Fabiola Morales Gasca
En esa tarde violeta yo vi el vuelo extraordinario del dragón. No era la primera vez que veía alguno, sólo que su tornasol lo hacía peculiar en cuanto a otros dragones en su natural estado.
Aquélla era una tarde de junio cualquiera, con el cielo despejado. A lo lejos nubes rosas flotaban. Mínimas probabilidades de lluvia.
Me armé de valor y con la casi nula experiencia que poseía, enfrenté al dragón. Sólo bastó un instante de distracción para que abriera ante mí su boca, de la cual el fuego encriptado en palabras penetró y abrasó mi alma.
Demasiado para ese atardecer violeta. Mucho antes de que saliera la luna yo ya había sentido la mordida del dragón sobre mi cuello.









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