Antonio Bello Quiroz
Michel Foucault murió el 25 de junio de 1984, cuando gozaba como pocos de la fama que le daba ser considerado como el pensador más poderoso de su tiempo. Esa posición continúa en nuestros días, ante la reciente aparición del cuarto tomo de su extraordinaria Historia de la sexualidad, ahora bajo el título de Las confesiones de la carne (Siglo XXI editores, 2019).
Su muerte generó un escándalo, como su vida misma, debido a que moría enfermo de sida, una enfermedad que para entonces era estigmatizada en tanto que en ella se conjugaban la sexualidad y su padecer, el placer y la muerte; era vista como una condena a su reconocida homosexualidad. Al morir contaba con 57 años.
El reconocimiento temprano de su condición homosexual le atrajo enormes sufrimientos ante la cerrazón de la familia burguesa y puritana de la que provenía. Recordemos que por aquellos años la homosexualidad era aún considerada como una enfermedad, incluso psiquiátrica (salió de los manuales de psiquiatría hasta 1973). También muy joven declinó seguir la tradición familiar de estudiar medicina y se inclinó primero por la historia y más tarde por la filosofía. Se sabe que quizá fue ese rechazo a su condición y su decisión lo que le llevó a aficionarse al alcohol y a intentar varias veces el suicidio.
Militante fugaz en el Partido Comunista, siempre mantuvo su visión de izquierda aunque no dejaba de expresar su posición crítica e incluso a oponerse a las mismas prácticas políticas de las izquierda.
La influencia más temprana y quizá la más potente en la juventud de Foucault fue la filosofía de Nietzsche; le permite reconocerse en el pensador del poder y la voluntad como un buscador original de su propio estilo. Similar influencia tuvieron después filósofos como Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre, con quien la relación fue siempre ambivalente, pues mantuvo una relación de amor y crítica constante.
Sus primeras investigaciones, lo que constituye su tesis doctoral en un inicio, le llevaron a publicar su Historia de la locura en la época clásica y le abrió toda una veta en torno a la historia de las mentalidades. Le lleva a buscar la relación esencial entre las ideas y las épocas que las producen. Este trabajo inicial fue ampliamente celebrado en el muy nutrido círculo intelectual francés. El mayo francés le marca de manera significativa aunque su relación con el movimiento no fue en las trincheras o las marchas. El mayo del 68 cuestiona profundamente los valores del capitalismo y el conservadurismo: la familia, la escuela, la sexualidad, la psiquiatría, la educación, la cultura toda. Foucault estaba en Túnez y se mostraba más preocupado por los procesos de enseñanza y la organización de una reforma universitaria. El filósofo señalaba que el movimiento que estaba por suceder no tenía su propio vocabulario. Recién se había publicado un libro fundamental de su pensamiento: Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. La posición de Foucault ante el movimiento estudiantil fue muy cuestionada por los propios estudiantes, quienes no se sintieron apoyados por el pensador que ya era un reconocido intelectual; se le consideraba como un profesor elitista y anticomunista. Se tuvo que refugiar en el Collège de France, lo que no lo salvó de ser encarcelado en varias ocasiones. Se dice que consideraba a las protestas como “sutiles delirantes sobre la revolución”.
El 2 de diciembre de 1970 inicia formalmente su enseñanza en el Collège de France; su cátedra se llamaba “Historia de los sistemas de pensamiento” y se celebraba todos los miércoles desde entonces hasta su muerte, con una inusual concurrencia de oyentes, como se les llamaba. El periodista Gérard Petitjean describe así la atmósfera de esos cursos: “Cuando Foucault entra en el anfiteatro, rápido, precipitado, como alguien que fuera a arrojarse al agua, pasa por encima de algunos cuerpos para llegar a su silla, aparta las grabadoras para colocar sus papeles, se saca la chaqueta, enciende una lámpara y arranca, a cien por hora […] hay trecientos lugares y quinientas personas apiñadas que ocupan hasta el más mínimo espacio libre.” Se trata de una enseñanza que se sostiene por el deseo de saber, sin ninguna certificación de por medio.
Proveniente de una familia de médicos, Foucault utiliza su método de arqueología para desmontar y hacer una profunda crítica a la disciplina médica y escribir El nacimiento de la clínica. Para nuestro autor el saber médico es negativo en sí mismo, porque su forma de ver la enfermedad genera las condiciones para generar nuevas y más potentes enfermedades.
También le interesa la vida carcelaria y los sistemas de vigilancia y control; estudia a las sociedades disciplinarias, lo que llevará a publicar Vigilar y castigar, obra donde se interrogará sobre aquello que permite que las cárceles sean el escenario donde se puede mostrar el mal sin límites, donde todas las violencias y dispositivos de disciplina a la que somete, principalmente a los cuerpos, son posibles; ahí los condenados son expuestos a todas las torturas y vejaciones, como si con ello el resto de la sociedad encontrara sus chivos expiatorios y así, al mantenerlos encerrados y sometidos, se mantuviera “a salvo”.
Después de un viaje y periodo de enseñanza en Estados Unidos, en Berkeley en particular, se acerca a uno de sus temas de interés más hondo: la sexualidad y las cuestiones de la moral que le es propia. Escribe su monumental Historia de la sexualidad a partir de 1976, en que se publica el primer tomo bajo el título de La voluntad de saber. Se propone estudiar el dispositivo biopolítico moderno de la sexualidad. En el primer libro Foucault hace un desmontaje histórico sobre el excesivo control que sobre la sexualidad ha ejercido la “hipócrita sociedad burguesa”, que se hace amo del discurso y regula sobre lo que se habla y lo que se guarda silencio. El segundo tomo de su Historia de la sexualidad lleva el título de El uso de los placeres, mientras que el tercero se titulará La inquietud de sí, ambos aparecidos en 1984, en abril y mayo respectivamente, es decir, sólo unos meses antes de la muerte de Foucault.
Valga este recordatorio del filósofo y teórico de las ideas y el poder para celebrar, por fin, la aparición del cuarto tomo de su Historia de la sexualidad, ahora denominado Las confesiones de la carne. Ahí someterá a juicio las prácticas de confesión de la carne en las doctrinas cristianas y sus instituciones. El libro está compuesto por tres partes, donde analizará tres pilares de la “pastoral cristiana” y sus prácticas. En principio aborda la cuestión de la procreación y sus prácticas, el bautismo en principio. También abordará el espinoso asunto de la virginidad y la continencia, como las vías para el ascenso espiritual y la virtud. El tercer capítulo se detiene en el análisis del matrimonio, el estar casado y el deber de los esposos, es decir, la vida sexual en el matrimonio, donde se ejercería con fines de procreación. Sin duda, atender el recorrido que hace Foucault en este cuarto tomo promete abrir interrogantes y permitirá entender el sentido integral de la obra de este pensador fundamental.








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