Maritza Flores Hernández
Una de las formas más amables de conocer una nación es a través de sus paisajes. Es sabido que se transforma, muchas veces, por la mano del hombre. Por otra parte, se conoce de su evolución gracias a la pintura, literatura y el arte en general.
Actualmente, en las redes sociales, se disfruta de las fotografías y videos capturados por hombres, mujeres y niños que, usando celulares, cámaras profesionales o tabletas, muestran la belleza apabullante de los volcanes, playas, poblaciones y del cielo mexicano, con lluvia o sin lluvia.
…Llueve. Del sol glorioso
los rayos fulgurantes
refléjanse en el agua,
cual sobre níveo tul.
Topacios encendidos
y diáfanos brillantes
desfilan temblorosos,
rayando el cielo azul.
El oro de la tarde,
bañado por la lluvia,
inunda todo el éter
espléndido y triunfal;
sacude sobre el campo
su cabellera rubia
para empaparlo en gotas
de fúlgido cristal…
En estos versos, Manuel José Othón (San Luis Potosí, México1858-1906), narra la espléndida transparencia de la atmósfera que recubre al suelo mexicano, hecha topacios y oros multicolores, visible a quien mira los rayos del sol.
Luego, va más allá —al dibujar en esta poesía, “A través de la lluvia”—, cómo los pueblitos con sus iglesias, sembradíos y casitas hechas de adobe, de donde emerge el humo, asemejan a un tocado de plumas, “penacho criniforme”, que corona la grandeza al posarse en el “pico más alto”.
…La aldea allá a lo lejos,
detrás del sembradío,
del impalpable velo
que cúbrela, a través,
su blanca torre
muestra su alegre caserío,
enamorada siempre
del aire montañés.
Se escapan del ardiente
fogón de los jacales
penachos criniformes
de cándido algodón,
que luego desmenuzan
los vientos boreales,
prendiéndolos al pico
más alto del peñón…
El poeta potosino describe con imágenes intensas, las carcaterísticas más conocidas del México del siglo XIX, como si desde las altitudes avisorara, con capacidad de águila, las planicies y montañas.
Aún ahora, mirando los campos y ciudades franqueados por el Popocatépetl, Iztaccíhuatl y Citlaltépetl, no queda más que pensar en las leyendas de los volcanes, en la fundación de Tenochtitlan y, luego, en la Ciudad de México.
Bernardo de Balbuena (Reino de Toledo, 1562-San Juan de Puerto Rico, 1627), en Grandeza Mexicana, con un tono, si se quiere exagerado pero sincero, advierte de las cualidades de la incipiente nación.
…De España lo mejor, de Filipinas
la nata, de Macón lo más precioso,
de ambas Javas riquezas peregrinas;
la fina loza del Sangley medroso,
las ricas martas de los scitios Caspes,
del Troglodita el cínamo oloroso;
ámbar del Malabar, perlas de Idaspes,
drogas de Egipto, de Pancaya olores,
de Persia Alfombras, y de Etiopía jaspes…
El poeta español retrata la Ciudad de México, donde se conjugan los productos más opulentos provenientes de todas partes del orbe. Recuerde, estamos en lo que fue la antigua Tenochtitlan.
¿Y qué decir de las mujeres que habitan esta ciudad?
…¿Pues que diré de la hermosura y brío,
gracia, donaire, discreción y aseo,
altivez, compostura y atavío
de las damas daeste alto coliseo,
nata del mundo, flor de la belleza
cumplida perfección, sin del deseo,
su afable trato, su real grandeza,
su grave honestidad, su compostura,
templada con suave y gran llaneza?…
Nótese, ellas son de nobles sentimientos, prudentes, cuidadosas de su apariencia, y, sobre todo, de su alma, porque es en esto último donde reside su delicadeza. El poeta agrega:
…México hermosura peregrina,
y altísimos ingenios de gran vuelo,
por fuerza de astros o virtud divina;
al fin, si es la beldad parte del cielo,
México puede ser cielo del mundo,
pues cría la mahor que goza el suelo,
¡Oh ciudad rica, pueblo sin segundo,
más lleno de tesoros y bellezas
que de peces y arena el mar profundo!…
Poema del siglo XVII que refleja no sólo la insólita hermosura del lugar, sino la abundancia de bienes materiales y espirituales que convergen en ella, gracias a que se trata de un espacio cosmopolita, dotado por el universo y guiado por la inteligencia, donde cabe la esperanza.
Tal pareciera que el poeta quisiera convidar al mundo de este paraíso.
Como simples observadores de nuestro tiempo, e independientemente de culquier debate histórico, no podemos negar que así se veía a México en los siglos XVII y XIX. Este era el retrato que, de la nueva nación, hacían los poetas.
Usted, ¿cómo describiría al México de hoy?








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