el mundo es más pequeño. “Quizás exageré”, piensas. Te acuerdas de mí; después del dolor sigo yo. Siento tu mano tibia y viva alisar mis cobijas, siento tu delicadísimo beso, tu geométrica respiración. Te siento como una madre. “Morir es soñar”, dices.
II
Jolie Eva sigue siendo la misma, por lo menos eso intento desde que mi madre, después de mil muertes definitivamente murió. Trato de conservarla como ella la dejó y sólo agrego lo poco de mi producción que no sé si por genética o por lealtad es muy parecida a la suya.
Aún late aquí el mismo, el eterno corazón en huelga de mamá. Por muy pocos espacios destellan otros colores que de vez en cuando se permitió, más allá de los trazos rojinegros. Sus cuadros fueron así, no raros, sino lastimeros, diría, muy suyos, mezcla de cubismo y desasosiego. Con el infaltable signo de su queja, de su protesta, no tuvo otra etapa que el bermellón y el negro. Con ellos recorría el sórdido camino de la pasión, de la guerra, de la fractura ideológica. Casi todos están aquí adornando a Eva.
Durante mucho tiempo, mi favorito fue su Casa de muñecas, no sólo por el aire tan dulce y especialísimo que logró en la mirada de cada una de sus tres damitas, sino más que nada porque en la lista interminable de nombres de mujer que ella minuciosamente escribió debajo de ellas, me encantaba localizar, para después volver a perder, los nombres de mi tía, de mi maestra; el de ella lo tenía perfectamente ubicado, ya que iniciaba, casi sobreponiéndose a la leyenda “La casa que nunca duerme, que arde de noche”. Más tarde comprendí —tal vez alguna noche cuando ella derramó más lágrimas— que no era una “casa” sino un putero y que mis muñequitas ingenuas no eran más que pobres zorras seduciéndome. Entonces, definitivamente, volqué toda mi admiración hacia su Pablos, lo colgué justo en el muro frontal, para que a cada entrada, esos cuatro ojos, los unos melancólicos, los otros impulsivos, me inyectaran a cada regreso de su pasión. Con unas cuantas líneas pudo definir el dolor e innecesariamente escribió: “Puedo hacer los versos más tristes esta noche”.
El restirador está intacto. En la cajita de madera aún guardo la foto de ese remoto ser que me engendró, unas cuantas monedas caducas que dejó de usar, cuando dejé de jalonear su camisola. Pinceles, gubias, dos o tres pastillas secas de acuarela con las que me instruía y aquel charpe doloso que tal vez guardó como seguro testigo de mi asistencia a su muerte de performance.
Logré hacer de “la Jolie” lo que ella siempre deseó, una especie de taller-casa muy singular. A su partida, no me quedó más que tumbar esas paredes inmensas que durante mi infancia, si es que la tuve, constituían un enmarañado laberinto por el que corría buscándola, siguiendo sus múltiples patas, para al fin encontrarla en el más recóndito rincón, haciendo telarañas con sus lágrimas. A veces ella también me buscaba.
Libre de paredes, “la Jolie” se volvió más relajada, menos paranoica; de un solo vistazo la tengo dominada; reducida a casi cuatro muros, la siento más libre, como más mía. Entre tanto recoveco mi madre se perdió en su adoración por Picasso. Esa idolatría, creo, estuvo fuertemente influenciada por este espacio: de dónde el dibujo plano si predominaban los ángulos. A ella misma siempre la vi de perfil, el entero entre nosotros no existía. Por eso lo espinoso y entrecortado; nunca algo coherente, a la hora de comer pintábamos, a la hora de dormir nos perseguíamos.
Sin embargo, hoy que estoy solo, entero, diría, y “linda Eva” horizontal, no me da por lo Rivera o lo Siqueiros, mis pies se acostumbraron a sus contritas pisadas y mis manos como pantógrafos se habituaron ineluctablemente a copiar sus mismos trazos. Así que ahora, la desparpajada “Jolie” salpicada de lamentos de mi madre, con un leve retoque de los míos; con bocas que gritan, suplican, se lamentan, lloran; con manos que arañan, reclaman, se sostienen o hieren; con dos ojos asiduos, permanentes; se han convertido cínicamente en nuestra catástrofe, nuestra guerra, nuestro propio Guernica.
“Jolie mamá”, aún sigo tras la pista de tu lamento, las paredes que tiré, la tierra en la que te encajé, el cuadro al que me aferro, no acaban con mi maniática búsqueda.
III
Después de todo, tu muerte fue lo peor que te pudo pasar. Tanto ensayarla, acomodando escenas, futureando sentimientos. De qué sirvió rasguear mis nervios al son de tu tétrica sinfonía, si tus días se acabaron en el Centro de Salud y no en el estridente marco de tus cuadros. Ni la soga, ni la navaja, ni el gas, fueron los que te victimaron. Qué pena. Verte morir deshidratada por la diarrea y no tísica por tanto cigarrillo o con las manos paralizadas cansadas de tanto pintar. Tu muerte no fue la de un artista, pero igual te desaguaste; y aunque el doctor diagnosticó “cólera”, yo sé que fue tu espíritu que sufrió el peor de todos sus retortijones.
Quizá eso fue lo que más me dolió, saber que hasta en eso tuviste mala suerte; motivos más para llorar en ultratumba, en tu nuevo valle de lágrimas. Tampoco fui yo quien te encontró. El vómito, los cólicos, la angustia verdadera, la corporal, hicieron olvidar tu habitual esquema de esperarme y de prolongar en mí tu agonía de pantomima.
Así que todo ese tiempo de ensayo, de advertencia, culminó para mí en el lugar más estúpido y de la manera más aberrante. Por eso nuestros pocos y abstractos parientes no pudieron dejar de sorprenderse cuando, en un ataque de nervios (según ellos) en lugar de llorar empecé a carcajearme. Cuando te sepultaron pasó lo mismo, tal vez porque yo esperaba para ti un nicho especial y espacial. “En esa tumba te vas a asfixiar, es muy estrecha”, pensé, y me reí acordándome de aquella vez que muy seria me pediste que no te dejara ahí, que te llevara a casa encerrada en una cajita hecha cenizas y sentí que habías subestimado el tamaño de la caja. Tampoco te llevé a casa. El panteón no es más que una fosa común.
Pero no lloré. Lloré hasta que sentí nuestro espacio invadido por seres enlutados y me sentí solo, sin ti; con gente rara hablando de nosotros, repartiéndose agua de Jamaica y café, observando de reojo nuestros cuadros.
Lloré cuando ya no te encontré retobando entre los pasillos con tu camisola, cuando ya no puede verte a través de la mirilla aconchada, dejándote mojar por la lluvia de la regadera.
Lloré cuando me asomé a tu taller y no encontré tu perfil empeñado, luminoso, entregado, y ya no vi tus manos dejando sus huellas sobre el papel.
Entonces sí, lloré. Sentí la angustia de haberte dejado allá abandonada y presa, de no poder abrazarte, de abrir puertas, husmear rincones y no encontrarte muerta. Sentí la angustia de saber que nunca más te encontraré sola, llorando, carcomiéndote.
Entonces sí, me amarré a nuestro cuadro de Picasso, a ése, al nuestro. Y al fin los distinguí, al fin los descubrí y comprendí por qué me decías que los ojos de esa mujer, eran como dos barquitos en naufragio y lloré, lloré, lloré.









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