Gregorio Cervantes Mejía
Pienso a veces en los libros —sólo en algunos, realmente— como viejos amigos con los cuales se ha creado cierta complicidad. Hablar de ellos resulta, entonces, hacer un recuento de cómo fue forjándose esa relación.
Supe de Pedro Páramo en la preparatoria. Como habrá ocurrido con muchos lectores en este país, esa primera referencia estuvo ligada con las obligaciones escolares. Era casi el final del semestre y había que elegir, para el ensayo final del curso de Redacción II, entre Los de abajo, Aura y Pedro Páramo. No recuerdo ya los motivos por los cuales elegí Aura. Sí tengo presentes, en cambio, los comentarios de mis compañeros acerca de Pedro Páramo: una lectura muy complicada, que pasaba de manera caótica de una cosa a otra, por lo cual era casi imposible seguirle el hilo, y al final resultaba que todos los personajes estaban muertos desde el comienzo.
Si bien sentí cierta curiosidad, en ese momento mi interés mayor estaba en terminar el ensayo, entregarlo y aprobar el curso. Así que una vez logrado esos objetivos, me trabajó el olvido —como dijera Borges—. Hasta que algún tiempo después a mi segundo hermano le tocó en suerte elegir entre las mismas lecturas y él optó por Pedro Páramo. Así que, habiendo entrado el misterioso libro a casa, era inevitable empezar a leerlo y despejar mis dudas sobre la veracidad de aquellos comentarios.
Y me encontré con un coro de voces avasallador, envolvente, que además hacía referencia a situaciones, expresiones y escenas que había escuchado ya en mi infancia. Si bien no era una lectura sencilla, Pedro Páramo encerraba un mundo familiar para mí.
La abrumadora cantidad de historias, personajes, situaciones, que se intercambiaban entre sí, que iban y venían de una página a la otra, que se interrumpían y reanudaban en aparente desorden, tenían algo de ese ambiente de mercado, de feria de pueblo, con sus pregones, su infinita —sólo en apariencia— variedad de aromas y sonidos, el aturdimiento que podía provocar moverse entre esa multitud que compraba y vendía… No, Pedro Páramo no era tan terrible como me habían comentado esos compañeros de curso.
Tampoco era una novela de lectura fácil. De ese primer acercamiento retuve muchas imágenes, frases que aún reverberan en mi memoria, anécdotas. Pero había algo —mucho en realidad— que se me escapaba. La historia decía mucho más de lo que yo pude comprender en esa primera lectura.
Entonces me acerqué a El llano en llamas, con la esperanza de que me ayudara a despejar dudas, a familiarizarme más con el tono narrativo y el mundo del autor de ambos. Sí, algo había, pero salvo algunos casos —“Luvina”, “Es que somos muy pobres”, “Anacleto Morones”, “Nos han dado la tierra”—, no todos los cuentos ejercieron sobre mi memoria el efecto que produjo Pedro Páramo.
Con el tiempo, he encontrado muchos autores “rulfianos”, que pretenden copiar su lenguaje, sus atmósferas, sus historias incluso. Los resultados, por supuesto, son fallidos. Deberíamos entender ya que tanto El llano en llamas como Pedro Páramo —y como cualquier otra obra literaria considerada “grande”— son inimitables, al menos a la manera en que han pretendido hacerlo.
Las posteriores relecturas de Pedro Páramo me permitieron descubrir algo: una buena historia debe ser inolvidable. Y se hace inolvidable no tanto por lo que acontece en ella sino porque la manera en que fue contada crea un eco imborrable en nuestra memoria: aún años después de haber sido leída por primera vez, regresa alguna frase, una escena, el gesto de alguno de sus personajes. De repente, el sentido de algo de eso se abre camino en nuestra conciencia, como si ocurriera una epifanía, y el libro se hace más comprensible para nosotros. “¡Ah, mira! ¡Esto no lo había visto!” Entonces uno regresa a buscar la página, el capítulo o la frase que en algún momento parecieron oscuros. Y ahora resulta totalmente claro.
Sí, como suele suceder con los viejos amigos, Pedro Páramo no deja de sorprenderme, a pesar del tiempo compartido con él. Y, tal vez por eso mismo, siguen ofreciendo muchas lecciones.









No Comments