Antonio Bello Quiroz
Vuestras mujeres callen en las congregaciones,
porque no les es permitido hablar… Corintios 14: 34.
El odio a las mujeres es ancestral. La historia de la humanidad bien puede trazarse a partir del lugar (o no-lugar) que las mujeres han tenido en las diversas épocas. Una constante parece revelarse: nunca se ha sabido qué hacer con el horror que la condición femenina genera y que hoy, como en otros tiempos, se expresa en los feminicidios.
Hesíodo en su Teogonía narra el mítico y ejemplar castigo que Zeus infringe a los hombres a partir de que Prometeo les entregó el brillo del fuego: “y al punto, a cambio del fuego, preparó un mal para los hombres”. Manda a hacer a una mujer modelada de la tierra, con apariencia de doncella, de ojos glaucos y vestida con un adornado velo: “[…] y un estupor se apoderó de los inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los hombres. Pues de ella desciende la estirpe de las féminas mujeres. Gran calamidad para los mortales, con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con la saciedad”.
Encontramos en Una breve historia de la misoginia, de Anna Caballé, que un filósofo francés llamado André Glucksmann decía que el odio más largo de la historia, más planetario incluso que el odio a los judíos, es el odio a las mujeres. La misoginia no es un asunto de falta de educación o escasa cultura; por ejemplo, Alfonso X, El Sabio, escribía de las mujeres: “confundimiento del hombre, bestia que nunca se harta, peligro que no guarda medida”. Tampoco es cuestión de género, lo mismo se da en hombres que en mujeres; la escritora española Almudena Grandes escribe: “entre las escritoras de mi edad hay muchas que son unas petardas, que van llorando por ahí, convertidas en unas pobres chicas tiernas a las que los críticos quieren tocar el culo y se sienten acosadas sexualmente, y reclaman apoyo por ser chicas”.
La convivencia entre hombres y mujeres ha sido desde siempre complicada, sólo que el orden patriarcal les ha dado a las mujeres un lugar cerrado a la maternidad y así su discurso, su deseo, no es escuchado. Aunque no les resulta exclusivo, como ya dijimos, los hombres desde siempre han mostrado su desprecio por las mujeres, mejor aún, por la palabra de las mujeres. Los hombres no escuchan a las mujeres, esto es el fundamento de la misoginia o el odio a las mujeres. Las relaciones de dominio masculino se dan a partir de un rechazo a la palabra femenina.
Así entonces, el problema no es la misoginia, ésta ha existido desde siempre, el problema realmente grave es la negación o invisibilización de esta condición estructural del sujeto. Si se oculta no se puede hacer nada; es mucho mejor reconocer que nos afecta, y nos afecta a todos, hombres y mujeres.
Pero ¿qué es lo que no se escucha en las mujeres?, ¿qué es lo que produce tanto horror y rechazo a las mujeres? Quizá sea justamente que en el centro mismo de la constitución psíquica de la mujer se encuentra Nada. Lo indecible, lo que la acerca a Dios, y al Diablo, a lo real. Quizá por ello la tendencia a adornar el cuerpo femenino, a cubrirlo de afeites para velar esa nada que lo habita y constituye. Un cuerpo sin centro, un discurso sin sentido, eso es una mujer. La alteridad a todo discurso dominante. Y eso es justamente lo que se vive con recelo; no se sabe qué con ellas: ¡gozan demasiado! Esta condición de gozante sin límites es lo que no se soporta.
Esta condición gozante, insisto, no es nueva, ocurre desde tiempos inmemoriales, tal y como lo revela Ovidio en Las metamorfosis, donde nos cuenta de que Júpiter y Juno discutían acerca de quiénes reciben más placer en el acto carnal, es decir, quién goza más, si las hembras o los varones. Júpiter opinaba que eran las mujeres quienes más gozaban. Esto, si lo vemos bien, está en el fondo de toda discusión de pareja: quién ama más, quién hace más, quién da más. Cómo no se ponían de acuerdo deciden acudir al sabio Tiresias, que había gustado del amor bajo los dos sexos. Escribe Ovidio: “este sabio juez, nombrado para dirimir la contienda, se inclinó por la opinión de Júpiter”. Juno se ve descubierta y en castigo privó a Tiresias de la vista, pero como no es dado ir en contra de un dios, Júpiter en compensación lo hizo adivino.
Para Freud, la mujer se constituye a partir de un momento fundante que ocurre justo ante la percepción psíquica de la diferencia anatómica de los sexos: el penisneid o envidia del pene. Una pésima lectura de esta afirmación ha hecho que se pierda el sentido profundo de la misma, y que además Freud sea etiquetado con facilidad y mediocridad conceptual como misógino. La envidia del pene es agraviosa para lecturas de corte feminista y motivo de ataques virulentos al psicoanálisis. Vale aquí un intento de lectura que nos permita ir más allá de esa miopía.
Para Freud lo que le falta a la mujer no está en el orden de lo anatómico, a la mujer en lo real no le falta nada. Sin embargo, la diferencia en la constitución psíquica de los sexos se ubica entre “fálico/castrado”, la dialéctica del psicoanálisis se organiza en “tener/no tener”, mejor aún, se trata de tener o ser el falo, y es claro que el pene no es el falo, el pene es tan sólo el órgano que lo representa. El falo, en todo caso, es la erección. Hecha esta pequeña aclaración, es en el “ser” de la mujer, en lo que se convierte para tener acceso a “eso” (el falo) que le falta donde el psicoanálisis pone el énfasis de la feminidad. Si ella no lo tiene, entonces queda la vía de ser el falo; por donde se puede acceder a este significante que organiza la existencia y la sexualidad. Para la mujer, y ésta es su potencia, hay dos salidas: aferrarse a tener o bien ser el falo. Ser el falo implicaría encarnar aquello que al otro le falta. La mascarada de ser el falo implica que la mujer hace de su cuerpo el falo y se ofrece al otro como objeto de deseo.
El hombre, al estar del lado del tener, queda siempre amenazado de perder. Quizá por ello deba defenderse de aquella que lo amenaza con su demanda, y ahora podemos decir, con su demanda excesiva y enigmática. La respuesta es la huida, la impotencia, o la aniquilación (simbólica o real) de quien lo angustia con su demanda. Aunque a últimas fechas podemos ver que el hombre reacciona ante esta demanda haciéndose “feminista”, colocándose de “su lado”, el de todas, como si fueran iguales. Así, en lugar de escucharlas se identifican a una masa políticamente correcta. Desde luego, todo lo que se exprese como común, una causa común, como se dice, es masculino. Hacer causa común implica eliminar las diferencias y ésa es la raíz del odio a las mujeres: no se tolera que sean diferentes al discurso dominante.
Muy pocas cosas han cambiado en la historia de la humanidad con respecto a las mujeres, lo que ha variado, hasta casi pasar desapercibido, son las formas de la desmentida que el varón hace de la diferencia sexual; hoy procede identificándose con ellas para ocultar su desprecio a lo femenino. Se identifica con ellas para no escucharlas una a una.
Lejos estaría de decir que el psicoanálisis tiene la respuesta para la misoginia. Sin embargo, sí se constituye en un espacio, quizá el único en las sociedades occidentales, donde se escucha lo excluido, donde se escucha a las mujeres en su singularidad (así nació el psicoanálisis con Freud, en la escucha de las mujeres histéricas, y en Lacan escuchando a la locura), es decir, en lo propio de su deseo inconsciente. Su apuesta es justamente no ceder ante el horror a la castración que se encuentra en el origen del desprecio a las mujeres. El psicoanálisis le abre una perspectiva diversa a la pulsión de muerte.








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