Jesús Bonilla Fernández
… un trago de agua clara es más
fuerte que todas las esencias. Ernst Jünger, Las abejas de cristal
Ernst Jünger visitó en Nueva York un cementerio abandonado, impecablemente cuidado y limpio, aunque tuvo la impresión de que nadie lo visitaba jamás, a no ser los expendedores de flores que entregan en fechas fijas.
Pensó entonces, como pensaba ya tiempo atrás, inveterado visitador de mausoleos, que el descuido de los muertos es un rasgo característico de la decadencia de las sociedades, como en el mundo actual, que buscan deshacerse de ellos lo más rápido posible mientras los embellecen.
En una plática posterior a su visita, en ocasión de su nonagésimo aniversario, el pensador alemán declaró a Julien Hervier —su traductor francés— que cuando el hombre muere se piensa que desapareció para siempre y pensar así significa que no puede haber arte, pues éste es algo más que presencia, es trascendencia que implica entre otras cosas la trivialidad de lo inmanente.
Remitirse a la obra de este pensador alemán —quien nació el 9 de marzo de 1895 y murió el 18 de febrero de 1998— es recomendable para reconocer las falacias de sus apasionados detractores: las controversias que provocaron su actuación son menos importantes que su pensamiento y el conocimiento de éste nos dejará más satisfacciones que disgustos.
Sucede con él, como alguna vez escribió Fernando Savater, que es uno de los escritores que mejor han sabido leer el conflicto del mundo, escrito en su carne y no sin riesgo.
Sin embargo, en Ernst Jünger y su escritura, como pensaba el crítico Vintila Holia, es imposible encontrar una tradición de sus tradiciones, en parte por su actividad como ensayista, novelista, filósofo y en parte por su inigualable preparación intelectual que lo convierte en un pensador la mar de versátil.
Elucubrar si el escritor fue nazi o no aparece como algo intrascendente ante la perspectiva de descifrar si su obra contribuyó a la formación de un ethos —como patrón de conducta— o el élan— el alma, diría Henri Bergson— como en su tiempo lo hicieron los pensamientos de Novalis y Hölderlin, o como contribuyó Friedrich Nietzsche, o lo hacen estos autores incluso actualmente.
Para Víctor Farías, cazador de escritores reaccionarios, Ernst Jünger estuvo fascinado por la guerra en una época de incertidumbre, en la cual debió comportarse según su propio criterio: nada hay más aconsejable que la razón y nada más peligroso que las fascinaciones.
Aunque la crítica del investigador argentino pueda probarse con Tempestades de acero o con ensayos como La movilización total, no convence su intención de presentarnos al pensador alemán fascinado por el nazismo. Sus imprecaciones, en todo caso, parecen histéricas cuando acusa al público lector y a los intelectuales interesados por Ernst Jünger de ser fascistas con nuevo rostro, “encandilados por la violencia, por lo desafiante del sadismo, por la estética de la agresión”, etcétera.
Sobre este juicio literario, Guillermo Cabrera Infante deplora que se argumente contra el escritor su pasado nazi, cuando era un pasado común alemán que, por ejemplo, no se utilizaba más contra Günter Grass desde que hacía “abyectas gesticulaciones de izquierda”.
Pero en fin, escribió Ernst Jünger que “la lucha sigue siendo algo sagrado, un juicio de Dios sobre dos ideas”, y aunque no nos afanemos por hacer una metáfora de la literatura como contienda, nadie puede responder de su valor si no estuvo en peligro, como señaló en otro contexto el duque de La Rochefoucauld.









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