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04 Imagen del Inframundo.
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Mictecacíhuat: El regreso a casa

· agosto 2, 2019

Fabiola Morales Gasca

 

Cuenta la leyenda que la noche de Mictlantecuhtli los señores de Mictlán lucen elegantes. Mictecacíhuatl, diosa del inframundo, está ataviada con su elegante rebozo y mortaja negra. Se les concede permiso a los muertos de salir del mundo subterráneo para visitar a sus seres vivos. También dicen que la señora del inframundo les da permiso de salir, pero su esposo, Mictlantecuhtli, no lo autoriza. Salir del mundo de la oscuridad es complicado, pero el señor, para no entrar en conflicto con su esposa, otorga los permisos para que todos los muertos salgan, pero pondrá obstáculos. Por eso Mictecacíhuatl acompaña a las almas esa noche.

“¡Asesinaron a mi hija, asesinaron a mi hija!”, gritó Carmen Medel Palma, la diputada de Morena por Veracruz, quien al enterarse de la muerte de su hija interrumpió la sesión de la Cámara de Diputados de México. “¡Valeria!” es el grito que se une a los miles de gritos de muchas madres que han sufrido el dolor de una hija muerta por la violencia. La hija de la diputada, a diferencia de muchas, tuvo una sepultura y los honores fúnebres correspondientes. En toda la república mexicana hay madres que conservan las fotos de sus hijas muertas. Padres que buscan, madres que lloran por el cuerpo de su hija adolecente. Estudiantes que caminan inseguras por las calles aun a plena luz del día, con temor de que un auto con varios hombres se les acerque y sean secuestradas. Es la realidad atroz de nuestro México con más de siete mujeres muertas cada día.

“¡No se fue con el novio!”, grita una madre al funcionario mientras los demás agentes se ríen y expresan las ideas machistas de nuestra sociedad: no era emocionalmente estable, se moría de ganas, ella se lo buscó, ella provocaba con su forma de vestir, para qué sale de noche, se lo merecía por puta.

Cuando los muertos abandonan la novena región del Mictlán, el Chiconahualóyan, residencia eterna de los dioses de la muerte, comienzan su camino por un sendero lleno de neblina, pero a diferencia de la primera vez que pasaron por ahí, ahora pueden ver todo. Ya nada es confusión y miedo, como cuando lucharon por primera vez; ahora son conscientes de su vida, errores y aciertos. Parte de un pasado por el que ya no sufren, ahora su alma está más allá de las penurias que trae un cuerpo humano y gozan del recuerdo de su vida en lo que esperan el reencuentro con sus seres amados.

Guiados por Mictecacíhuatl, siguen su camino por el Izmictlán Apochcalolca, octava región del inframundo. Llegan al séptimo pasaje del infierno (Teyollocualóyan); Tepeyóllotl ve desde lejos las almas de los muertos que residen en el Mictlán, cada uno pasó por su reino y perdió su corazón en las garras de un jaguar, para así poder seguir con su camino y alcanzar el eterno descanso al convertirse uno con el todo. El dios jaguar muestra su respeto a Mictecacíhuatl inclinando la cabeza.

Hay un largo calvario que recorren las madres que pierden a una hija; a veces no basta recibir el cuerpo. Marisela Escobedo (Chihuahua, madre de Rubí Marisol Frayre Escobedo), Araceli Osorio (Ciudad de México y madre de Lesvy Berlín Rivera), Diana Elisa Ortiz (madre de Ana Karen Félix Ortiz, de Torreón, Coahuila), Lorena Gutiérrez (madre de Fátima Varinia Quintana, del Estado de México) son algunas mujeres que han vivido en el infierno por la muerte de sus adolescentes.

En el Temiminalóyan manos invisibles lanzan las saetas a los muertos que han sobrevivido. Los muertos cantan cuando vuelven al Mictlampehécatl, región compuesta por dos niveles del Mictlán: el Paniecatacóyan, quinto nivel del infierno y Mitzehecáyan, cuarta región del inframundo, lugar en el que dios del viento desata su furia con fuertes vientos y congelando las colinas, creando peligrosas aristas por las que los muertos tienen que caminar. Todos pasan por el sendero que la diosa creó, mientras los primeros pétalos de cempasúchil caen en la oscuridad del Mictlán; el naranja de las flores resalta e ilumina a los muertos que llegan. El dios gemelo de Quetzalcóatl, quien cubre su cara con una máscara de perro y odia a la muerte, recibe a la diosa con una inclinación que es imitada por sus perros. Todos suben a Xochitónal, la iguana, para llegar a la tierra de lo vivos. Son acompañados de una intensa lluvia de cempasúchil, que indica el camino al mundo de los vivos, mientras ven cómo nuevos muertos cruzan el río con ayuda de otros perros. Al otro lado del río Apanohuacalhuia, que es la frontera entre vivos y muertos, los esperan sus seres amados con una ofrenda llena de amor y alimentos. Los espíritus, aunque cansados por las pruebas, avanzan desbordando alegría hacia sus hogares. La diosa y madre Mictecacíhuatl los ha protegido en el arduo camino.

Los datos muestran que las mujeres son asesinadas con mayor violencia y saña; los asesinos utilizan medios que producen mayor dolor, prolongan su sufrimiento antes de morir y sobre todo conlleva la aplicación de la fuerza corporal para someterlas. De acuerdo con la información disponible sobre el medio o arma utilizada para causar la muerte de la persona, se aprecia que el medio más utilizado son las armas de fuego (datos Inegi).

Los números también nos permiten observar que la violencia ha aumentado en nuestro país en los últimos años, pero en la mujeres se ha ensañado más. Las estadísticas señalan un mayor número en agresión de mujeres (36%) contra 21.8% en los hombres. La Cámara de Diputados aprobó en el 2017 una reforma para que el feminicidio en México fuese considerado delito grave y amerite prisión preventiva, pero, por desgracia, éstos no han disminuido. Pese a las reformas que continuamente se hacen para sancionar y reparar los hechos de violencia hacia las mujeres, continúan siendo deficientes.

“Voy a dejar las cosas que amé, la tierra ideal que me vio nacer, sé que después habré de gozar la dicha y la paz, que en Dios hallaré”, cantan los tonallis mientras son guiados por las flores de cempasúchil y las velas puestas en las ofrendas que alumbran su camino. Las familias de mujeres estranguladas, quemadas, acuchilladas, destripadas, degolladas, lapidadas esperan la justicia para ellas y las almas que no descansan. Las jóvenes de este país tiemblan cuando un conductor de taxi o Uber hace un movimiento extraño, o cuando un hombre se les acerca a pedirles la hora o una dirección en una calle solitaria u oscura.

Las mujeres sentimos temor cuando un tipo nos ha seguido varias cuadras y no nos podemos deshacer de él; pero también las mujeres tomamos valor, no nos dejamos intimidar y nos organizamos en marchas, campañas, ayuda mutua, compañía a casa después de la jornada laboral o escolar. Porque no sabemos quién se presentará ante nosotras a robarnos la tranquilidad, la seguridad o, peor aún, la propia vida.

En las fechas de Día de Muertos y Todos Santos una vez que comieron, bebieron y hallaron reposo con sus familiares, los muertos comprenden que deben de regresar a Mictlán. Mientras en cualquier ciudad de nuestro país se incrementan los homicidios y desapariciones de mujeres en las calles por el crimen organizado; las almas errantes aparecen por la noche y esperan en la entrada del Mictlán. Prenden una vela y llaman a Mictecacíhuatl. Los espíritus saben que ella los protegerá de regreso a casa. Amorosamente ella los devolverá al eterno descanso que se ganaron después de luchar la vida y la muerte. En el largo camino para las mujeres mexicanas contra la violencia no hay mimos, van solas. Ellos, almas del inframundo, tienen ventajas sobre las féminas. La diosa y madre Mictecacíhuatl cuidará el regreso de los muertos, en cada capa de Mictlán, pues a ella se le respeta. A diferencia, no hay diosa alguna que proteja a las mujeres en sus sendas. Nosotras caminamos acompañadas sólo por el rezo de las madres, leve susurro espiritual que nos resguarda del mal. Por desgracia, no hay Estado, ley o policía cuando desaparece una estudiante, afanadora, maestra, enfermera u obrera. Por desventura los primeros sólo aparecen cuando localizan los cuerpos ya inertes. No hay una sola mujer en este país que pueda decir que no ha olido nunca el miedo caminando sola rumbo a casa.

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