Roger Martin du Gard
La puerta se entreabre. Un hombre se desliza en la tienda, a la manera de un mendigo que viene a calentarse en la iglesia. El ala de su abollado sombrero le cubre los ojos; una holgada capa acampanada cuelga de sus hombros. Parece un viejo actor famélico sin empleo; una de esas ruinas de la bohemia que encallan, una noche de apuro en un asilo nocturno; o bien uno de esos parroquianos de la Biblioteca Nacional, uno de esos copistas profesionales de dudoso aliño indumentario, que dormitan a mediodía sobre un infolio después de haber desayunado una medialuna. ¿Acaso un fraile que ha colgado los hábitos? ¿Un exclaustrado con mala conciencia?…
Pero todos se le acercan; debe ser alguien de la casa. Se quita la capa y el sombrero; su traje de viaje, gastado, no parece caerle a plomo sobre su cuerpo desgarbado; un pescuezo de pájaro viejo se le escapa por el ancho y arrugado cuello postizo de la camisa, que se entreabre; la frente es despoblada; el cabello comienza a encanecer; unos mechones abundantes le cuelgan sobre la nuca, con el aspecto descolorido de los cabello muertos. Sus engañosas facciones de mongol, con los arcos de las cejas oblicuos y salientes, están pobladas de arrugas. Los rasgos son pronunciados pero blandos; la tez cetrina; las mejillas hundidas y mal afeitadas; los labios delgados y apretados dibujan una larga línea elástica y sinuosa; la mirada se desliza sin naturalidad entre los párpados, con breves destellos fugaces a los que acompaña una sonrisa un poco gesticulante, infantil y socarrona, tímida y afectada a la vez. Schlumberger lo conduce hacia mí. Me quedo desconcertado: es André Gide…
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Descubrí que, para dormir, se arrebuja en una especie de levita blanca, gruesa, esponjosa, que le llega hasta los tobillos como un delantal de panadero; ¡y se enrolla en la cintura una faja de seda de tres metros de largo, lo más ceñidamente posible, para comprimir el diafragma! Parece un mamamouchi fúnebre…
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Desconoce la risa franca. Pero cuando cuenta una historia cuyo sabor o comicidad lo alegra, su voz cobra un inaudito tono de tiple, alcanza un timbre agudísimo, luego se ahoga de pronto en un gluglú líquido; entonces, las mejillas se le hinchan de una salivación anormal; el labio inferior cae, con la punta por delante, se abre como pilón de fuente húmeda, mientras que, en la ranura de los párpados apretados, la mirada risueña, apenas patente, se clava en su interlocutor con una expresión de curiosidad y de júbilo intensos.









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