Benedetto Croce
Si alguien me preguntase ahora qué resonancia ha tenido mi obra, podría llenar páginas y páginas informando de la difusión obtenida por mis libros en Italia y fuera de ella, de las discusiones que ha provocado y que han llegado a veces a convertirse en ásperas polémicas, de los innumerables trabajos que ha originado en los diversos campos abarcados por mi pensamiento, como en el de la estética, en el de la filosofía del lenguaje, en el de la historia de la literatura, la historia del arte, la lógica, la teoría de la historiografía, la ética, en el de la economía y la política, en el de la doctrina del derecho y en muchos otros. Acostumbrado a tomar notas y a hacer fichas de los autores sobre los que estudio y que valoro especialmente (de ahí la cantidad de “bibliografía” que he publicado), observo esta práctica también para conmigo mismo, ya que me gusta analizarme y, en cierta medida al menos, como es natural, también me valoro, por lo que el material acumulado y puesto en orden me proporcionaría la misma satisfacción que sienten un padre o un abuelo al contemplar en torno suyo una larga progenie de hijos y nietos. Pero si me dedicara a esto escribiría esas “memorias” que no tengo la intención de escribir, por la simple razón de que no veo su utilidad y porque, ciertamente, no creo que sean urgentes; no me complacería el escribirlas, pues aunque no caigo en la extravagancia de detestarme, tampoco tengo ánimos para hablar de mí desde el momento que no lo encuentro útil para cosa alguna. Sin embargo, este intento de análisis de mi desarrollo ético e intelectual me parecía útil, por eso me propuse llevarlo a cabo.
La precedente cuestión puede tener incluso una significación más íntima: la de averiguar los efectos que mis teorías hayan podido tener en el pensamiento contemporáneo. A este respecto debería recordar un criterio que he hecho valer en mis trabajos de historia de la filosofía: el de que imaginar un pensamiento “que produzca efectos” equivale a concebir naturalista y mecánicamente el pensamiento y la vida toda, y que, en realidad, un pensamiento no produce jamás efectos, sino que es siempre colaboración. Y puesto que el pensamiento de un autor individual nace de la colaboración con la historia precedente y la contemporánea, dicho pensamiento, en cuanto, como se dice impropiamente, sale del individuo y se comunica a los demás, tiene una historia que no es ya la suya propia, sino la de todos los que lo acogen y elaboran y, también, la de los que lo niegan o no lo entienden y lo detestan e ignoran, y, resumiendo, la de todos aquellos que lo piensan por su cuenta. No es Descartes quien ha producido el racionalismo y la revolución francesa, sino el espíritu del mundo el que se ha ido haciendo realidad sucesivamente con la filosofía cartesiana, con el enciclopedismo y con la revolución francesa. Para responder a la cuestión desde este segundo punto de vista, debería sin duda escribir un ensayo sobre la historia del pensamiento de mi tiempo, como, en el caso precedente, debería hacerla de la cultura de mi época; pero esto, desde luego, cae fuera del tema que me propuse, y me parecería ahora poco oportuno.
El problema, por último, podría tener un tercer enfoque, que yo llamaría psicológico; y es el de lo contento o descontento, alegre o triste que pueda yo estar con mi obra y con la acogida que se le ha dispensado. Por lo que a la obra respecta (lo que también es natural), contento y descontento a la vez; y en cuanto a lo segundo, contento en todo momento, porque estoy acostumbrado a reconocer la racionalidad de cualquier cosa que suceda, y en un sentido más ocasional y vulgar contentísimo, pues nunca hubiera imaginado tener la audiencia que he conseguido. No recuerdo haber tenido en mi juventud sueños de ambición, sino más bien recuerdo haberme ceñido siempre a ideales bastante modestos; cuando acabé de escribir La Estética, insistí a mi editor para que no tirase más que quinientas copias, y cuando fundé Crítica calculé que la revista podría conseguir un par de centenares de benévolos lectores. Y puesto que todo ha superado las previsiones, no hablaré de mis esperanzas, sino de mis aspiraciones. Nunca he sentido vivamente otros deseos y esperanzas (permítaseme el decirlo, pues es la verdad) que no fueran los de pasar de las tinieblas a la luz.
Y todavía hoy se acumulan de vez en cuando las tinieblas en mi intelecto; pero la angustia aguda que tanto sufrí en mi juventud, se ha transformado ahora en angustia crónica, que habiendo sido descontrolada e intratable, ha llegado a ser doméstica y dócil, porque, como ya dije antes, conozco ahora sus síntomas, el remedio y su evolución, lo que me ha permitido conseguir la calma que el paso del tiempo proporciona a quienes verdaderamente han procurado madurar.
Esta tranquilidad me ha hecho también posible en los últimos quince años organizar a veces, con bastante exactitud, el trabajo pendiente, es decir, en general el de los siguientes cuatro o cinco años, y, más concretamente, el de los dos o tres inmediatos.
De imprevisto ha habido bastante poco entre lo realizado durante los últimos quince años; y raras veces y sólo para cosas de segundo orden, me he dejado llevar por las circunstancias. Mucho más inseguro me siento ahora que hago recapitulación de mí mismo, en este año que había reservado para revisar, ordenar y corregir toda mi producción juvenil, preparar innumerables trabajos editoriales y poner en orden mis asuntos privados. He realizado ya la mayor parte de todo eso, y espero haberlo completado antes de finalizar el año. Se trata de una especie de “liquidación del pasado”, dirigida a procurarme la tranquilidad de espíritu necesaria para continuar e intensificar el trabajo iniciado en torno a los estudios históricos, con respecto a los cuales anhelaba llevar a cabo algo parecido —en virtud de las teorías, ejemplos y polémicas— a aquello que hasta hace poco venía haciendo con los estudios filosóficos y estéticos y con la crítica literaria. Ante todo, tenía proyectado un trabajo sobre el desarrollo histórico del siglo diecinueve, en lo que se refiere a su vivir en las condiciones actuales de nuestra civilización, una historia que se diera casi la mano con la praxis.
Pero escribo estas páginas mientras ruge a mi alrededor una guerra que con bastantes probabilidades envolverá también a Italia; y esta guerra inmensa y todavía oscura en su andadura y en sus recónditas tendencias, esta guerra, digo, que acaso podría estar seguida de general inquietud o de fuerte entumecimiento, no se puede prever qué clase de trabajos nos proporcionará en el futuro inmediato ni qué deberes nos impondrá. El ánimo permanece en suspenso, y la imagen de uno mismo, proyectada en el futuro, centellea descompuesta como la reflejada en un espejo de aguas tempestuosas.
Nápoles, 8 de abril de 1915









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