Antonio Bello Quiroz
Franz Kafka señalaba muy puntualmente que “hay dos pecados humanos principales, de los que se derivan todos los demás: impaciencia e indolencia”. Cómo no tener presente la sentencia del escritor praguense cuando se intenta abordar algo de la vida y obra de un escritor universal como resulta ser Michel de Montaigne, hombre que se ha mantenido presente desde hace varios siglos, mismos en que ha ocupado el reinado en el linaje de los escritores que aventuran su búsqueda por los caminos del ensayo, ese género de escritura que coquetea tan abiertamente con la filosofía y la ficción literaria. Sin embargo, aun estando apercibido, difícil resultará que no cometa aquí alguno de los dos pecados señalados por Kafka, por lo que desde ya solicito su indulgencia.
Los ensayos de Montaigne fueron escritos episódicamente; son, en ese sentido, reflejo fiel de los vaivenes de su pensamiento, testimonio claro del abigarramiento cultural que vive el hombre que para escribir decide “apartarse del mundo” y encerrarse en su biblioteca; escribe en soledad, pero no sin compañía, su prosa está cargada de citas provenientes del mundo greco-latino, lo que por otro lado no resulta extraño en un hombre culto de la Europa renacentista. Montaigne, desde su torre, mantiene un diálogo con el mundo ausentándose de él; sin embargo, no lo hace sin brújula. Cinco años después de renunciar a las solicitudes de sus cargos en la vida pública, Montaigne hizo acuñar una medalla con la pregunta ¿Qué sé yo? Pregunta con la que se permite incursionar en lo más profundo de sí. Al tomar su propio yo como objeto de análisis, lo hace con la finalidad de que sus observaciones sean útiles a los demás y se ampara en la idea de que todos los hombres llevan en su interior la forma entera de la condición humana. Para lograrlo se propone exponer sus faltas sin “omisión ni paliativo”.
Así, ante los ensayos de Montaigne resulta inevitable encontrar que las interpretaciones de su obra oscilen entre la formulación de una “sabiduría” armada, por una parte, por un reconocimiento a lo mejor de la humanidad, ilustrada por las aportaciones de la cultura literaria clásica; y, por otra, la formulación reiterada de un escepticismo melancólico y desengañado que lo lleva al aislamiento, lo que pudiera significar, al mismo tiempo, que ha asumido las ideas socráticas de la imposibilidad de hacer que la virtud sea la norma de vida de las colectividades organizadas, como esperaría el escritor francés que escribe montado en una moralidad que pretende entronar en la conducción de lo humano. Sosteniendo esta doble y contradictoria postura, Montaigne sería el prototipo del espíritu moderno.
Montaigne publicó sus primeros ensayos en 1580, después de haber renunciado a la función de alcalde; la distancia en el tiempo hasta nuestros días resulta ser significativa, por lo que sus escritos pueden ser tomados con facilidad como precursores de lo que el conocimiento habría de generar en los siglos subsecuentes. Sin embargo, todas las referencias que lo ubiquen como precursor de algo deberán de ser necesariamente ambiguas: así, por ejemplo, con relativa facilidad lo podríamos señalar como precursor de la psicología en tanto que hace, así lo declara, trabajo de introspección con la finalidad de que la sociedad más inmediata se sirva de sus reflexiones; lo mismo puede ser tomado como precursor de la educación como forma escolar; al respecto señala: “No es de extrañar que aquellos que, según nuestras costumbres, intentan educar varias inteligencias de muy diversas medidas y formas, con la misma lección e igual procedimiento de conducta, encuentren apenas dos o tres en toda una población de niños que recojan algún fruto de su enseñanza.” En el mismo sentido, sobre su postura en torno a la educación señala Durkheim: “Montaigne no está lejos de alcanzar una especie de nihilismo pedagógico más o menos consistente. De hecho considera que el educador no puede influir en absoluto sobre lo que constituye el fondo de nuestra naturaleza. No se habla de cultura propiamente intelectual, de cultura que tenga por finalidad formar la inteligencia como tal.”
Toda nuestra escritura sería eso:
el afán por lo que jamás fue escrito.
Maurice Blanchot








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